Luis Ventoso

Bikinis en Riad

El trío de hoy encarna el problema de la socialdemocracia

Bikinis en Riad
Luis Ventoso, Director Adjunto ABC.

MIRANDO a los suyos a los ojos con solemnidad, proclamó lo siguiente: «No creemos en el libre mercado sin trabajo y rechazamos el culto al individualismo egoísta. Queremos un país que funcione para todos y no solo para unos pocos privilegiados».

¿De quién es esa cita? ¿Una filípica neocomunista de Alberto Garzón? ¿Un sermón televisivo de Iglesias Turrión? ¿Una proclama de Corbyn o Tsipras? No. Es una frase del programa electoral que esta semana presentó Theresa May, la líder del Partido Conservador.

La socialdemocracia arrastra un problema inmenso. Se ha convertido en el fiambre algo caduco apretujado entre las dos grandes y jugosas rebanadas del sanwich electoral: la extrema izquierda, que capitaliza el voto indignado por la nunca bien cerrada crisis de 2008, y la derecha clásica, que ha hecho suyo lo mejor del ideario socialdemócrata, el Estado del bienestar.

El socialismo ha pinchado en España (el tropezón de Rubalcaba y la doble toña de Sánchez), en Francia (ya es residual tras la mediocridad de Hollande y el giro zurdo de Hamon), en Grecia (el Pasok está RIP), y Corbyn oficiará en breve el responso fúnebre del laborismo.

El populismo de izquierdas les roba el voto irritado de los que quieren propinarle una patada en la espinilla al sistema. El sentido común contable de una derecha tibia a lo Rajoy, tecnócrata y con unos valores morales casi intercambiables con los del PSOE, ocupa el centro, el gran granero de votos. Salir a las urnas con la bandera socialdemócrata se ha convertido en algo así como ponerse a vender bikinis en Rabat, o casetes en la era del streaming.

Lo que mueve el mundo son las ideas. Al socialismo le han plagiado la suya y por ahora no tiene otra. Ese problema medular se desnuda de manera dolorosa cuando se asiste a la inanidad intelectual de los tres candidatos que hoy se juegan el sillón de Ferraz. Los tres chapotean en eslóganes sobados, son alérgicos a hablar de números y el grueso de su discurso lo han dedicado a tirarse de los pelos por cuitas domésticas. A Sánchez solo lo mueven el ego y el rencor.

Además posee una rara cualidad: cae fatal, pues encarna eso que toda la vida se llamó un chuleta. Si ganase hoy continuaría estrellándose en el frontón de las generales. Pachi es estupendo para tomarse con él unos potes por la calle Pozas y charlar sobre Springsteen.

Pero aunque su voz grave y su aparente bonhomía pueden dar un ratillo el pego, sus prestaciones neuronales siempre acababan delatándolo: donde no hay mata no hay patata, advierten los sabios labriegos. Susana ha ido de más a menos: cuánto más habla, más asoman sus limitaciones. Aun así, supone el evidente mal menor, por ser la más centrista y porque es la única que conserva un elemental patriotismo español.

La victoria de Sánchez sería una bendición para el PP (el gran Pedro es estricnina en las urnas), pero una desgracia para España. El triunfo de Susana igualaría la liza electoral, porque supone una oferta más cabal que Sánchez, y tal vez obligaría al PP a acometer ese cambio en el cartel generacional que con tanta contumacia viene sugiriendo el festival de la corrupción.

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