Estoy convencido de que he perdido mi capacidad expresiva, de que cada vez me va siendo más difícil hacerme entender por mis lectores. Al menos en mi último trabajo así ha sido. Contaba yo lo que me parece decadencia de la sociedad a cuenta de cómo prenden en parte de la audiencia televisiva las miserias sexuales de Gran Hermano. Que el ¿concurso? se llegue ya por la duodécima edición indica que cuenta con el favor de un elevado número de espectadores, suficiente para que sea más rentable que cualquier serie de ficción -¿hay alguna que haya cumplido doce temporadas?- o que el canal de noticias CNN+ que ha sido eliminado de las pantallas. No es rentable y Gran Hermano sí. El fornicio es el fornicio, oigausté.

Porque fornicio ha habido siempre. Momento histórico hubo, no tan lejano, en que los ricos y poderosos mantenían una o más queridas a las que ponían un meublé, a la cosa le poníamos un galicismo tal vez para disimular. Incluso en su círculo más próximo tener una mantenida era síntoma de poderío y daba prestigio. Por otra parte la juventud siempre ha sido proclive a la jodienda y ha buscado cualquier escondido rincón y mil excusas –¿las necesitaban?- para darle gusto al cuerpo. Y la aparición de los coches facilitó hace ya un siglo la cuestión.
No es por tanto la existencia del asunto carnal lo que yo criticaba, sino que de ello se haya hecho espectáculo público, que se haya convertido en asunto ordinario y generalizado lo que era extraordinario y privado. Que lo que antes se aceptaba como criticable y por lo tanto escondido se televise y se haya convertido en materia de tertulia familiar, que no parezca criticable sino publicitable.

Vayamos a la frase que dio origen a mi artículo: «Cuando salgamos de aquí, todos vamos a follar con todos». Enternecedora afirmación, enternecedora sociedad. Telecinco lo televisará, sin duda. No, todas las cadenas a la vez, como el mensaje del Rey. O del rey, qué más da.