Lo confieso, fui de izquierdas, mea culpa

Lo confieso, fui de izquierdas, mea culpa. Dejar de serlo fue culpa en principio de Felipe González, el expresidente que no se habla con el presidente. Yo era de izquierdas, que había mucho que mejorar, cambiar, renovar, desmontar y ofrecer al castigado pueblo. Que la derecha ya había estado demasiados años en el poder y seguíamos hechos unos zorros. “Cien años de honradez”, nos insistían cuando yo era de izquierdas, mea culpa.

Reconozcamos que si no hubiese sido por la izquierda trasformadora hoy la mujer seguiría en casita preparando las sopitas al marido. Nada de conductoras de autobús o directoras de empresas. Hasta ministras nos ha traído esa izquierda trasformadora. Hasta ministras como Bibiana Aido, la Barbie abortista, la ministra que cree que las embarazadas portan en sus entrañas seres alienígenas.

Después de los cien años de honradez vinieron los roldanes y los “mienmanos”. Como después de las promesas de pleno empleo de Zapatero han venido los cuatro millones y pico de parados. El plan E, vaya. Que queríamos huir del ladrillo como motor de futuro y nos hemos metido en las rotondas para dinamizar las ciudades y pueblos. Tonto el que no tenga una rotonda. He perdido la cuenta de las rotondas que se están levantando en Palencia. Voy a solicitar que me hagan una en mi cuarto de estar. Después de los cien años de honradez vino el encogimiento de hombros de Felipe González. ¿Cómo se puede resistir tanto tiempo con los hombros encogidos sin que a uno se le queden así para siempre?

Así que el eterno dontancredismo de González me hizo renunciar a mi fe en la capacidad trasformadora de la izquierda, cachis la mar. Luego vino Zapatero y sus improvisaciones. Zapahuero y sus vacuidades. ¿Saben cómo nos va a solucionar la crisis nuestro presidente? Sacará de la manga, en uno de sus arrebatos de progreso, una ley de igualdad sexual por la que exigirá que los equipos de fútbol tengan el mismo número de jugadores que de jugadoras, de masajistas que de masajistos, de presidentes que de presidentas, de Kakás que de Kakós, o sea. Y saldremos de la crisis económica por arte de birle birloque. Mientras tanto nos enredaremos en risas y sarcasmos, en apoyos y aplausos, entre Losantos y Gabilondo, entre la Cope y la Ser, entre Salsa Rosa y La Noria. Y estaremos emborronando periódicos y blogs mientras él (¡Él!) se parte de risa y hace lo que le de la gana. A veces pienso para lo más íntimo que ante la decadencia de la televisión los españoles nos entretenemos con el Gobierno.

También me pienso, esto mucho más en serio, que yo no me he hecho de derechas, sino que las izquierdas en su onanismo mental se han corrido. Más a la izquierda, quiero decir. Que yo sigo defendiendo los presupuestos sociales que he defendido siempre. Pero que esta izquierda, y enfatizo solemnemente el demostrativo, se ha ido quedando sin sus viejos argumentos en la medida en que iba logrando cierta justicia social para España y se ha tenido que inventar nuevos nichos (es palabra de moda, pero descriptiva) de desheredados, de parias de la Humanidad y el pueblo ha asistido despreocupado e inerme al triunfo de Bibianas y Zerolos, que en esos movimientos pendulares a los que tan aficionados somos en España se han aupado a los puestos de honor en una sociedad que no sabe a qué carta quedarse y admite pulpo como animal de compañía.

Y como evidencia de que los que se han movido son otros me pregunto qué clase de socialismo es éste que entrega más dinero a los más ricos en vez de a los más pobres, qué clase de socialismo es éste que negocia cara a cara con los más poderosos y a las regiones parias les deja un plato de lentejas, qué clase de socialismo, de honradez perpetua y de sempiterna limpieza es la que busca mantenerse en el poder comprando con el dinero de los contribuyentes los votos que necesita. Joder, si hasta Aznar habló catalán en la intimidad cuando necesitó a Pujol. Y más de derechas que Aznar no parece haber habido nunca nadie.
Y el pueblo callado. Y al pueblo, callado.
Todo consiste en decirle al pueblo lo que quiere oír, lo gratificante, lo políticamente correcto

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Pedro de Hoyos

Escribir me permite disfrutar más y mejor de la vida, conocerme mejor y esforzarme en entender el mundo y a sus habitantes... porque ya os digo que de eso me gusta escribir: de la vida y de los que la viven.

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