PARA QUE LA VERDAD NO NOS DESTRUYA
CONTAMOS CON EL ARTE, QUÉ CORAZA
Que la evolución es una obviedad, con revolución curse o involución, nadie que tenga dos dedos de frente osará poner dicho aserto en duda.
Hoy, como ya llevamos una semana larga conviviendo con el Tour de France, me he levantado de la cama filosofando, pues he anotado en mi libreta, donde he apuntado (por supuesto, sin disparar luego a nadie) esto, antes de experimentar cómo me espabilaba del todo el agua tibia, más que fría, diseminada por la alcachofa de la ducha que caía sobre mi cabeza y hombros: “El hombre (en genérico) es un ser inestable, pero ha aprendido a mantenerse en equilibrio encima de su caballo de acero (u otro material), la bicicleta, que puede funcionar como metáfora aceptable de esa carrera o río que es la vida. No tiene otros puntos de apoyo para sus pies que los pedales, otro motor que su ritmo de pedaleo, ni más asideros para sus manos que los dos cuernos vueltos, porque están de vuelta, de su manillar”.
¿Qué he querido decir esta mañana, nada más abrir los ojos y despertar con lo recogido arriba entre comillas? Que el hombre, al que no le falta el hambre de extraer saberes a los sabores, y la sed de beber a morro de uno de los nueve caños de la fuente de las musas o de la eternidad, no tiene dónde adquirir fuerza y firmeza para sus pensamientos; ahora bien, lo logra como la pescadilla que se muerde la cola, restándoselas a los pies de ellos, inseguros por naturaleza. Todas las ideas, las ajenas y las propias, son interinas, provisionales, salvo cuando estamos concentrados en aquello que hacemos, que parece que tienen entonces más empaque o señorío. Solo se las conseguimos arrebatar a la realidad, como si esta hubiera devenido, por arte de birlibirloque, en una mágica guitarra, tras alcanzar a rasgar con dedos armoniosos las cuerdas apropiadas a ese pozo, que, en lugar de agua, abriga y contiene viento.
Vida hay mientras se respira. Se adquiere oxígeno al aspirar o inspirar, al atraer aire exterior a los pulmones, y se elimina CO2 al espirarlo o expelerlo hacia afuera, una vez ha expirado el plazo. El alma necesita absorber pensamientos y sentimientos (los primeros, como afirmaba el maestro Miguel de Unamuno, conviene sentirlos, y los segundos hay que pensarlos). Se observa cómo los ajenos y los propios se mezclan, cómo los ajenos derivan en propios y como acaece lo propio viceversa, complementándose, completándose. Unas veces se pelean y otras hacen buenas migas; se resuelve el combate y/o soluciona la ecuación. Naturalmente, luego se devuelven los susodichos a las personas que se los prestaron, (casi siempre) enriquecidos. Y es que la vida es una inversión (aunque el interés carezca de interés, por resultar inútil), no de capital dinerario, que también (quién osa desdecir o desmontar la realidad, inapelable), sino de capital intelectual, ético y estético.
¡Menos mal que nos queda el arte!, que a mí me gusta identificar con un icosaedro, poliedro de veinte caras o facetas. Y que Friedrich Nietzsche tuvo la inteligencia despierta para cazarlo al vuelo o pescarlo sin la necesidad de utilizar en el extremo de su caña anzuelo: “Contamos con el arte para que la verdad no nos destruya”.
Nota bene
En el prístino borrador que tuvo este texto, el rótulo y el subtítulo que encabezaron primero los párrafos que contiene (evidentemente, evolucionados), fueron otros, estos: ¿QUÉ TRAE EL ARTE, QUE NOS RETA A TODOS? LA ADARGA QUE NOS SALVA Y NOS AGRADA.
Ángel Sáez García