Un estudio publicado por la profesora Karen King de la ´Harvard Divinity School´, detalla que en un fragmento de un papiro del siglo IV, al que hasta ahora no se había prestado atención, incluye la frase: «Jesús les dijo, mi esposa…».
Lo gracioso del caso, rayano lo bufo, es que muchos ´pomposos eruditos de fin de semana´, que hasta la fecha negaban que Jesús hubiese existido alguna vez, se han cogido al fragmento del papiro como lechón glotón a teta, pregonando la noticia a los cuatro vientos, y hasta incluso haciendo piruetas semánticas con los pasajes evangélicos en los que aparece María Magdalena, para buscarle los tres pies al gato.
Así de repente, muchos de los que hasta ahora negaban la existencia del Jesús histórico, no solo dan por hecho que Él existió, sino también María Magdalena y que además fue su esposa. La razón para defender dicha teoría por parte de esta pandilla de expertos ´ateólogos´, es exactamente la misma que cuando afirmaban ex cátedra que Jesucristo no fue más que una leyenda: ¡DAR POR SACO A LOS CREYENTES!
CON RESPECTO A SI JESUCRISTO ESTUVO CASADO O NO, QUISIERA HACER UNAS CONSIDERACIONES:
1º Para dar credibilidad al papiro en donde figura la frase: «Jesús les dijo, mi esposa…», los estudiosos autores del descubrimiento, argumentan que ´ese fragmento de papiro incluye la frase en copto, el lenguaje de los antiguos cristianos en lo que en la actualidad es Egipto´. Pues si ése es su gran argumento, para demostrar que Jesucristo estuvo casado, la solvencia intelectual de las universidades estadounidenses, madres putativas de la cultura ´woke´, deja mucho que desear.
Lo que olvidan decir los estudiosos, aspirantes a la fama por su revolucionario descubrimiento, es que en la misma época en la que supuestamente está escrito el papiro, la herejía arriana, que negaba la divinidad de Jesucristo, estaba muy asentada entre los cristianos de Egipto, hasta el punto que los Patriarcas de Alejandría: Pisto (335-337), Gregorio (339-346), Jorge (357-361), Lucio (365), Lucio (375-378, 2˚ vez), fueron arrianos.
Así pues, resulta que el pergamino fue escrito ´casualmente´ en la misma zona geográfica y época donde el presbítero Arrio promovió su famosa herejía que, ´también casualmente´, se difundió en lengua copta, la misma lengua que la usada en el pergamino que ´humaniza´ a Jesucristo, diciendo que tenía esposa.
2º En ninguna parte de los Evangelios canónicos se dice que Jesús fuera un hombre célibe, casado o viudo. Pero si que le llaman “rabí”, maestro, un estatus reservado solo a los casados.
3º A pesar de lo que algunos purpurados piensen, el estar casado o emparejado, no te hace peor persona que aquellos que permanecen solteros. Ni el célibe, por el simple hecho de serlo, está más cerca de Dios que una persona casada.
4º Son los matrimonios o parejas, los que dan un paso adelante, a la hora de cumplir con EL PRIMER MANDAMIENTO QUE DIOS DA AL HOMBRE: “CRECED Y MULTIPLICAOS”. Mandamiento este que claramente desobedecen todos aquellos que hacen el voto de celibato ligado al de castidad. Claro, salvo que estos últimos se reproduzcan por ósmosis o esporas.
5º Si Jesús estuvo casado, y la primitiva Iglesia hubiese querido silenciar el matrimonio de Jesús, ¿por qué no silenció de paso la presencia de mujeres concretas muy cercanas a Él, como María Magdalena, que podían ser fuente de interpretaciones aviesas? Puestos a meter las tijeras, qué más les daba.
6º Jesús, para los creyentes como un servidor, era el Hijo de Dios hecho hombre; pero un hombre completo, no un medio hombre. Un hombre que reía, lloraba, sufría, comía, bebía, tenía necesidades fisiológicas, sudaba, sangraba… y moría. Fue sujeto de tentaciones y las venció. ¿Tan relevante es que estuviese casado o no?
A partir de ahí tan solo se pueden escandalizar, si al final resulta que realmente estuvo casado, aquellos que tienen una visión sucia y pecaminosa del matrimonio, que al final lo único que trasluce es la suciedad de sus propias mentes enfermas y reprimidas.
Personalmente, no creo que Jesucristo estuviese casado, pero si alguna vez se demostrara lo contrario, mi fe en su divinidad, no iba a mermar un ápice, ya que nunca he compartido la visión que de las mujeres, como origen y reservorio del pecado, tenían Saulo de Tarso, Agustín de Hipona, y Tomás de Aquino. Y como no es mi deseo meter más leña, termino mi escrito aquí… Por hoy, claro.

