La historia, los secretos, los vicios y las virtudes de los corresponsales

REPORTERO DE GUERRA: El ‘black out’ (LXXIV)

Los Osama Bin Laden, Al Qaeda, ISIS, Daesh y todas esas mierdas, salen de ahí, de ese trágico error

REPORTERO DE GUERRA: El 'black out' (LXXIV)
Alfonso Rojo en una competición de buskasi, en Afganistán. Igor Mihalev.

El periodismo, como la política o la historia, funciona bajo la «ley del péndulo», y tras el libre acceso y la inexistencia de censura durante la Guerra de Vietnam era normal que cambiaran las tornas.

Los militares norteamericanos salieron del conflicto convencidos de que habían perdido la guerra debido a la indecisión de los políticos y, sobre todo, a la perversa e incontrolada intromisión de la prensa.

Esta idea discutible, pero compartida por un amplio sector de la opinión pública internacional, generó secuelas. Una de ellas fue la tendencia universal a restringir el acceso de los reporteros a los escenarios en que se combatía y a imponer un control estricto sobre el flujo de información.

El primer caso fue Rhodesia que, una vez concluida la lucha en Vietnam y Camboya, se transformó en el nuevo «punto caliente» del planeta.

En ese país africano, ahora con el nombre de Zimbabue, una minoría de callosos granjeros blancos dirigidos por el ranchero Ian Smith repudió los términos de la independencia dictados por Gran Bretaña, se hizo con el poder y libró una guerra a muerte con los guerrilleros negros del ZAPU y el ZANU.

De la misma manera que en Saigón habían convergido en el Continental Palace, los periodistas extranjeros convirtieron el Hotel Meikles de Salisbury -ahora Harare- en su cuartel general.

Interrogatorio de milicianos infiltrados desde Zambia, en la Sudáfrica del apartheid.

El lector recibía puntualmente su ración de noticias, reportajes e informes. En apariencia se realizaba una cobertura correcta. En la práctica no era así, porque los reporteros no tenían acceso al bando negro. Estaban cultural y anímicamente a años luz de los guerrilleros.

Su obligada circunscripción al inmunizado ambiente urbano los hacia depender en exceso de lo que filtraba Ian Smith y hacía casi imposible que pudieran proyectar una imagen equilibrada del conflicto.

En el caso de Rhodesia fueron las circunstancias y el color de la piel los que hicieron complicado el trabajo periodístico.

Combate de soldados rusos entre blindados.

En otros conflictos posteriores, como la ocupación de Timor por Indonesia o la invasión soviética de Afganistán, a esos factores se vino a sumar la voluntad manifiesta de impedir el acceso de testigos incómodos.

Tanto los militares indonesios como los soviéticos partían del principio de que la mejor manera de evitar que la opinión pública se movilice es impedir que esté informada. En consecuencia, derrocharon brutalidad para vedar a los reporteros occidentales el ingreso a sus zonas de actuación.

Veinte años después de la anexión de Timor, y a pesar de la lucha constante y desigual que libraron los guerrilleros del Fretilin, raro era el mes en que aparecía alguna noticia en los grandes medios de comunicación. La razón era muy simple: no había imágenes ni testimonios periodísticos.

Con Afganistán ocurrió algo parecido, aunque la enormidad del territorio y la presencia de cientos de «cooperantes» extranjeros hizo imposible un black out total durante los diez años que duró la expeditiva intervención soviética.

Alfonso Rojo en un mercado de armas de la frontera entre Pakistán y Afganistán.

En cualquier caso, la mayor parte del conflicto se cubrió desde el vecino Pakistán.

En ocasiones salíamos de Peshawar disfrazados de nativos pastunes, pero rara vez llegábamos a las cercanías de Kabul y prácticamente ninguno de nosotros vio nunca el cadáver de un soldado soviético.

Un marine americano arrastra a un compañero herido en la Guerra de Irak.

Este último dato es periodísticamente relevante si se tiene en cuenta que, según las cifras reconocidas posteriormente por el Kremlin, el Ejercito Rojo sufrió diez mil bajas.

Sin acceso directo, las posibilidades de ser intoxicado informativamente son enormes, y eso ocurrió en Afganistán, donde además de exagerar hasta el ridículo las pérdidas rusas -las enfermedades causaron más muertos que la guerrilla financiada por la CIA, Arabía Saudí y el servicio secreto paquistaní- y dar curso a todo tipo de chismes, hubo la tendencia generalizada a presentar a los mujaidines islámicos como filantrópicos luchadores de la libertad.

Un soldado vela a sus compañeros muertos en combate.

Posteriormente hemos comprobado que los freedom fighters elogiados por Ronald Reagan, eran mucho más desalmados, represores, cerriles, impúdicos y dañinos que los comunistas afganos a los que intentaban derrocar.

Los Osama Bin Laden, Al Qaeda, ISIS, Daesh y todas esas mierdas, salen de ahí, de ese trágico error que cometió la Casa Blanca empeñada en ajustar cuentas con la declinante URSS, por lo que los rusos les hicieron padecer en Indochina.

Los rusos se retiran de Afganistán.

Afganistán ha sido una de las guerras peor cubiertas de las últimas décadas. Lo mismo se puede decir de la invasión de las Malvinas, donde los británicos aplicaron una censura estricta, impusieron pools a los que solo tenían acceso los elegidos que garantizaban un «buen comportamiento» y ocultaron todo lo que les podía perjudicar.

Fotógrafos de guerra, en pleno combate.

El pool como instrumento censor da óptimo resultado cuando los periodistas necesitan ayuda militar para obtener información.

En las Malvinas los militares tuvieron una suerte singular: controlaban no solo el acceso a la zona de combate sino también las comunicaciones, puesto que el Atlántico sur no contaba con la cobertura de un satélite comercial.

Captura de prisioneros en la Guerra de las Malvinas.

No ocurría lo mismo en vísperas de la Guerra del Golfo y quizá por eso se aplicó una táctica más refinada.

Los aliados sabían que iban a aplastar militarmente a Saddam Hussein. Una vez lograda la liberación de los más de 3.000 técnicos occidentales que bloquearon en Bagdad los iraquíes nada más ocupar Kuwait, los únicos riesgos reales eran un ataque contra Tel-Aviv que empujara a los israelíes a entrometerse en la bronca o que Saddam, enojado ante la ineludible derrota, tomara la decisión suicida de capturar como rehenes a los tres centenares de periodistas destacados en la capital iraquí.

Los británicos vigilan a sus prisioneros argentinos, en la Guerra de las Malvinas.

En el caso de los soldados españoles, a pesar del lamentable vodevil escenificado por los marinos que embarcaban en Cartagena, el riesgo de sufrir bajas estaba confinado a los burdeles del Canal de Suez, abundantes en enfermedades venéreas, y a los improbables picotazos de los pingüinos, porque los buques evolucionaron más cerca de la Antártida que del tórrido teatro de operaciones.

Muertos en Irak.

Si algo podía quitar el sueño al presidente Felipe González era la perspectiva de verse forzado a acudir al aeródromo madrileño de Cuatro Vientos a recibir los cadáveres de unos cuantos periodistas fallecidos como consecuencia de un bombardeo aliado en Iraq, mientras la bullanguera Cristina Almeida daba gritos en la valla y ‘El Mundo’ de Pedrojota preparaba un titular a cinco columnas denunciando que los B-52 ‘asesinos‘ habían despegado de la base hispanonorteamericana de Rota o de la de Torrejón de Ardoz.

El batallón español, desplegado en el frente.

No era concebible dar una orden expresa de salida a los periodistas y se recurrió al método indirecto.

Marlin Fitzwater, el orondo portavoz de la Casa Blanca, se presentó ante las cámaras de televisión el 15 de enero de 1991 y anunció contrito que tenía amigos entre la numerosa prensa internacional desplegada en Bagdad y les aconsejaba marcharse.

Una de las portadas del ‘Observer’ firmadas por Alfonso Rojo, durante la I Guerra del Golfo.

Todas las cancillerías y todos los directores de periódico comenzaron a telefonear a la capital iraquí aconsejando prudencia.

El pánico prendió entre los miembros de la «tribu» y se produjo la desbandada general.

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Autor

Alfonso Rojo

Alfonso Rojo, director de Periodista Digital, abogado y periodista, trabajó como corresponsal de guerra durante más de tres décadas.

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