Normalmente los gobiernos están para hacer más fácil la vida de los ciudadanos. Hombre, ello implica marcar directrices, preferencias y prohibiciones, y esto irremisiblemente suele conducir a tener que elegir alternativas y a tener problemas. La labor de los gobiernos, de todos, de los nacionales a los locales, consiste en hacer más llevadera la vida de los ciudadanos, aplicando para ello el sentido común. Debería consistir.
Pero desde hace muchos años gobernar significa también alejarse de la calle y vivir encerrado en palacio, aislado del pueblo por enormes muros y/o fornidos guardaespaldas. El “todo para el pueblo pero sin el pueblo” ha dado paso al “Con la excusa del pueblo, pero sin el pueblo”. Felipe González fue en sus últimos años de presidencia víctima de este poderoso y extraño influjo, ocurriendo que no se enteraba de lo sus roldanes de plantilla nos timaban o nos robaban directamente.
También le pasó a Aznar. La calle, sus gentes, sus olores, su rumor, no llegaba a la Moncloa ni en el famoso taxi del presidente de Cantabria. Aznar se desorientó y mientras la calle iba para un lado él se marchó a las Azores. Así le/nos fue.
Me temo que a Rodríguez Zapacero le está pasando lo mismo, y en vez de solucionar problemas ha dado, como Don Quijote, en crearlos. En creárselos. En creárnoslos. A lo peor el problema es él. Todo sea por gobernar. Todo sea por evitar que gobiernen otros. Como Aznar.