Rajoy, ese error de Aznar

Uno, ya lo he defendido numerosas veces en este blog, es de los que cree que Aznar se equivocó grave y frecuentemente. Una de esas equivocacines, la de consecuencias menos visibles y por ello más peligrosas, fue cuando designó, que Santa Lucía le conserve el olfato, a Rajoy como sucesor.

No hay manera de saber si tal decisión fue fruto de un repente, tal que al levantarse de la cama o al terminar una de sus charlas íntimas en catalán, o fue algo largamente meditado. Es imposible averiguar en cuál de los dos casos se habría producido mayor equivocación y con mayor gravedad en la derecha española.

El equipo con el que el PP nos ha entretenido en estos últimos cuatro años se ha basado especialmente en el que se desgastó con Aznar y no supo defender sus posiciones y “sus” verdades durante el acoso a la democracia que se desarrolló desde que estallaron aquellas malhadadas bombas hasta que el PSOE consiguió ganar aquellas elecciones que nunca esperaba haber ganado. Zaplana, Acebes y algunos otros más, cansados, desgastados, faltos de ilusiones y moral, excesivamente dolidos por la derrota, han representado durante la legislatura que agoniza una punta de lanza absolutamente roma, incapaz de desgastar siquiera levemente a sus contrincantes. Conocidos y fichados por todos los españoles y demasiado devaluados por los acontecimientos han sido incapaces de conducir a Rajoy al liderazgo social, dejándole como mucho en posiciones en las que tal vez, si hay suerte y soplan los vientos adecuados, puede intentar cierta batalla con un PSOE preso de sus innumerables errores, de sus incapacidades, de sus incontinencias, de sus extremismos y de su serie inacabable de torpezas.

Estos trileros de tres al cuarto que nos gobiernan o que aspiran a gobernarnos serían, fuera del mundo onírico en que nos hacen vivir, mercachifles sin futuro, titiriteros sacados de la feria a pedradas, futbolistas chupabanquillos del partido entre solteros y casados. Porque esta legislatura ha sido la de la batalla de las torpezas, de la frustración popular, de los políticos de todo a cien, de los geniecillos de lámparas desconchadas que dejaban de funcionar al segundo frote. Hemos vivido momentos en que España parecía una plazuela de barriada en la que los líderes peleaban por ser los que más farolas rompían, más papeleras quemaban o más contendores volcaban. El lastimoso ejemplo que nos proporcionaban parecía sugerir que todos tenían empeño en perder las próximas elecciones.

Y en ésas debe seguir todavía Mariano Rajoy, un político de rostro impasible, de dicción imposible y de decisiones impensables. Su última machada ha sido contradecir a un premio Nóbel, intentando reducirlo al absurdo, intentando explicarse en treinta segundos, contradiciendo en tan breve espacio de tiempo a millones de personas especialmente sensibilizadas por la posible destrucción de la Tierra. ¿Es ésa la posición solemne de un político serio que intenta ganar unas elecciones populares? ¿No podría haber salido a la puerta a echar un cigarro mientras tanto? ¿Y a aliviar la presión de la próstata? ¿Le resulta imposible contener su verborrea? ¿Nadie le ha explicado cómo torear esos miuras, cómo salirse por la tangente, cómo nadar y guardar la ropa, cómo irse sin decir “esta boca es mía”? ¿Tanto le costará a Aznar, siempre después de marzo, reconocer que se equivocó con Rajoy?
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Día 25 18’40 horas

Sí, sé que el vídeo y las tesis de Al Gore son discutidos, incluso por un juez británico, y pueden ser discutibles, pero ni ésa es la misión de Rajoy, ni ésa era la oportunidad ni tenía que meterse torpemente en berenjenales de los que no podía sacar ningún voto pero sí podía perderlos. ¿Ha entrado a cambio de qué?

Pos eso, que va a ser que no quiere ganar las elecciones…

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Pedro de Hoyos

Escribir me permite disfrutar más y mejor de la vida, conocerme mejor y esforzarme en entender el mundo y a sus habitantes... porque ya os digo que de eso me gusta escribir: de la vida y de los que la viven.

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