Pedro Sánchez habló ayer. O, dicho de otro modo: ayer volvió a parodiarse a sí mismo. Desde el solemne escenario de La Moncloa, el «capitán» –de este Gobierno sin rumbo– apareció, una vez más, para recitar su enésimo monólogo político de autopromoción y victimismo. Y como ya es habitual, no dijo nada sustancial. Ningún compromiso. Ningún gesto de humildad ni ápice de verdad. Solo humo, chantaje emocional y pura propaganda institucional al servicio de su megalómano ego. La caradura de Pedro Sánchez –al no comparecer en el Congreso, ni siquiera ante sus propios socios de Gobierno hasta el 9 de julio– no tiene parangón. Este retraso refuerza el tono de su cobardía política y el desprecio por su nula responsabilidad parlamentaria.
No contento con evitar el control de la oposición, ahora también retrasa el de sus propios socios, tras más de dos semanas del más absoluto silencio presudenciak desde su declaración en Ferraz. ¿Es miedo…? ¿Es desprecio…? ¿O ambas cosas…? Mientras el país entero espera una explicación razonada y veraz sobre los escándalos judiciales que salpican a su entorno, Sánchez se encierra en su palacio y marca él solo los tiempos del Parlamento. Ni ERC, ni Sumar ni tan siquiera Junts –los «boys» de Puchi, el de Waterloo– le pueden ver la cara. Ese es el nivel de cinismo del personaje.
Porque si algo dejó claro ayer el «capitán» Sánchez, es que tiene pavor a enfrentarse a un veredicto democrático. Por eso no presentó una «moción de confianza», lo único que habría demostrado tener verdadero coraje político. Prefiere el teatrillo del desafío vacío:
[…] “Si tan grave es la situación como proclaman día sí y día también, que presenten una moción de censura”.
¡Cobardía pura!. Él no se somete, pero invita a que lo intenten derribar, porque sabe que sus adversarios no suman. Y que mientras tanto, puede seguir parapetado tras una mayoría frágil, sostenida por cesiones a golpistas y a los herederos del terrorismo de ETA. Lo suyo no es dar ningún ejemplo, sino aferrarse al sillón del poder.
Y entre tanto, vuelve su retórica favorita: el «fango».
[…] “El fango existe. Hay poderes que trabajan para desprestigiar al Gobierno”.
¿Fango…? Fango es indultar a sediciosos. Fango es redactar leyes por encargo y para provecho de un prófugo. Fango es presionar a los jueces, criminalizar a periodistas y comprar votos con BOE. El discurso de ayer fue otra maniobra de distracción para encubrir el desastre moral y político de su nefasta gestión.
Ni una mención a Puigdemont. Ni una al pacto con Bildu. Ni una a la amnistía. Ni una a las investigaciones judiciales abiertas. Ni una palabra sobre por qué su esposa, su hermano y varios de sus ministros están bajo la lupa. De eso, silencio absoluto. Pero sí hubo tiempo para autoafirmarse como el abanderado «capitán»de la regeneración política:
[…] “He decidido continuar con más fuerza, si cabe, al frente de la presidencia del Gobierno de España”.
Como si alguien dudara de su tenacidad, el problema ya no es su energía, «capitán», es su cinismo y falta de vergüenza.
El espectaculo ayer fue un acto de auto bombo personal con cargo al Estado. El monólogo de un hombre que se cree imprescindible, aunque su crédito político esté ya en números rojos.
¿Y mientras tanto…? Las Cortes Generales paralizadas y bloqueadas. Y los socios —esos mismos a los que bien regaló autonomía e impunidad— teniendo que esperar hasta el 9 de julio para que el presidente tenga a bien aparecer por el Congreso. Ni siquiera ERC, Bildu o Junts obtienen ahora lo que quieren: Sánchez está atrincherado. Y lo peor es que ni confía ni deja confiar. Ni tiene el valor de pedir el respaldo de la Cámara, ni permite que otros lo exijan.
Es hora de dejar de fingir que vivimos una etapa normal. Lo que hay es un poder cerrado en sí mismo, manejado con desdén y soberbia. Pedro Sánchez no lidera nada: maniobra,manipula y monopoliza «ad libitum». No busca pactos ni acuerdos, solo busca supervivencia.
Y como todo «capitán» que sabe que el barco hace aguas, se aferra al puente de mando. No por deber, sino por narcisismo. No se fía de nadie, ni siquiera de los que le sostienen. Por eso no comparece. Por eso no pide confianza. Por eso huye. Y mientras tanto, el país sigue su deriva institucional, jurídica y política.
Pedro Sánchez ya no es solo un problema de credibilidad: es un problema de dignidad y ética democrática. Su negativa a rendir cuentas es la confesión de su debilidad. Su silencio, la muestra de su decadencia. Y su retórica, el humo de quien sabe que el aire empieza a escasear.
Es hora ya de decirlo sin eufemismos: «Pedro Sánchez es ya un obstáculo para la estabilidad democrática de España». Su negativa a someterse a una moción de confianza no es una estrategia, es una confesión manifiesta de su cobardía y de su extrema debilidad al no fíarse ya ni de los suyos.
España no necesita discursos desde el pedestal, necesita responsabilidad y verdad. Lo de ayer fue solo un episodio más de su «guiñol» personal. El «capitán» Sánchez aunque finge navegar y cree que así nos engaña, nos está llevando directos al naufragio de la democracia.
Pedro Manuel Hernández López, es médico jubilado, Lcdo. en Periodismo y ex senador autonómico del PP por Murcia.
