Hace años ocurrió la historia, recogida por algunos periódicos de la época, de un cinturón negro en un arte marcial, al que, por facilitar el relato, llamaremos ´Santiago´.
Eran las tres de la madrugada, cuando Santiago oyó unos ruidos en su vivienda. Su esposa dormía, al igual que sus hijas, dos niñas que aún no habían llegado a la pubertad.
Santiago se levantó de la cama, con sigilo. Al llegar al salón vio a un individuo hurgando por los cajones del mueble aparador.
Tan solo tardó medio minuto en reducir al sujeto, y unos minutos más en inmovilizarlo, atándolo a una silla. Su familia, por el ruido provocado, apareció por la puerta.
El presunto delincuente, con una maligna sonrisa en la boca, miró lascivamente a la mujer e hijas de Santiago, antes de escupir: – Mira, campeón, mejor que me desates y me dejes ir, porque de lo contrario, si me detienen, a los dos días voy a estar en la calle, y entonces volveré con unos amigos, ´violinizaremos´ a tu mujer y tus niñas, delante de ti, y luego os daremos ´matarile´ a todos.
Santiago, no se lo pensó mucho. Abrió la puerta que daba al balcón y, tras coger en volandas al tipejo, lo lanzó al vacío, desde un cuarto piso. Luego llamó a la policía y una ambulancia.
Personalmente creo que Santiago se excedió en sus acciones. No hacía falta tanto. Sobraba lo de pedir una ambulancia, creo yo.
Lo cierto es que, el malhechor, o era un descerebrado, estaba loco, o le faltaba ´un hervor´.
O, posiblemente, las tres cosas al mismo tiempo.
Tan inteligente como quien, no teniendo armamento nuclear, ´toca los huevos´ a quien sí lo tiene; seguramente por aquello de “para lo que me queda de estar en el convento…”

