Según Séneca –en tiempos del Imperio Romano y siendo emperador Augusto– la “Pax Romana” fue una supuesta era de paz que duró casi dos siglos. Pero no fue fruto del entendimiento ni de la libertad, fue una paz impuesta por el miedo, sostenida por la represión y la dominación de las legiones romanas. «Hacen un desierto y lo llaman paz”, escribió Tácito para retratar el imperio que arrasaba a sus enemigos en nombre de la civilización. Hoy, Pedro Sánchez ha instaurado su propia versión: una “pax sanchista” que ofrece calma a costa de someter la dignidad democrática y la inestabilidad solo para su trono imperial, no para España.
Sánchez presenta su gobierno como el garante de la convivencia, pero bajo ese discurso embriagado de superioridad moral se oculta una estructura basada en el clientelismo, la impunidad y el chantaje político. Lo que vende como diálogo es, en realidad, solo sumisión; lo que llama progreso, es cesión constante a intereses ajenos al bien común. Como en la Roma imperial, no hay debate, hay decretos; no hay equilibrio de poderes, hay ocupación institucional; no hay justicia independiente, solo hay fiscalización y señalamiento de jueces.
La amnistía a los golpistas del procés es la joya de la corona de esa falsa «pax». Una ley humillante no solo por lo que borra —la responsabilidad penal de delitos tan graves como la malversación, la desobediencia y hasta el terrorismo—, sino por quién la impone y por qué. Como dijo Sánchez, sin rubor, ante el Congreso […] “La política debe hacer lo que la Justicia no puede”. Una frase digna de un emperador tirano, pero nunca de un presidente demócrata.
Y su amnistía no es una excepción, sino la norma de este mandato. Su “gobierno de coalición progresista” ha convertido la corrupción en su moneda de cambio. El caso Koldo –donde uno de los hombres de confianza de Ábalos y Santos Cerdán cobraba comisiones millonarias por mascarillas durante la pandemia– es solo la punta del iceberg. Lejos de asumir sus responsabilidades, Sánchez blinda a los suyos. “Pongo las manos en el fuego por ellos”, dijo la ministra Montero, antes de quemarse las dos. Hoy, ese fuego amenaza con calcinar a todo el PSOE, desde Ferraz hasta el último chiringuito de corruptelas autonómicas.
Y si el cinismo tuviera rostro, sería el de Sánchez negando que su partido roba. En el Hemiciclo llegó a afirmar que “la izquierda no roba, ni es corrupta”. ¿Cómo llamar entonces a los 679 millones saqueados en los ERE de Andalucía, el mayor caso de corrupción de toda la democracia española ? ¿Qué eran, sino socialistas de «carné», los Griñán, los Chaves, los Zarrías y compañía? ¿No eran “progresistas” quienes frecuentaban los prostíbulos y esnifaban cocaína con dinero destinado al empleo? ¿O esos eran «otros», los del fango y la «fachosfera…?
Como escribió Cicerón, “la paz fingida es más peligrosa que la propia guerra”. Y en España se vive una de esas falsas paces: los medios críticos son acallados, los jueces son difamados si no obedecen y el Congreso se ha convertido en un mercadillo semanal de favores. Como en Roma, se distribuye “panem et circenses” —subvenciones, cargos, indultos— a cambio de lealtad. Lo importante no es el bien común, sino el poder. No es la verdad, sino el relato que interesa.
Y mientras tanto, el deterioro se acelera, la economía flaquea, la deuda se dispara, la inmigración ilegal se desborda, la Sanidad se hunde y los jóvenes se marchan. Pero en Moncloa, Sánchez toca la lira y celebra el éxito de su imperio ficticio, rodeado de palmeros mediáticos y de socios de un gobierno paniaguado que lo desprecian en privado, pero lo exprimen en público. Como a Nerón –no le importa que Roma arda– siempre que sus súbditos le aplaudan y vitoreen en palacio.
“Ninguna servidumbre es más vergonzosa que la voluntaria”– nos advirtió Séneca– y esa es la que Sánchez exige a España: una servidumbre decorada con eslóganes, barnizada con feminismo de escaparate, sostenida por el miedo a Vox y la desinformación sistemática. Pero la historia enseña que todo imperio basado en la mentira acaba colapsando. La «pax sanchista» no traerá progreso, sino ruina. Porque no hay «paz» sin libertad y no hay libertad sin democracia.
Esta calma impostada no es un logro, sino un síntoma terminal. Y cuando todo se quiebre, no podremos decir que no lo vimos venir e, incluso, lo advertimos…
Pedro Manuel Hernández López es médico jubilado, Lcdo. en Periodismo y ex senador autonómico del PP por Murcia.
