El blog de Otramotro

Ángel Sáez García

El enamoramiento nunca miente

EL ENAMORAMIENTO NUNCA MIENTE

ESE ACONTECIMIENTO ES INEFABLE

Aunque, lo reconozco sin ambages ni requilorios, puedo pasar por una réplica o trasunto del joven Holden Caulfield, es decir, podría repetir estas palabras suyas sin sonrojarme, “soy el mentiroso más fantástico que puedan imaginarse”, como hace el citado narrador, escasamente fiable, de “El guardián entre el centeno”, novela que convirtió en clásico a su autor, aunque eso le disgustara sobremanera a quien la firmara, Jerome David Salinger, hoy me gustaría ejercer de hacedor contrario, opuesto al habitual que soy, y, por ende, verbigracia, de Bernal Díaz del Castillo, memorioso soldado que tituló la crónica que escribió de cuanto recordaba y fue vivido por él así, “Historia verdadera de la conquista de la Nueva España”, aunque no fue publicada hasta 1632, cuando quien la redactó llevaba ya casi medio siglo muerto.

Admito que no sé explicar, de manera convincente o persuasiva (lo he intentado media decena o docena de veces y no he logrado mi propósito), el porqué, pero, en el día de la fecha (en que escribo este texto, no en el que aparezca publicado en mi bitácora, el blog de Otramotro), he decidido rememorar la jornada en que me enamoré hasta los tuétanos, en que noté cómo revoloteaban mariposas dentro de mi estómago. Si mi memoria no me engaña, como me he hartado de culminar, sí, de embelecar, en mis textos, ese día estival me sentí un titán, pues, a pesar de mi empedernida timidez, hice cuanto me pedían llevar a cabo, de consuno, el cuerpo y el alma, solicitar bailar agarrado a L., petición que me concedió al momento (si la satisfacción personal cursara con un inflado de la anatomía, seguramente, esa noche, mientras bailaba con L., estuve a punto de explotar, como un globo), y, poco después, me sentí un donnadie, tras darle un involuntario y torpe pisotón en el empeine de uno de sus pies, que me convirtió en un patán (qué bochorno me produjo el severo e implacable dictamen que adoptó el juez inclemente que también puedo llegar a ser).

Nunca me he sentido más seguro que cuando contemplé a L. (puede que antes la hubiera visto, pero no me había fijado en ella), durante dos segundos apenas, luciendo la melena interminable de la que era dueña entonces al viento, cruzar con prisa los dos escasos metros de la fuente de la plaza del pueblo en fiestas donde me hallaba, que se alcanzaban a columbrar o vislumbrar con absoluta nitidez desde mi posición, el poyo, donde estaba sentado, cerca de la casa de M.; jamás me he sentido en mi vida más inseguro que cuando pedí permiso a L. para bailar la primera pieza de la noche que la orquesta tocaba para hacerlo agarrados o juntos. Como L. me dio al instante su plácet, mi temblorosa mano izquierda asió su diestra, y mi derecha se acomodó junto a su talle, en concreto, ciñó su cintura izquierda (aunque, dados los muchos años que han pasado desde aquel episodio inolvidable, y que nuestra memoria no es tan fiel como pensamos, no descarto que ese primer baile agarrado a L. fuera de otra guisa, tan posible como plausible: que mis manos acariciaran su cintura de avispa y las suyas se posaran sobre mis hombros).

Si el primer suceso detallado arriba fue emocionante, el segundo no le fue a la zaga. Si el primero me atrapó, fungiendo de señuelo o trampa, o de imán sugerente, el segundo fue hipnótico, me llevó a un sueño raro, porque lo viví despierto. Hoy, por fin, transcurrido casi medio siglo, he logrado conseguido describir los dos hechos pretéritos, porque, tras haber escrito diez mil textos, tal vez haya aprendido a elegir con veterana solvencia las palabras que entonces me faltaban o no me salían con la suavidad con la que fluyen ahora, al disponer de las voces justas, exactas, para pintar ambos sucesos con la máxima fidelidad.

En lo tocante al segundo episodio, si el principio hizo de mí un semidiós, el final, tras pisar sin querer a L., dejándome en evidencia, quedando demostrada mi notoria impericia danzante, me metamorfoseó en poca cosa, un ser insignificante.

   Ángel Sáez García

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Ángel Sáez García

Ángel Sáez García (Tudela, 30 de marzo de 1962), comenzó a estudiar Medicina, pero terminó licenciándose en Filosofía y Letras (Filología Hispánica), por la Universidad de Zaragoza.

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