Charo Zarzalejos – La reforma fiscal que viene


MADRID, 26 (OTR/PRESS)

La reforma fiscal que el Gobierno ha dicho que dará a conocer en torno al mes de Marzo de 2014, se prevé, al menos para los profanos, un tanto alambicada y que, en todo caso, se espera con escaso optimismo. Se sabe que habrá menos deducciones fiscales para las grandes empresas, que algunos impuestos se van a «territorializar» y que, salvo en contadísimas excepciones, el IVA no va a bajar.
¿Qué esperamos los ciudadanos? Pues esperamos una pizca de alivio a una presión fiscal que para las rentas medias resulta realmente asfixiante, esperamos alguna forma de ayuda a la familia, que aquellos que puedan ahorrar vean algún tipo de gratificación al esfuerzo que hacen pensando en los estudios de sus hijos o en su propia vejez.
Es verdad que para sostener los servicios públicos esenciales, que son nuestra joya de la corona, hace falta dinero, mucho dinero y es un principio de ética ciudadana contribuir a su sostenimiento. Por ello, engañar al fisco es dañar los intereses generales, los propios y los ajenos, de ahí que todo lo que sea una fiscalidad justa progresiva, transparente y eficaz es lo que nos garantiza el Estado del bienestar unido, claro está, a una gestión eficiente y limpia.
Sentado este principio ¿que podemos esperar de la anunciada reforma? Conviene no hacerse ilusiones. De entrada la anunciada bajada de impuestos afectará en primer lugar, y como es lógico, a las rentas más bajas. Esta bajada tendría lugar en el 2015 pero la cuestión está en ver qué se consideran «rentas más bajas». Dada la situación es más que probable que la llamada y sufrida «clase media», cada vez más sufrida y menos «media» tenga que esperar no menos de dos años para ver como su IRPF se vea rebajado.
Supongo que no hay Gobierno en el mundo al que le guste ir por la vida de antipático y por ello creo que si la bajada de impuestos no se lleva a cabo ni con la celeridad ni en la cuantía que todos desearíamos es porque no se puede, salvo que se quiera poner en serio riesgo el ya «tocado» Estado de bienestar. Dando por sentado que ningún Gobierno tiene vocación de fastidiar por fastidiar, lo cierto es que en paralelo a la escasas expectativas que genera la anunciada reforma fiscal deberían los ciudadanos poder percibir que aumenta la eficiencia de lo público, que el ahorro en la Administración es constatable y que se gasta sólo en lo que se debe gastar y todo ello sin dejar de reconocer que al margen de los dolorosos recortes, la Administración Pública en su conjunto ha realizado un nada despreciable esfuerzo de austeridad. Valga como ejemplo una comida con un ministro o con cualquier otro cargo público: austera, con materia prima barata -a veces muy, muy barata- y cantidades justas para que nada sobre.
Cuando llegue el momento y la reforma fiscal aún en estudio se presente a la opinión pública, se hace indispensable que el ministro Montoro la explique en sus justos términos y de manera entendible para todos. A lo mejor hoy alguien le pregunta algo al Presidente del Gobierno en su rueda de prensa de fin de año. Si algún día escribe sus Memorias -a Rajoy no le pega hacerlo- nos íbamos a enterar de cosas y hechos que quizás ni intuimos.

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