Siete días trepidantes – Los personajes (no ministros, claro) clave


MADRID, (OTR/PRESS)

Acaso demasiados años de observación desde la barrera de los acontecimientos políticos me han convencido de un hecho que considero irrefutable: las personas son lo más importante, mucho más que las propias organizaciones y, desde luego, que las regulaciones, para el desarrollo de las instituciones y, en definitiva, para el buen gobierno de los ciudadanos. No es lo mismo un Rey, aunque reine pero no gobierne, que otro, ni un presidente del Ejecutivo que otro, ni un ministro/a de Defensa que otro/a, por ejemplo. Pero, al margen de los nombres y rostros más conocidos, el arquitrabe del Estado se compone de muchas figuras que, de alguna manera, nos representan, rigen sobre la sociedad civil y hacen, en definitiva, que las cosas sean de una manera o de otra. Y no quiero ya, ay, hablar de ciertas figuras del panorama internacional, que llenan de aprensión a las cancillerías de medio mundo y a los periódicos de todo el planeta; dejémoslo por hoy, pero claro que no es lo mismo, por muchos contrapoderes que usted quiera colocar, un presidente del país más potente del mundo que otro. Temo que lo hemos de ver.
Y, entonces, refugiándonos apenas en el panorama nacional, destaca que figuras de la endeblez de un ya ex senador de Esquerra y ex juez sectario hacen incluso tambalearse la Generalitat catalana, sometida a su propia máquina de la verdad (o de la mentira); o el proyecto de designar presidente del Tribunal Constitucional, nada menos, a alguien a mi juicio claramente inadecuado para (volver a) prestigiar tan importante institución ha provocado un revuelo político-jurídico que no ha tenido el suficiente eco, a mi entender, porque, como casi todo lo relevante en este país nuestro, se ha mantenido en las alcantarillas de la semioscuridad. O ya ve usted en qué deparó el creo que afortunadamente breve mandato en uno de los dos principales partidos nacionales de un personaje que sigue recorriendo las Españas sin recapacitar en la verdad de aquello de «non bis in idem». Y, siguiendo con los ejemplos sin nombre ¿acaso cree usted que es baladí la pugna entre dos personalidades que se dicen tan amigas, pero tan encontradas, en una formación emergente que anhelaba corregir la plana a la Vieja Política?

Pues claro que no. Que no solamente de reyes, presidentes y ministros (y alcaldes y alcaldesas) dependen el bienestar, la confianza y la seguridad jurídica de la ciudadanía. ¿Cómo va a ser lo mismo un delegado del Gobierno en Cataluña que otro, un molt honorable president que otro, una viceresidenta del Gobierno central que otra, una secretaria general de un partido en el poder que otra/o? Pues eso es lo que yo digo: que, por ejemplo, los servicios secretos no funcionaron siempre igual (de bien, quiero creer) bajo un mandato que otro, ni los medios públicos de comunicación, ni el Instituto Cervantes, ahora tan bien encauzado, por poner ejemplos de toda guisa.
Y esa ha sido, y me inclino a pensar que ya no lo es tanto, aunque siga siéndolo, una de las tragedias de nuestra España: que no siempre ha estado, ni está, «the right man in the right place», como reza el aforismo que tan bien ha sentado a las instituciones norteamericanas (hasta ahora, digo). El dedo designador, tantas veces acuciado por enchufes, cuñadismos, tráficos de influencias o corruptelas, se equivoca, sin duda, mucho más que los electores, aunque ya veamos lo que está pasando en Estados Unidos, o en esa Francia escandalizada por los «desvíos» de su candidato presidencial de la derecha o los extremismos del de la izquierda. «Las personas, amigo, son las personas lo que cuenta», le atribuían algunos, espero no equivocar esta única «negrita» de la crónica, a Jefferson. Y ahora, en estos momentos, en este país, el nuestro, estamos pendientes de relevos, designaciones y elecciones internas verdaderamente clave. Porque no son iguales unos que otros. Ni muchísimo menos.

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