La estrecha y, a veces, mágica simbiosis entre reportero y director es clave para todo miembro de la 'tribu' que se precie

REPORTERO DE GUERRA: El jefe de pista y el acróbata (IX)

La historia, los secretos, los vicios y las virtudes de los corresponsales

REPORTERO DE GUERRA: El jefe de pista y el acróbata (IX)
Alfonso Rojo en Nicaragua y El Salvador. A la derecha una de las fotos que tomó en el levantamiento de Masaya contra Somoza. PD

Aquí tienes por entregas y en forma de serial, como los antiguos folletines pero en clave casi académica, una obra sobre esa figura tan mítica del periodismo que es el corresponsal de guerra.

Capítulo a capítulo, Alfonso Rojo va desgranando la historia, los secretos, los vicios y las virtudes de ese reducido, complicado y privilegiado grupo de profesionales que consumen su vida saltando de un extremo a otro del planeta, para ser testigos directos y poder relatar en vivo los horrores, calamidades y espantos que provoca la estupidez humana.

Por Alfonso Rojo

El diario The Times de Londres, institución británica que algunos ingleses consideran de igual peso que la Monarquía o el té de las cinco, celebró el pasado 1 de enero de 2015 el 230 aniversario de su nacimiento.

Fue desde sus inicios un periódico con todas las de la ley y marcó siempre camino.

Durante el asedio de la ciudad de Sebastopol, en 1854-1855, el príncipe Gortchakov, comandante en jefe de las tropas rusas sometidas a asedio, y su oponente británico, lord Raglan, leían ya The Times para mantenerse al corriente de los incidentes y detalles de su conflicto y atisbar como se lo estaban tomando los mandamases y la ciudadanía de sus respectivas naciones.

Los reportajes de William Howard Russell sobre la malhadada carga de la Brigada Ligera en Balaclava, por ejemplo, tuvieron en la opinión pública británica de la época un impacto igual al que tuvo la televisión sobre el público norteamericano durante la Guerra de Vietnam.

Russell, el primer verdadero gran corresponsal de guerra de la historia, no dudaba en denunciar las carencias del Estado Mayor británico, lo que hacía temblar al Gobierno de su Majestad.

Convertido en encarnación del cuarto poder, el de la Prensa, The Times fue calificado de «publicación execrable» por la reina Victoria, mientras el primer ministro británico de la época mascullaba irritado en cuanto le daban ocasión, que la buena salud del Reino Unido y su imperio dependían de la desaparición del rotativo.

Contra viento y marea, The Times mantuvo la posición, aguantó el tirón y con el tiempo se convirtió en el gran periódico del ‘establishment‘, de la exigente élite británica.

El primer número del diario, que en pocos años se convertiría en el más influyente del mundo -entonces se denominaba Universal Dady Register– fue impreso el 1 de enero de 1785.

The Times se declaró ‘independiente‘ desde su arranque y -según un editorial insertado en 1854- no se consideraba responsable ante los ministros y los lores, «sino sólo ante el pueblo de Inglaterra».

EL SORPRENDENTE E INCANSABLE PEDROJOTA RAMÍREZ

La estrecha y, a veces, mágica simbiosis entre reportero y director ha sido y sigue siendo fundamental para la carrera y los éxitos profesionales de todo miembro de la «tribu» que se precie. Si el director es genial, tanto mejor, pero suele bastar que sepa lo que tiene entre manos y apoye a su hombre sobre el terreno.

En mi caso concreto, el azar hizo que coincidiera con Pedrojota Ramírez cuando yo ya había iniciado el vuelo, pero aleteaba despistado y debía orientar mi carrera.

Pedrojota había nacido en Logroño, era el primogénito de seis hermanos, había estudiado en la universidad que el Opus Dei tiene en Navarra y se había labrado una sólida reputación como cronista conservador en el diario ABC.

Su «Crónica de la Semana», que ocupaba dos páginas, aparecía los domingos y mezclaba elementos de análisis y reportaje, se convirtió en una de las secciones más influyentes de la prensa española del momento.

Pedrojota, como se puede comprobar en el prólogo con el que arrancamos este serial, es de los que sostienen que el periodismo es un fin en sí mismo y no un medio para llegar a nada («Mensajero para García»).

Asegura que desde que a los ocho años le tocó por segunda vez consecutiva una caja repleta de juguetes, que se rifaba todas las Navidades en el casino logroñés, no ha vuelto a participar en sorteos y juegos de azar, porque prefiere «reservar la suerte para cosas importantes».

Según sus propias palabras, nunca había pensado que sería director de periódico:

«Era un lobo solitario y como tal estaba cultivando al máximo mi firma» -explica en ‘El Mundo en mis manos‘, el libro sobre la creación del diario El Mundo, que escribió en 1991 junto a la rutilante Marta Robles-.

«Nunca había tenido experiencia alguna como jefe de nadie y nunca me había parecido interesante ocupar posiciones relacionadas con lo que se podría llamar la carpintería o la infraestructura y organización de un periódico… De alguna manera consideraba que eso significaba ser el productor del show circense y a mi lo que me gustaba era pasearme en el alambre o salir vestido de payaso.»

Pedrojota concluye afirmando, a modo de filosofía vital o credo profesional, que en un periódico solo querría ser redactor o director.

Nada auguraba que fuera a dar ese triple salto mortal que supone pasar del alambre al despacho, pero el 20 de junio de 1980 fue nombrado director de Diario 16.

Juan Tomas de Salas, presidente de la empresa editora, tomó la inopinada decisión aconsejado por Joaquín Garrigues Walker, que en aquel entonces era adjunto a la Presidencia del Gobierno, jugaba un papel relevante en la extinta Unión de Centro Democrático y agonizaba discretamente, aquejado de una leucemia galopante.

El periódico en el que yo había hecho mis primeros pinitos como fotógrafo y donde seguía colaborando se había ido derrumbando y estaba al borde del colapso.
Juan Tomás le dijo a Pedrojota que vendían 30.000 ejemplares y que bastaría con subir a 40.000 para entrar en beneficios.

Pedrojota se presentó en Diario 16, se encaramó a una mesa, repitió la famosa frase del general Ridgway en Corea –«Estamos rodeados, esta vez el enemigo no escapará»– y descubrió con estupor que el periódico apenas vendía 15.000 ejemplares.

Sería necesario elevar su tirada hasta los 140.000 para ponerlo en rentabilidad. A pesar de todo, del ambiente derrotista y kafkiano que se encontró al asumir su nuevo cargo, se lanzó con denuedo a la tarea («Mensajero para García»).

Yo residía entonces en la convulsa Centroamérica como un modesto freelance que sobrevivía a base de publicar a destajo artículos y fotos en cualquier medio que aceptase lo que le enviaba.

Aunque conservaba una cordial relación profesional con Diario 16, vivía con tanta intensidad como modestia mi correría por los trópicos y ni me enteré del desembarco de Pedrojota.

No supe que había flamante director en Madrid, ni su nombre, hasta pasadas muchas semanas, cuando asistí en directo al espantoso asesinato de un estudiante testigo de Jehová a manos de la Policía de Hacienda salvadoreña, grabé en un casete los estampidos de la ejecución y sus estertores, envié vía telefónica la crónica al informativo «España a las ocho» de Radio Nacional, controlado en aquellos días por Felipe Sahagún, y Pedrojota -que se desayunó aquel día escuchando la pieza- ordenó agitado a las secretarias, apenas entrar en la redacción de Diario 16, que me pidieran un reportaje sobre el asunto.

Unos días después, una de las chicas me comunicó que el director tenía interés en hablar personalmente conmigo y que buscase un hueco para viajar a Madrid. No decían nada de pagarme el billete a Iberia y yo andaba ‘canino‘, así que me lo tomé con calma.

A finales de ese año, sin un chavo en el bolsillo pero con sombrero y embutido en  un traje de lino digno de un traficante de marihuana colombiano, me presenté en la redacción, conocí personalmente a Pedrojota y acepté su oferta de trasladarme a España y trabajar ‘full time‘ como reportero audaz para el nuevo Diario 16.

Fue una decisión acertada. Confieso que di en el blanco de lleno, pero pasado el tiempo resulta inevitable volver la vista atrás, con nostalgia, a los dos años transcurridos desde que partí de Molinaseca y mi madre me dijo adiós desde la terraza (La partida y el primer empleo).

Fue durante esa etapa crucial de mi existencia cuando me asome por vez primera al abismo de la muerte, descubrí la naturaleza atroz de la guerra y forjé la estructura profesional de lo que iba a ser mucho más adelante.

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Autor

Alfonso Rojo

Alfonso Rojo, director de Periodista Digital, abogado y periodista, trabajó como corresponsal de guerra durante más de tres décadas.

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