Análisis

F. A. Juan Mata Hernández: «¿Y si Sánchez fuera un robot?»

F. A. Juan Mata Hernández: "¿Y si Sánchez fuera un robot?"
Pedro Sánchez en la Eurocámara TW

En una reunión que suele repetirse los fines de semana se habló de los autómatas y de los efectos que tendrán al generalizarse su aparición en nuestra vida. Quizá por ello, esa noche tuve un sueño premonitorio: España era un mundo unido y feliz teniendo como presidente a una persona bien formada, inteligente, tolerante, generosa y amante de sus ciudadanos, hábil para negociar en nuestro nombre. Alguien en quien además, nos sentíamos representados y orgullosos de nuestra condición nacional. Aunque hoy todo es posible, era sin duda un espejismo de mi mente, adecuado para alejar el estrés y la depresión con que gratuitamente saturan a diario los noticiarios. En el terror del sueño temí que las manos negras corruptas que ansían el poder intrigaran para acabar con nuestro gobernante perfecto. Tras instantes de ansiedad, descubrí aliviado algo extraño en el gobernante: «No podrán matarlo -exclamé-. Es un robot».

Tenía por fuerza que ser algo así: Un potente ordenador, portador de toda la información necesaria y de la más avanzada tecnología de la inteligencia artificial, honesto en sus decisiones, pragmático, eficiente, hábil y respetuoso con la norma con que se le hubiera programado. Así pues ¿quizá no necesitáramos más gobiernos con intereses de parte? ¿Por qué tener gobernadores ineptos, corruptos, o ambas cosas a la vez? ¿Por qué consentir que se premie a quienes nos quieren destruir?

Seguro que alguien se lamentaría: « ¡Oiga, pues a mí no me gusta que me gobierne una máquina!». Le responderíamos: «Esté usted tranquilo, es un robot justo y eficiente. Así que ya ve que no puede tratarle mal. Además, si tuviera errores lo desconectaríamos»

Nos podría parecer absurdo dejarse guiar por una máquina, aunque cada vez más esto será lo habitual en nuestra sociedad desarrollada. Hoy los ordenadores controlan procesos en grandes grupos industriales; son imprescindibles para casi todo, pilotan aviones, conducen trenes, resuelven problemas con la informática en la nube, o el internet de las Cosas. Nos superan en la facultad que permite aprender, razonar y tomar decisiones. O sea, son más inteligentes que nosotros. Por poner un ejemplo, ya hace años que lideran el ajedrez. En 1997, el Deep Blue, venció al campeón mundial, Kasparov. Así pues, ¿por qué no dejarlos dirigir el país?

«¡Pero las máquinas no tienen corazón!» Exclamará ansioso otro. Y sin duda tendrá razón, pese a que también nos resultaría dificultoso encontrar el órgano de los latidos en según qué personas. Además, como señala Roger Penrose en su libro «La mente nueva del emperador», es probable que estas máquinas del futuro inmediato, no sólo serían realmente inteligentes; quizá pensarán, sentirán e incluso tendrán un carácter sentimental. Ya hace muchos años se desarrolló un programa que simulaba a un psicoterapeuta, y tuvo tanto éxito que algunos pacientes eligieron, sin saberlo, al psicólogo máquina frente a su homólogo humano. Y acabaremos poniéndole corazón, aunque sea artificial.

Claro que, a veces las máquinas se estropean

Aunque utilizáramos una expresión antropomorfa, para explicar las obras absurdas que pudiera realizar un presidente mecánico: «Este robot se ha vuelto loco», resulta evidente que no estaríamos pensando en enviarlo al psiquiatra, ese modo jovial que usamos para referirnos a que un ordenador hace algo que nos parece ilógico, no serviría para un presidente robot. Si ese fuera el caso, imaginen que el robot que nos dirigiera hubiera cometido la vileza de pactar con partidos que apoyan el terrorismo, o con otros que quisieran destruir nuestro país, o que tuvieran en su ADN la cerrazón ideológica que conduce al abismo a un país tan rico como Venezuela. No sé si me explico, pero coincidirán conmigo en que un psiquiatra no podría curar a nuestro presidente robot. Necesitaríamos un técnico en informática y robótica, alguien, además, con una ideología confiable, no fuera que pasáramos de Guatemala a Guatepeor.

¿Y podremos distinguir a un humano de un robot?

Es muy probable que, en un futuro, nos resultara muy complejo. Pudiera ser que la inteligencia artificial hubiera avanzado a tal nivel que nos fuera difícil distinguir al ser humano del androide. Por eso la solución está en la lógica perversa… Veamos… el hombre puede ser ambicioso y egoísta mientras la máquina estaría orientada para proteger el bien común. Creo que ese es el único filtro que nos permitiría solventar la duda, porque distinguir lo auténtico de lo espurio no es tarea fácil.

Así pues, ¿podría ser ya un robot quien nos dirige?

Yo creo que no. La mente humana es algo más que la simple colección de minúsculos cables e interruptores, además ya hemos dicho que un robot no es ambicioso. Dudo mucho que un androide pudiera llegar a ser incoherente.

Confiemos en que cuando finalmente llegue el momento de que nos gobierne un robot, que, no lo duden, llegará. Ella, la gobernante robótica, que sería un autómata femenino por aquello de la igualdad, también podría aprender de nuestros errores y no tomará decisiones tan absurdas e injustas.

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