OPINIÓN

Victor Entrialgo de Castro: «El imperio de la vulgaridad»

Victor Entrialgo de Castro: "El imperio de la vulgaridad"

Lo propio de este tiempo es que el alma vulgar, sabiéndose vulgar, tiene el descaro de afirmar el derecho de la vulgaridad y lo impone dondequiera.
El Gobierno de Pedro Sanchez es la constatación diaria de ésta característica de nuestro tiempo.

El atrevimiento, la ignorancia, la ligereza, la liviandad, el descaro, la grosería, el cinismo e incluso la provocación han encontrado acomodo con Sanchez en las más altas magistraturas del Estado.

De Adriana Lastra y Ábalos a Bolaños, de Irene Montero a Maria Jesus Montero, de Patxi Lopez a Pilar Alegría o Francisca Armengol, de Teresa Ribera a Mónica García, de Rita Maestre a Yoli Piruli, de Oscar Puente a Begoña Gomez hasta llegar al propio Sanchez. Jamás la vulgaridad había llegado tan lejos.

Vulgar es el que no se exige nada sino que se contenta con lo que es y está encantado consigo, pero no porque se considere superior sino porque, siendo consciente de su vulgaridad, pretende suplantar a los excelentes e imponerla a los demás. Se dice nobleza obliga  porque la nobleza se define por la exigencia, por las obligaciones, no por los derechos.

Por contra, para Sanchez y sus monaguillos todo son derechos, nada les incita a reconocer limites y por tanto a contar con otras instancias. Son profundamente indóciles. Una indocilidad política que no sería tan grave si no procediese de una más honda y decisiva indocilidad moral e intelectual. Por eso los dirigentes asturianos Lastra y Barbón al alimón, no quieren ir a Covadonga. Porque cumpliendo las consignas de su secta, lo que en realidad quieren ser es arzobispos de Mondoñedo.

Es la diferencia entre el tonto y el perspicaz. Éste último se sorprende a sí mismo siempre a dos dedos de ser tonto y por ello hace un esfuerzo para escapar a la inminente tontería y en ese esfuerzo consiste la inteligencia. El tonto en cambio no se sospecha a sí mismo, se parece discretísimo y de ahí la envidiable tranquilidad con la que necio se asienta e instala en su propia torpeza.

Padecemos el gobierno de una secta que dirige un chamán que no construye nada, no ordena nada, no convoca a esfuerzos ni proyectos comunes. Rodeado de corrupción y con mujer y hermano imputados por cuestiones económicas viaja a Andorra cerca de donde estuvieron con Barrabés y repite frases y decretos leyes que fabrican sus asesores dejando que el rebaño paste a su aire y que cada cual haga lo que le venga en gana, siempre que no comprometa su poder.

Este gobierno pretende una anarquía controlada donde la vulgaridad de esta civilización exhibicionista se sienta cómoda e identificada y donde la gilipollez se extienda a la velocidad de la piña mucho mas rápido que la imperiosa necesidad de derrocar al tirano, mientras ellos continúan fabricando su patrimonio.

Una vulgaridad que no se limita a su grosería y zafiedad, ni a la ausencia de verdad y fundamento sino que utiliza la mentira y la manipulación del lenguaje propia de los regímenes totalitarios.

Por eso ahora, con el fango al cuello,  como todo tirano, Pedro Sanchez  hace aprobar leyes donde llama odio a su pánico judicial, a lo que en realidad no es sino hartazgo y legítima defensa de los españoles frente a su corrupción y sus escándalos mientras los sanchistas y sus socios nos escupen a la cara todos los días: «¡Sí, soy vulgar, y qué!»

Sanchez es un náufrago indolente en medio de una crisis migratoria internacional, que se limita a vadear las olas con una chalupa de paniaguados llena de redes, anzuelos y decretos-leyes. Los Sanchez y Gomez, que han comprado sus títulos de patrón, lo mismo la cátedra que el doctorado, han discutido airadamente este verano mientras su chalupa se bamboleaba sobre los errores de su pretenciosa vulgaridad, ponerse un birrete sin caletre y han visto que ni los poderosos están libres de tornados.

Por eso, aunque se esfuercen en disimularlo, Los Sanchez y Gomez, debido a su afán de hacer negocio tienen ahora encima un torbellino judicial que a buen seguro les lleva atormentando todo el verano y amenaza con hacerles naufragar, todo por culpa de la vulgaridad.

Lo propio de este tiempo es que el alma vulgar, sabiéndose vulgar, tiene el descaro de afirmar el derecho de la vulgaridad y lo impone dondequiera.
El Gobierno de Pedro Sanchez es la encarnación diaria de ésta característica de nuestro tiempo.

Victor Entrialgo

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