La historia, los secretos, los vicios y las virtudes de los corresponsales

REPORTERO DE GUERRA: El amargo sabor de la derrota (LX)

Los periodistas alemanes arrasaron profesionalmente a sus competidores aliados en el inicio de la II G.M.

REPORTERO DE GUERRA: El amargo sabor de la derrota (LX)
Hitler se fotografía ante la Torre Eiffel, tras ocupar París, en junio de 1940. PK

De no ser por la instrumentalización de que fueron objeto por parte del siniestro Joseph Goebbels, algunos de los miembros del PK germano hubieran pasado a la historia del periodismo con letras de oro.

El 8 de abril de 1940 los aliados minaron las aguas noruegas -violando la neutralidad del país nórdico- en un intento de dificultar el acceso de los alemanes a las materias primas suecas.

Hitler respondió invadiendo al día siguiente Noruega y Dinamarca. Una vez más, los corresponsales alemanes marcharon en vanguardia, con excelentes comunicaciones y un coraje inaudito.

A bordo del crucero Blücher, que fue hundido por las baterías de la fortaleza Oskarborg cuando atracaba el puerto de Oslo, iban cinco hombres del PK.

Cuatro perecieron pero el quinto, sobrevivió, y el fotógrafo Max Ehlert captó excelentes imágenes y escribió un vívido relato.

El siniestro Joseph Goebbels.

Desdichadamente para el periodismo, Goebbels había prohibido que apareciesen cadáveres de soldados alemanes y las fotos de Ehlert no fueron distribuidas.

Al término de la campaña noruega el PK había hecho llegar a medios de comunicación de países neutrales 300 despachos, 250 fotografías y miles de metros de celuloide cinematográfico.

También había perdido en acción a la quinta parte de sus efectivos.

No es de extrañar si se tiene en cuenta que corresponsales como Werner Keller volaron en misiones de bombardeo con la Luftwaffe, se lanzaron en paracaídas con los comandos o desembarcaron con los infantes de marina en los fiordos.

Los nazis, con el regodeo de buena parte de la población alemana, hacen redadas de judíos, para exterminarlos.

En contraste, los aliados carecían de periodistas en la zona y erraron en casi todo.

Un sonrojante ejemplo de lo mal que lo estaban haciendo los medios de comunicación occidentales en esta fase de la Segunda Guerra Mundial fue el titular a toda página del Glasgow Evening News anunciando la clamorosa victoria aliada en Noruega en su edición del 29 de mayo de 1940.

Nueve días después las fuerzas aliadas fueron evacuadas con urgencia y con el rabo entre las piernas.

Periodistas alemanes en el frente.

DUNKERQUE Y LA BLITZKRIEG

Hasta mayo de 1940 los aliados tenían una guerra sin combates en el Frente Oeste y una guerra sin corresponsales en el Frente Norte.

A partir de ese mes, comenzó la Blitzkrieg y todo dio un vuelco. Los blindados alemanes irrumpieron en tromba por Bélgica, Holanda y Luxemburgo y pusieron fin a la «guerra aburrida».

Un soldado alemán en Rusia.

Los acontecimientos se aceleraron de tal modo que los periodistas aliados o estaban poniendo pies en polvorosa para salvar la piel o quedaron sin medio alguno de comunicar con sus redacciones.

Una vez más, los corresponsales alemanes realizaron un trabajo excelente, entre otras razones porque siempre es más fácil reportear cuando se acompaña a un ejército victorioso que si se huye con una tropa en despavorida retirada.

Un convoy iraquí, de fieles a Sadam Husein, carbonizado por el bombardeo de los americanos.

En marzo de 1991, cuando los soldados de Saddam Hussein salieron de estampida de Kuwait con los cazabombarderos norteamericanos en los talones, los que estábamos en Bagdad nos tuvimos que limitar a esperar y a especular sobre la intranquilidad reinante en las calles de la capital iraquí.

Las crónicas bélicas de verdad las escribieron Julio Fuentes y los que subían por el desierto al rebufo de los carros blindados de los vencedores.

Los reporteros germanos iban en los panzers del general Heinz Guderian o en los Stuka y Heinkel de Hermann Goering, y los reporteros franceses y británicos trotaban a pie hacia el Canal de la Mancha.

El general Heinz Guderian.

Esa fuga y lo que ocurrió subsiguientemente sirvieron para instaurar el primer gran mito de la II Guerra Mundial: Dunkerque.

Los datos básicos sobre lo que se denominó ‘Operación Dinámo’ y tuvo como escenario Dunkerque son incontestables: entre el 26 de mayo y el 4 de junio de 1940, 338.200 soldados, de los que 150.200 eran franceses, fueron evacuados a Inglaterra en una flotilla de la que formaban parte pesqueros y yates de recreo.

En su alocución a la Cámara de los Comunes, Winston Churchill describió la operación como «un desastre militar colosal».

El general Edmund Ironside aseguró en privado que Dunkerque era el final del Imperio Británico:

«Nada ha preparado a la opinión pública británica para una derrota de esta magnitud.»

La retirada de os británicos en Dunkerque.

Pues bien, a pesar de la sucinta sentencia de Churchill y del lúgubre vaticinio de Ironside, la hecatombe de Dunkerque se transfiguró en una gesta victoriosa dentro de la mitología popular.

Los principales responsables de esta colosal falsificación no fueron Churchill y los políticos, sino los medios de comunicación.

El Daily Mirror tituló «Bloody Marvellous», el Sunday Times sugirió que había habido una «intervención divina» en favor de los aliados, el New York Times utilizó palabras como «brillante esplendor», y se impuso la creencia de que la evacuación había sido un completo éxito.

La derrota de los aliados en Bélgica, en la portada de The New York Times.

Una de las razones que hicieron prosperar el timo informativo fue la ausencia de reporteros en las playas de Dunkerque.

Los corresponsales cubrieron la evacuación desde los puertos del sudeste de Inglaterra y elaboraron sus crónicas con material de segunda mano.

Los soldados arribaban agotados y sucios. Algunos llegaron a arrojar sus fusiles por la borda o describieron escenas vergonzosas, pero el descalabro se convirtió en un rosario de emocionantes anécdotas:

«Algunas unidades desfilaron marcialmente al borde del agua esperando la evacuación; una compañía de los Reales de Warwicks se negó a subir a los barcos hasta que todos sus elementos sufrieron el corte de pelo reglamentario; los mensajeros militares hicieron acrobacias con sus motocicletas mientras los Stuka alemanes picaban en el cielo; los oficiales jugaron al criquet en la arena…»

Restos de la derrota británica en Dunkerke.

En conjunto, estas historias edulcoradas enfatizaron la alta moral de las tropas evacuadas y su anhelo por retornar inmediatamente al combate.

Probablemente encerraban parte de la verdad, pero también hubo docenas de oficiales que abandonaron a sus subalternos, batallones borrachos hasta el estupor, soldados ejecutados de un balazo en la nuca para evitar que asaltaran naves a punto de zozobrar, crisis de pánico, desertores…

En toda unidad siempre hay hombres que carecen de estómago para la lucha, pero el problema de Dunkerque fue mucho mas extenso y profundo.

Los franceses lloran, tras derrotados e invadidos por los alemanes de Hitler.

La operación fue el colofón de una cadena de errores, rematada con la capitulación de Francia en el verano de 1940.

Aunque con más cimientos para convertirse en mito que la evacuación de Dunkerque, la Batalla Aérea sobre Inglaterra también fue de esos hechos que se van distorsionando en los medios de comunicación hasta que adquieren una tonalidad y una proporción distintas de las originales.

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Autor

Alfonso Rojo

Alfonso Rojo, director de Periodista Digital, abogado y periodista, trabajó como corresponsal de guerra durante más de tres décadas.

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