Lady Hamilton no se enteró de que era viuda, hasta que el cadaver del almirante, sumergido en un barril de ron, embocaba el Támesis

REPORTERO DE GUERRA: El factor humano, el barril de ron y la triste viuda de Nelson (IV)

La historia, los secretos, los vicios y las virtudes de los corresponsales

REPORTERO DE GUERRA: El factor humano, el barril de ron y la triste viuda de Nelson (IV)
Un cartel conmemorando la Batalla de Trafalgar, en 1805. PD

Aquí tienes por entregas y en forma de serial, como los antiguos folletines pero en clave casi académica, una obra sobre esa figura tan mítica del periodismo que es el corresponsal de guerra.

Capítulo a capítulo, Alfonso Rojo va desgranando la historia, los secretos, los vicios y las virtudes de ese reducido, complicado y privilegiado grupo de profesionales que consumen su vida saltando de un extremo a otro del planeta, para ser testigos directos y poder relatar en vivo los horrores, calamidades y espantos que provoca la estupidez humana.

Por Alfonso Rojo

Antes de que la crónica llegue al ordenador central de la redacción -afortunadamente para nosotros- es imprescindible que un hombre con sensibilidad, capacidad de sufrimiento e instinto, además de la resistencia de un corredor de fondo y cierta vanidad, se sumerja en el acontecimiento, tome notas y redacte una historia.

El factor humano, como hace dos siglos, sigue marcando la diferencia, pero ahora casi todo es cuestión de segundos y rara vez se saca mas de un día de ventaja a los competidores. En los orígenes de la profesión, el tiempo periodístico se media en semanas o meses.

Para hacerse una idea de como eran las cosas antaño, basta repasar la forma en que se difundió la información sobre la Batalla de Trafalgar. El combate, en el que perdieron la vida los marinos españoles Churruca y Gravina y donde se cimentó un siglo de supremacía naval británica en el planeta, ocurrió el 21 de octubre de 1805.

El despacho oficial, firmado por el vicealmirante Collingwood, fue redactado el 22 de octubre y publicado al día siguiente en el Peñón de Gibraltar, pero hasta el 7 de noviembre, diecisiete días después de la trascendental y póstuma victoria de Horatio Nelson sobre las flotas francesa y española, no apareció en los periódicos londinenses.

La bella Lady Hamilton no se enteró de que se había quedado viuda, hasta que el cadaver del almirante, sumergido en ron para que no se pudriera, embocaba el Támesis corriente arriba, en un barco de guerra.

Para consuelo de los triunfantes británicos, la nueva sobre el resultado de la batalla no fue divulgada en los diarios de Francia hasta 1814, cuando Napoleón perdió el poder y fue desterrado a la isla de Santa Elena.

La forma de trabajar y de recolectar la información ha variado muy poco desde entonces.

El cambio radical, lo que diferencia sustancialmente la corresponsalía de guerra en sus inicios de lo que es en el siglo XXI, estriba en la transmisión de esa información.

Ahora es vertiginosa. Durante dos siglos, hasta hace apenas cuarenta años, era bastante lenta.

En 1976, cuando arrancamos en Diario 16, todavía se imprimía en ‘caliente‘, todo era ruidoso y los medios -comparado con lo que tenemos cuatro décadas después- eran primitivos.

Arrancamos con el veterano Ricardo Utrilla como director y a los seis meses, a medida que se acumulan las dificultades económicas y se hacía evidente que El País nos comía la tostada, nombraron a Miguel Ángel Aguilar, sin que la cosa mejorase un ápice.

Cuando Aguilar fue destituido en mayo de 1980 por el descenso de la tirada y la falta de ingresos publicitarios y ocupó el sillón Justino Sinova, yo estaba ya por Centroamérica buscándome la vida como reportero audaz.

Una de las imágenes que más vívidamente grabadas en mi cerebro dejó mi etapa de fotógrafo en la redacción es la de Carlos Taboada -después ejecutivo de la televisión y hasta jefe de gabinete de algún ministro, con bufanda, gorro de lana y mitones, haciendo el cierre nocturno, sin calefacción ni recursos.

Pululaban por allí tipos geniales, casi todos más rojos quen las amapolas aunque en tiempo de Franco habían sido muy discretos.

Entre aquella fauna, había intentado ser torero y saltó al periodismo después de hacer una faena de aúpa en el ruedo.

Imaginen una corrida de toros de finales de los 60. Con sus gradas plagadas de trajes acartonados de los domingos y su palco de autoridades.

El novillero, que ha ofrecido una vistosa faena, se prepara para la suerte de espadas.
Templa al toro con la muleta, lo sigue en su querencia hacia las tablas y ajusta los últimos pases para acomodarse el estoque.

El público está expectante de muerte y algarada, en los burladeros se respiran aires de victoria y admiración, cuando de pronto, el matador arroja la espada al albero, se acerca desarmado al morlaco, y le ofrece ante el estupor de los presentes, una hoja de lechuga para que coma.

Algo así fue lo que debió suceder la tarde que el extremeño Diego Bardón, para espanto y deleite de los aficionados, se cerró las puertas del parnaso taurino y se abrió las del periodismo.

Uno, que me enseñó bastantes cosas, fue Paco Pérez Abellán, que venía del Diario ‘Pueblo’ y era un maestro de la crónica negra y los sucesos. Maestría que ha prolongado en el tiempo y trata de transmitir ahora como profesor en la Universidad y como comentarista en los platós televisivos

Otro que sigue en la brecha y con notable éxito es José Antonio Sánchez, quien arrancó de botones con el alias de ‘Totoyo‘, a los dos años estaba en la sección de Economía, a los siete era jefe de sección, a los diez tenía su propia empresa, a los veinte fue contratado como experto en comunicación por la Telefónica de Juan Villalonga y ahora es editor y consejero delegado de Titania Compañía Editorial S.L. y el alma de un online impresionante llamado ElConfidencial.com.

En esta profesión, como mucho otros ámbitos de la vida, la fortuna ayuda a los audaces y las penalidades aguzan el ingenio.

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Autor

Alfonso Rojo

Alfonso Rojo, director de Periodista Digital, abogado y periodista, trabajó como corresponsal de guerra durante más de tres décadas.

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