JOSÉ ALEJANDRO VARA RETRATA EN UNA GENIAL TRIBUNA EN VOZPÓPULI LAS INTENCIONES DEL GOBIERNO DE ABORREGAR A LA SOCIEDAD ESPAÑOLA

«Sánchez no solo niega el sufrimiento a los españoles, sino que pretende que le aplaudan»

""Sánchez quiere a España encerrada en sus pisitos de 60 metros. Un mes, dos, tres lo que haga falta

"Sánchez no solo niega el sufrimiento a los españoles, sino que pretende que le aplaudan"
Los aplausos a los sanitarios que Pedro Sánchez quiere para sí mismo.

Brillante tribuna este 8 de abril de 2020 de José Alejandro Vara en Vozpópuli y que deja bien a las claras las intenciones de Pedro Sánchez de aborregar a las sociedad española.

El periodista denuncia con su afilada pluma que el Gobierno de España está consiguiendo que los ciudadanos no piensen en los efectos negativos del coronavirus, en las imágenes y datos terroríficos que perfectamente se edulcoran o se tapan ofreciéndoles otra realidad:

La quieren aborregada y empieza a estar cabreada. La quieren silente, paciente, y hasta risueña. Una España confinada y anestesiada. Entre Netflix y Matrix. Infantilizada y boba. Y pretenden que aplauda. A las ocho cada noche. No a los sanitarios, una casta admirable y heroica, sino a Sánchez.

Piensan algunos que lo están consiguiendo. Que la febril profusión de comparecencias, ruedas de prensa, declaraciones, reportajes, informativos, nodos, ministros y más ministros… es la fórmula perfecta para conjurar el desastre. Una parafernalia básica que funciona. Han frenado los brotes críticos por la reacción chapucera y tardía ante la evidencia de la invasión y ahora se esfuerzan en darle la vuelta al calcetín de la opinión pública.

Considera Vara que viendo las declaraciones de los ministros, están terminando por convencer a los españoles que no es el momento de la crítica:

«Lo estamos haciendo bien», dijo María Jesús Montero, ministra de Hacienda y portavoz del Ejecutivo, la primera en apuntarse a esa letanía. «El Gobierno no tiene que arrepentirse de nada», Fernando Grande Marlaska, ministro del Interior. «Todas nuestras medidas han funcionado», Salvador Illa, ministro de Sanidad. Opinadores de todo a 100, troleros de las redes, saltimbanquis de las ondas, inundan estos días los espacios de debate recitando loas y entonando alabanzas. «Nada de críticas, es la hora de la unidad. Callad, malditos traidores», repiten con unánime desvergüenza. Las televisiones hacen el resto. Rematan la penúltima neurona critica o libre que se pasea por las casas. Por si algo se escapa, Pablo Iglesias, la pareja letal de la coalición del Gobierno, empuja una ley contra los bulos. Estamos a día y medio de amanecer, súbitamente, como por ensalmo, en un régimen totalitario. Más palmas.

Resalta en que al final están consiguiendo que los españoles se tomen estas informaciones de los muertos por coronavirus como meras estadísticas, como si fuesen las cifras del sorteo de la ONCE:

No hay féretros, no hay entierros, no hay dolor, no hay llantos. Si acaso, alguna lágrima, pero de alegría. Un bombero que felicita desde la calle a su hija, que se emociona en el balcón. Una abuela que recibe el beso de sus nietos por ese móvil que ya maneja con soltura. Una riada interminable de enfermos que desfila victoriosa entre las ovaciones le tributan los médicos al abandonar el hospital. Como Curro en la Maestranza o Zidane en la Champions. Y hasta una telecomedia para carcajearse de los difuntos en prime time. Si no te ríes, eres fascista. Los informativos recitan las cifras de fallecidos como si fuera el sorteo de la ONCE. No son más que números. El único aspecto del drama que se permite en pantalla es el tedioso confinamiento familiar. La realidad está prohibida. Es un elemento molesto que, con su dedazo implacable, señala inexorablemente al culpable.

Vara, que escribió la tribuna antes de conocerse la portada de El Mundo, se extraña de que no haya testimonios que reflejen el dolor de este drama:

¿Qué hacemos con los 14.000 muertos? España está en vértice de la estadística de fallecidos por millón de habitantes, que es la que cuenta. ¿Qué hacemos con ellos?. De momento, taparlos. No aparecen. Cierto, no hace falta exhibirlos pero, como aquí señalaba Rubén Arranz, extraña que no se escuche ni a una viuda desgarrada, un hijo aniquilado, un familiar destrozado. No tienen voz, ni presencia. Ni siquiera existen. No hay lugar para el duelo, la despedida, el cristiano responso, el necesario funeral.

Y apunta cuál es la intención de Pedro Sánchez, convertir los aplausos a los sanitarios en una ovación hacia su persona:

«La ofensa más atroz que se le puede hacer a un hombre es negarle que sufra», escribió Pavese, que no era el más optimista de su generación. Sánchez no sólo les niega que sufran sino que pretende que le ovacionen. Con fervoroso entusiasmo. 15 millones de personas siguieron su último ‘Aló presidente‘. Una pieza más en la campaña de anular voluntades y captar adhesiones. Lo que no se ve, no existe, es una máxima del marketing publicitario, que Iván Redondo maneja a la perfección. Ni féretros ni morgues.

Entiende el columnista que ya hay un hartazgo de la población española que se hace carne en las redes sociales:

Algunos sondeos, posiblemente inútiles en tiempos tan extraños, muestran ya evidencias del hartazgo. Señalan que el Gobierno lo ha hecho rematadamente mal y sitúan a Sánchez, ese aventurero egocéntrico, en el furgón de cola de los líderes occidentales. En las redes (donde Podemos ya ha perdido su férreo control), en los grupos de guasaps, en los mensajes a los medios de comunicación independientes, en las colas del súper o de la farmacia, la desolación deja paso al cabreo. No es una constatación científica pero sí algo evidente y palpable. La teoría que expenden Moncloa y sus satélites sobre el ‘mal inevitable y universal’, cual si se tratara de una plaga bíblica, cae desbaratada ante el avance de la agónica estadística. Muertos y más muertos. Y Simón, afónico y extraviado en su teorema de la mascarilla perdida.

Por esta razón, al presidente del Gobierno le interesa mantener esta situación de que la gente siga pensando en trivialidades y no se dé cuenta de lo que está pasando en realidad:

Sánchez quiere a España encerrada en sus pisitos de 60 metros. Un mes, dos, tres lo que haga falta. En estado de alarma de permanente, con el Parlamento clausurado, los medios silenciados o bien untados y las voces críticas en el ‘arca de Noé‘ de los infectados. Exhibe ahora el ‘Pacto de la Moncloa’ en un absurdo empeño de ‘socializar la responsabilidad’, como le respondió PabloCasado, que empieza a enviar mensajes claros y determinantes. ‘Diálogo social, sí. Cambio de régimen, no’.

Y sentencia con un pronóstico obvio, que el otoño de 2020 en España va a ser más que calentito:

España es un país que agoniza. Casi 14.000 muertos, 140.000 infectados, camino a los cinco millones de parados, golpe bolivariano en marcha y una gigantesca sordina instalada en todas las gargantas. La bronca bulle e irá a más. Emergerá la verdad. Muchos supuestos errores se comprobarán delitos. Querrán cobrarse facturas: familiares, sentimentales, labores, económicas, sociales. Bien harían algunos en ir preparando un plan para encarrilar la cólera de los corderos. Se adivinan un otoño caliente y tiempos feroces.

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Autor

Juan Velarde

Delegado de la filial de Periodista Digital en el Archipiélago, Canarias8. Actualmente es redactor en Madrid en Periodista Digital.

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