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REPORTERO DE GUERRA: El sargento y el ‘guiri’ (LIX)

Quedabas mal tu, quedaban pésimo los esforzados del DRISDE y quedaban fatal las Fuerzas Armadas españolas

REPORTERO DE GUERRA: El sargento y el 'guiri' (LIX)
Soldados españoles de la Brigada Plus Ultra, en Irak, con la bandera de España y el emblema de la Legión. BP

Sin el apego al alcohol y con mucha mejor voluntad que sus equivalentes británicos de la Segunda Guerra Mundial, los militares de la Dirección de Relaciones Informativas y Sociales de la Defensa del Ejército español, más conocida por el acrónimo DRISDE, destinados en Medjugorge como parte del contingente de «cascos azules» enviado a Bosnia en 1992, rara vez nos suministraron un dato aprovechable.

En las Fuerzas Armadas españolas hay un montón de oficiales políglotas pero, por un capricho del destino o por incompetencia administrativa, no proliferaban entonces en el organismo ministerial encargado de lidiar con los medios de comunicación.

La lengua franca entre «cascos azules», organizaciones humanitarias, periodistas y funcionarios locales es el inglés, pero durante meses escasearon los militares del DRISDE en la antigua Yugoslavia que lo hablaran con fluidez y corrección.

La prensa internacional, que bautizó a las tropas españolas como el «Salsa Batallion» por la atronadora música que sonaba en los radiocasetes de sus blindados y que acudía a Medjugorge a solicitar transporte cada vez que necesitaba entrar en Mostar, era recibida en la garita de la entrada con un sonoro:

«¡Mi sargento! ¡Un guiri!».

Alfonso Rojo con el periodista José Macca, en la breve guerra que precedió a la independencia de Eslovenia.

Los del DRISDE, aunque fuera por señas, se las arreglaban para empaquetarnos a los hispanos y a los extranjeros en un blindado, lo que te garantizaba cubrir de cerca la guerra sin tener antes que jugarte la vida a la ruleta rusa cruzando líneas enemigas y atravesando el aeropuerto.

En eso fueron estupendos, pero como fuente de información eran realmente mezquinos.

Han evolucionado mucho y para mejor, aunque siempre con el tremendo fardo a la espalda que les cargan los timoratos políticos parapetados en los sillones del Ministerio de Defensa en Madrid.

Da igual que el ministro sea del PP o del PSOE, porque la norma de hierro siempre es la misma: no decir nada relevante a los periodistas, ni siquiera en peligro de muerte.

A su pesar, porque muchas veces los oficiales destacados sobre el terreno hubieran realizado una labor mucho más útil, sensata y provechosa para la imagen de las tropas españolas, que la que terminan dando los chupatintas desde los lejanos despachos.

Sóldados españoles en el reconstruido puente de Mostar.

Entre las experiencias más frustrantes de mi carrera, en lo que se refiere a la relación informativa con las tropas españoles, están las que acumulé en Irak.

La invasión de Mesopotamia, iniciada el 20 de marzo y rematada el 1 de mayo de 2003, fue llevada a cabo por una coalición de países encabezada por los Estados Unidos con Reino Unido y en la que jugaron un papel relevante los británicos.

Otras naciones, como España, llegaron al escenario semanas más tarde y sólo se involucraron en la fase de ocupación posterior. A los españoles, que arribaron sin siquiera anunciar que llegaban a los periodistas nacionales destacados ‘in situ’, los colocaron en Diwaniya, en una antigua y destartalada base iraquí.

Un prisionero iraquí, con su hijo, tras la invasión norteamericana de Irak.

Lo que se bautizó como «Base España» quedaba 160 kilómetros al sur de Bagdad y contaba con un pequeño pero muy laborioso equipo del DRISDE, que hacía lo imposible por sacar el trabajo adelante y proyectar una imagen positiva.

A las 21,15 de la noche del miércoles 22 de agosto de 2003 (19,15 hora peninsular española) en Irak, los mil militares de la Brigada Multinacional Plus Ultra que hasta ese momento habían llegado al campamento, pudieron oír una serie de detonaciones en las cercanías de la base.

Soldados españoles en una misión internacional.

Inmediatamente se ordenó a todo el contingente que saliera de los barracones y se pusiera el casco y el chaleco antibalas. También se apagaron las luces del recinto.

Una patrulla de marines estadounidenses, del puñado que compartía instalación con los españoles, fue hasta el lugar de los hechos y comprobó que desde la carretera circundante, usando un par de camionetas pick-up, milicianos todavía fieles al depuesto Sadan Hussein habían lanzado a toda prisa unos morterazos y habían salido corriendo.

Ni siquiera habían logrado impactar dentro del recinto, pero la noticia de que ‘Base España’ había sido atacada, nos revolucionó a los periodistas españoles alojados entonces en el Hotel Palestina y el Sheraton de Bagdad. Nos enteramos de madrugada y apenas amanecer, salimos algunos hacia allí en coche.

A toda velocidad, usando la desierta autopista que había construido el dictador de norte a sur de Mesopotamia, tardamos apenas dos horas en hacer el trayecto.

El general Valentín Gamazo.

La Oficina de Información de la base España estaba dirigida por el entonces teniente coronel Valentín Gamazo, ahora general y director del Museo del Ejército en el Alcazar de Toledo, con la inestimable colaboración del comandante José Luis Martínez Falero, y de otros tres militares.

Lo lógico, lo normal, lo esperable, lo razonable y lo sensato es que Gamazo y los suyos, nada más vernos llegar, nos hubieran informado de que habían sido tres explosiones al sur de la base, a una distancia de trescientos metros de los cuarteles y que no se habían registrado daños personales ni materiales, ya que los proyectiles impactaron en el exterior del perímetro de seguridad.

Aunque las patrullas «intervinieron rápidamente», no se localizó a los autores de los disparos.

Soldados de EEUU retiran a uno de sus heridos del campo de batalla.

Pues nada. Con cara de pena y creo yo que cierta vergüenza, lo que nos dijeron es que tenían órdenes estrictas de no soltar prenda, ya que toda la información la facilitaría de forma centralizaba el Ministerio y en Madrid.

Nos ofrecieron, como gesto de buena voluntad, utilizar sus teléfonos para hablar con la capital de España.

Duele reseñar que por ‘orden de Madrid’ tenían totalmente prohibido que los reporteros pernoctásemos en la base, lo que te obligaba a retornar casi de noche a Bagdad, con el riesgo que eso entrañaba, o a pelear con mosquitos del tamaño de pollos en la maloliente y pringosa pensión local. Todo por temor a que pudieramos ver o escuchar algo, que disgustara a los jefazos.

Estaba entonces de presidente del Gobierno de España José María Aznar y era su ministro de Defensa el ahora embajador en Londres Federico Trillo.

El presidente Aznar visitando tropas españolas en misión internacional.

Es a todas luces insensato que un burócata ministerial decida que los reporteros tengamos que telefonear a un despacho situado a 4.300 kilómetros de distancia, para recabar datos sobre una explosión que había sucedido a 400 metros del lugar donde nos encontrábamos, pero no hubo manera.

Para mayor ‘inri‘, cuando llamabas al periódico para hablar del tema, te salía siempre un listillo comentando que ya estaban perfectamente al tanto, porque desde el Ministerio de Defensa les habían facilitado todos los datos.

Los marines de EEUU capturan soldados iraquíes.

Como es habitual en las redacciones de los periódicos, el muy idiota solía remachar la charla con alguna pregunta sarcástica sobre la temperatura del agua de la piscina del hotel o comentando indecente que te habías quedado dormido.

Quedabas mal tu, quedaban pésimo los esforzados del DRISDE y quedaban fatal las Fuerzas Armadas españolas. Una pena.

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Autor

Alfonso Rojo

Alfonso Rojo, director de Periodista Digital, abogado y periodista, trabajó como corresponsal de guerra durante más de tres décadas.

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