Detrás de cada pancarta de “solidaridad”, de cada discurso sobre la “humanidad sin fronteras” y de cada «lágrima televisada» hay casi siempre algo más pragmático : dinero, poder, sumisión e ideología. El caso del buque «Open Arms» es muy paradigmático. Lo que se presenta como una noble misión de rescate de migrantes africanos en el Mediterráneo es, en realidad, la pieza base de un engranaje mucho más turbio, donde se mezclan las mafias de la inmigración, la financiación internacional de las ONGs ideologizadas y la inacción —cuando no la complicidad— de gobiernos europeos cobardes o, bien, entregados a un pseudo progresismo globalista.
La narrativa oficial es simple: el «Open Arms» rescata a esos pobres desdichados –que huyen del hambre, la guerra y las miserias– desatendiendo la pasividad de los Estados y la crueldad de las fronteras. Pero, la verdad es bastante menos romántica. La operación de este y otros barcos no corta de raíz el productivo tráfico de seres humanos, sino que lo alimenta y lo mantiene. El mafioso libio o senegalés –que mete en una patera a cincuenta o ciento cincuenta inmigrantes– sabe, de sobra y perfectamente, que en apenas unas millas mar adentro, le espera un buque de una ONG dispuesto a recogerlos y llevarlos a la frontera sur de Europa: Canarias, Ceuta y Melilla. El riesgo es mínimo y el negocio es redondo. Sin estos barcos –las mafias tendrían más difícil justificar el precio medio de la travesía– pero, con ellos, la travesía es, poco menos que un fácil y lucrativo billete de ida combinado, pero sin vuelta: mafia en patera o cayuco hasta la narcolancha o barco, ONG hasta Italia o España, y después, allí «barra libre de subsidios europeos para todos».
Conviene que ya dejen de engañarnos una vez por todas: el «Open Arms» no actúa de una manera altruista ni humanitaria ni mucho menos independiente de estas redes de tráfico de migrantes. Es muy posible, que no coordine ni comercie directamente con ellas– no obstante, más de un informe policial y de agencias de inteligencia apuntan a fundadas sospechas— sin embargo, en la práctica, sus movimientos son el mejor indicio complementario del negocio mafioso. La cadena se completa con la gran permisividad y el beneplácito de Bruselas, que mira hacia otro lado para no enemistarse con las élites progresistas que dominan el discurso mediático de los grupos wokes.
Y aquí –en este lucrativo juego– entra en escena otro importante nombre clave: el de George Soros. El magnate húngaro-americano no es un benefactor altruista –como nos intentan vender sus seguidores y apologistas– sino el rostro más visible de la maquinaria globalista que pretende reconfigurar Europa. Sus fundaciones han financiado directa e indirectamente una ingente multitud de ONGs dedicadas a la inmigración masiva, al derribo de fronteras y a la imposición de la ideología multicultural. No es una pseudo conspiración: son hechos bien documentados y públicos. Basta repasar los registros de la «Open Society Foundations» para comprobar los miles de millones destinados a asociaciones que trabajan de manera coordinada en este terreno. El «Open Arms» se mueve en ese inhumano ecosistema: activistas subvencionados, abogados militantes, lobbies de Bruselas y un ejército mediático siempre dispuesto a presentar como “fascista” a cualquiera que se atreva a cuestionar la bondad y nobleza de su humanitaria misión.
El problema es que este negocio disfrazado de humanitarismo tiene unas consecuencias muy devastadoras. Primero, para los propios inmigrantes, a quienes se les hace creer que Europa es una tierra prometida de bienestar inmediato, cuando lo que les aguarda es marginación, explotación laboral y, en muchos casos, delincuencia. Segundo, para las sociedades receptoras, que ven cómo se multiplican los guetos, la inseguridad y la presión sobre los servicios públicos, como la sanidad, la educación, los subsidios sociales… Y tercero, para la soberanía de los Estados, que han renunciado a controlar sus fronteras en nombre de un falso humanismo y buenismo suicida.
La pregunta incómoda es ¿qué busca realmente Soros y todo este entramado de ONGs…? ¡No es amor al prójimo, desde luego!. Lo que hay es una demagogica estrategia política: desdibujar los estsdos europeos, diluir la identidad religiosa- cultural y facilitar un modelo de masas dependientes en todo del Estado, más fáciles de dirigir y menos capaces de rebelarse. Cuantos más millones de inmigrantes lleguen sin una integración posible y regulada, más fractura social y mucha más necesidad de estructuras supranacionales que “gestionen” el caos migratorio. Es decir, más poder para las élites que sueñan con un mundo sin naciones, sin raíces y sin resistencia.
En este tablero, el «Open Arms» es un peón muy útil y necesario. Sus responsables se presentan como héroes humanitarios, pero en realidad, actúan como meros facilitadores de una dinámica que destruye sociedades y vidas. Y lo más grave, con el beneplácito de los gobiernos que deberían defender a sus ciudadanos y no lo hacen. Porque cada vez que España acepta la entrada de un barco lleno de inmigrantes irregulares está enviando un mensaje claro y alto a las mafias: ¡ seguid trabajando, nosotros recogemos el fruto de vuestro negocio!.
La hipocresía es absoluta. Quienes aplauden al «Open Arms» jamás abren las puertas de sus chalets para acoger a los que llegan. Prefieren que se amontonen en centros oficiales de acogidas y después en barrios ya castigados por la miseria y pobreza, donde la convivencia se convierte en un polvorín social. Paradójicamente quienes nos dan lecciones de humanidad, viven blindados en chalets de urbanizaciones con seguridad privada y muy alejados de las consecuencias de sus propios dogmas. Y quienes critican este modelo, son perseguídos mediáticamente, etiquetados de «fachosferitas» y muy estigmatizados socialmente.
El verdadero acto de humanidad sería acabar con las mafias, garantizar que nadie se sube a una patera porque sabe que no llegará a ninguna parte, y ayudar en «origen» mediante la «inmigración circular» a quienes realmente lo necesitan. Pero claro,eso no da réditos políticos, ni satisface a los mecenas del globalismo multicultural, ni mucho menos, mantiene a flote a las ONGs que han convertido la inmigración en su principal fuente de ingresos y relevancia pública. Es mucho más rentable mantener el espectáculo del rescate, la foto en cubierta con niños y la constante presión moral sobre Europa.
La conclusión es tan clara como incómoda: el «Open Arms» no salva vidas, sino que mantiene vivo el negocio de la inmigración itregular. Y mientras, «Gorge Soros» y compañía, financien este demagógica teatro pseudo humanitario y mientras, los gobiernos sean rehenes del progresismo y los medios oculten la verdad, las narconlanchas y los barcos cargados de inmigrantes seguirán llegando a nuestras costas, las mafias seguirán enriqueciéndose y Europa seguira debilitándose, cada vez más, con la llamada «invasión silenciosa «del Islam a través de las migraciones por delegación.
Lo llaman «solidaridad», pero es negocio puro y duro. Lo llaman «rescate», pero es colaboración indirecta con las mafias. Lo llaman hasta «humanidad», pero es pura política de demolición.
El «Open Arms» es el mascarón de proa de ese internacional y silencioso «proyecto sorosiano» que ,en el fondo, no tiene nada que ver con salvar personas y, sí, y mucho con hundir naciones, que es el objetivo primordial de Soros.
