MOSCÚ SIN BRÚJULA

El Ejército Rojo busca apartamento en Rusia (XLXVXIV)

El Ejército Rojo busca apartamento en Rusia (XLXVXIV)
La entrada del Ejército Rojo en Berlín. PD

El teniente coronel Mihalev sentía vergüenza. Apoyado en la pared, junto a la que se alineaban cajas de cartón, zapatos y maletas, el oficial del Ejército Rojo respiró profundamente antes de confesar el motivo de su malestar:

«Van a escribir ustedes que somos un ejército de vagabundos.»

Vagabundos exactamente no, pero errantes, sin techo, hacinados, desmoralizados e intranquilos, sin duda alguna.

Mihalev fue repatriado de la antigua República Democrática Alemana, la siniestra RDA del Muro de Berlín, los espías gigolós y los esteroides deportivos, a principios de 1991 y, como miles de militares soviéticos que estaban destinados en guarniciones de Checoslovaquia, Polonia o Hungría, no tenía casa.

Transferido a Naro-Fominsk, al cuartel general de la prestigiosa división blindada Kantimirovskaya, 70 kilómetros al suroeste de Moscú, se alojaba con su mujer y su hija en una vieja oficina reconvertida en dormitorio.

La ducha estaba en el sótano y la familia Mihalev la compartía con los soldados acantonados en el recinto.

En Moscú, en enero de 1992, el mariscal Shaposhnikov reconocía sin ambages carecer de dinero para maniobras y que más de 200.000 oficiales todavía no habían encontrado alojamiento.

La tercera parte de los efectivos de cada división se dedicaba a labores agrícolas o la construcción y sus unidades recibían comida a cambio.

El drástico recorte de presupuestos o las penalidades no eran lo más preocupante. La proverbial dureza del soldado ruso, su insensibilidad a la fatiga y a la incomodidad de la campaña, ha quedado reiteradamente demostrada a lo largo de la Historia.

El general Kutuzov en marcha hacia París.

En 1812, cuando al mando del general Kutuzov marcharon sin descanso desde Moscú a París; entre 1943 y 1945, cuando avanzaron dejando un reguero de muertos hasta Berlín; contra los turcos, los suecos o los austriacos, los militares rusos han hecho siempre gala de una capacidad de sufrimiento casi bíblica.

Nunca les perturbó excesivamente acostarse sin cenar, porque tampoco comían en casa, o aguantar estoicamente palos y órdenes, porque llevan generaciones recibiendo latigazos con el knut, obedeciendo ciegamente a capataces o comisarios políticos y soportando la dedovshina: las sádicas humillaciones y la esclavitud a la que los veteranos someten a los novatos.

El drama real del Ejército Rojo, de ese contingente de más de 5 millones de hombres que consumía la mitad del presupuesto soviético y hacía girar en torno suyo una impresionante industria militar, fue la desintegración de la URSS.

Las palabras de Boris Yeltsin, cuando el 21 de diciembre de 1991 anunció muy ufano en Alma Atá que 11 repúblicas se habían integrado en la CEI, fueron en la practica el acta de defunción de la temible maquina militar creada por Trotsky en 1918.

Ante lo inevitable, bastantes oficiales optaron por el pragmatismo. A la vista de la imparable disolución del Imperio Soviético, decidieron que lo crucial era seguir cobrando sus miserables soldadas a fin de mes.

Como el Gobierno central había dejado de existir y los únicos en condiciones de seguir pagando eran los gobiernos de cada república, muchos militares de carrera dejaron de obedecer a Moscú y se pusieron a las ordenes de Kiev, Bakú o Kisinov.

Un soldado ruso conduce a un soldado alemán capturado prisionero en Stalingrado, en la II Guerra Mundial.

Los reclutas imitaron el ejemplo que habían dado en 1990 estonios, letonios y lituanos, y se negaron a servir en filas fuera de los límites geográficos de sus respectivas repúblicas.

La confluencia de estos dos procesos tuvo dos consecuencias evidentes. Una fue la homogeneización, la «nacionalización» de las tropas desplegadas en cada república. Otra, la defunción del Ejercito Rojo.

Boris Yeltsin, sintonizando con el sentir mayoritario de los altos oficiales, intentó que las Fuerzas Armadas de la ex URSS se mantuvieran bajo un mando único.

Llegó incluso a prometer que la depauperada Rusia se haría cargo de todas las nóminas, pero estaba condenado al fracaso.

La IV Cumbre de jefes de Estado de la CEI, celebrada en Minsk el 14 de febrero de 1992, consumó la división de las ex repúblicas soviéticas en dos bloques: uno favorable a un ejercito único, y otro, encabezado por Ucrania, partidario de la inmediata creación de ejércitos propios.

Soldados rusos en Osetia del Sur.

«El mantenimiento de unas Fuerzas Armadas unificadas», argumentó en la reunión el presidente ucraniano Leonid Kravchuk, «significaría el fin de la democracia, porque el Ejercito estaría por encima de todos los Estados».

Junto a Ucrania se alinearon Moldavia, Azerbaiyán y Uzbekistán.

En la actitud de ucranios y moldavos influía el temor al «neo imperialismo» ruso.

En la de los azeríes, el enfermizo deseo de dotarse de unas Fuerzas Armadas poderosas para guerrear con sus vecinos armenios.

El presidente azerí, Ayaz Mutalibov, abandonó precipitadamente Minsk al enterarse del recrudecimiento de los combates en Nagorno-Karabaj.

Antes de partir acusó públicamente a Shaposhnikov de estar apoyando a los «perros armenios».

El mariscal se defendió argumentando ser partidario de retirar las tropas de la CEI del enclave, aunque eso significase dejar que los «lobos» devorasen a los «perros».

Cohetes en la guerra entre armenios y azeries en Nagorno-Karabaj.

Ese mismo día, las tripulaciones de seis bombarderos SU-24 con base en Ucrania huyeron con sus aparatos para no jurar fidelidad a las autoridades de Kiev. Los aviones aterrizaron en la vecina Bielorrusia.

Incapaz de doblegar a Ucrania, que disputaba a Rusia el control de la flota del Mar Negro y la propiedad de la base de Sebastopol, un atolondrado Yeltsin admitió por primera vez tener planes para crear también su propio Ejercito.

La fragmentación no se limitaba a los hombres de armas. Implicaba también a los investigadores, mecánicos y técnicos involucrados en la carrera espacial y a todos los relacionados con los gigantescos arsenales soviéticos.

La nave de carga, que el 27 de enero de 1992 viajó a la Estación Espacial Mir, no pudo llevar en sus bodegas la miel que habían pedido los cosmonautas, porque no hubo manera de encontrarla en las tiendas del Estado.

Serguei Krikaliov y Alexander Volkov, que permanecieron en órbita seis meses, estaban incomunicados telefónicamente con Moscú nueve horas al día, porque hubo que retirar los barcos repetidores del Atlántico por razones presupuestarias.

Estaba previsto que descendieran a la Tierra en marzo de 1992 y no sabían siquiera si podrían seguir trabajando como cosmonautas.

Los embrollos del espacio eran un juego infantil al lado de la pesadilla que representaba la cuestión nuclear.

Cohetes nucleares rusos en la Plaza Roja de Moscú.

A la hora en que Yeltsin se daba casi por vencido en Minsk, el norteamericano James Baker visitaba Cheliabinsk-70, una de las diez misteriosas «ciudades secretas» cuyos habitantes se dedicaron durante décadas a la producción de armas nucleares.

Estas ciudades, con nombres como Tomsk-7, Arzamas-16, Cheliabinsk-65 o Cheliabinsk-70, y donde trabajaban un millón de personas, no figuraban hasta 1992 en mapa alguno.

Hasta la visita de Baker a Cheliabinsk-70, ningún político occidental había penetrado en las «ciudades secretas».

Ante 30 científicos sentados en los pupitres de uno de los laboratorios, que le miraban como si fuera Papa Noel, el secretario de Estado pudo hablar mas alto, pero no mas claro.

«Nos damos cuenta que ahora mismo sus posibilidades aquí están limitadas y que tanto terroristas como regimenes extranjeros están intentando aprovechar esta situación e influenciarles para que fabriquen nuevas armas de guerra. Nosotros queremos ayudarles a encontrar nuevos proyectos que les permitan permanecer en su país y ganarse decentemente la vida utilizando sus habilidades en bien de la ciencia y la paz, en lugar de nuevas maquinas de guerra.»

El jefe de científicos del centro, Yergeny Avrorin, tomó la palabra inmediatamente y enumeró la larga lista de productos comerciales susceptibles de ser fabricados en los diez centros de investigación nuclear.

«Podríamos producir diamantes microscópicos sintéticos y hacer cuchillos que no necesitarían afilarse nunca, equipos de fibra óptica, de medicina nuclear, de resonancia magnética, software de alta complejidad para ordenadores».

James Baker con Boris Yeltsin.

Continuó Avrorin, mirando directamente a Baker.

«Pero tenga usted presente que eso solo es posible con muchos millones de dólares y que son ustedes los únicos que pueden dárnoslos.»

Baker se mordió el labio inferior y cabeceó como si se sintiera anonadado. Pocos días antes, científicos del Instituto Kurchatov de Moscú habían confesado haber recibido propuestas para trasladarse a Libia e investigar a las órdenes del coronel Gadafi.

Todos aseveraron haber rechazado las espléndidas ofertas, pero quedó flotando en el aire la duda.

Baker abandonó Cheliabinsk-70 abrasado por la sospecha de que parte de los 2 000 investigadores con conocimientos para fabricar armamento nuclear, que sobrevivían con sueldos inferiores a los 10 euros mensuales, iba a sucumbir a los cantos de sirena que entonaban países como India o Pakistán y alocados dictadores como Gadafi o Sadam Husein.

El 17 de febrero, tres días después, Estados Unidos y la Comunidad Europea anunciaron su disposición a costear un Centro Internacional de Ciencia y Tecnología, con sede en Moscú, capaz de albergar a 3.000 científicos de la antigua URSS.

Cada investigador recibiría un sueldo mensual de 1.000 dólares en divisas y firmaría un documento comprometiéndose vitaliciamente a no emigrar «sin permiso oficial».

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Autor

Alfonso Rojo

Alfonso Rojo, director de Periodista Digital, abogado y periodista, trabajó como corresponsal de guerra durante más de tres décadas.

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