El asesino de Sevilla no tiene toda la culpa

Y les ruego que antes de pillarse un “globo” fenomenal esperen a leer toda mi columna, luego enfádense y pónganme verde si les parece conveniente. Pero el asesino de Sevilla, sólo presunto, claro, no es enteramente culpable. Lo que de lejos no quiere decir que sea inocente…
Y piensen ustedes que también me estoy haciendo mayor, he visto una España y estoy vislumbrando otra. Contra una batallé activamente cuando tuve edad para ello, la otra me decepciona también profundamente. Con absoluta humildad yo me atrevo a repetir las palabras del filósofo: “No es esto, no es esto”. No es esto lo que queríamos, no es esto lo que buscábamos.

Hemos construido con esfuerzo una sociedad que ha buscado con tesón y con sacrificio salir del atraso económico, de la autarquía y de la emigración masiva. Y ahora, cuando no emigramos, sino que “nos emigran”, cuando nadábamos en dinero, nos estamos muriendo de éxito, estamos cayendo en una implosión social y económica.

Hemos buscado el oro y lo hemos encontrado, hemos alcanzado los logros económicos que nos proponíamos y para ello hemos tirado por la borda determinados valores tradicionales, sustituyéndolos por otros, a veces muy importantes también, a veces contradictorios. Sin embargo, al mismo tiempo, hemos dejado abandonadas enormes áreas de desarrollo humano, emocional, afectivo, de relaciones mutuas, dejándolas en barbecho, olvidándonos de lo importantes que son determinados valores, pensando que la incorporación de los nuevos valores nos salvaría. Ha fallado gravemente la educación, las normas sociales, los valores que transmiten de manera imperceptible la sociedad y la familia. Eso si habiendo dinero a espuertas necesitáramos valores. Hablo de valores trascendentes en general, claro, no necesariamente, aunque también, espirituales. A veces parece como si hubiéramos pensado que habiendo leyes que regulen nuestros comportamientos y nuestras actitudes ¿para qué valores?

En consecuencia hemos creado una sociedad que no puede con su complejidad, con sus contradicciones, con sus problemas sociales. Y que por lo tanto surgen infinidad de contravalores, contradicciones y limitaciones. Y hemos exportado esos contravalores, antes propios de una clase social de pocas luces, escasos recursos y menos educación, a toda la sociedad. El lumpen ya no está situado en unos determinados márgenes sociales, económicos o culturales, ahora cualquier estrato social puede comportarse como parte del lumpen. Nos hemos preocupado en demasía de lo material, de lo artificial, del cartón piedra de la actividad social, no nos hemos interesado por el interior de los individuos.

A mayor nivel económico mayor decadencia, es una realidad histórica que se ha repetido innumerables veces en el trascurso de los siglos, que le pregunten a Roma. Puede que ahora, con la reestructuración financiera y laboral que se avecina, veamos sobre nosotros la reedición de esta espiral secular.

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Pedro de Hoyos

Escribir me permite disfrutar más y mejor de la vida, conocerme mejor y esforzarme en entender el mundo y a sus habitantes... porque ya os digo que de eso me gusta escribir: de la vida y de los que la viven.

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