La importancia que la Iglesia ha dado, durante siglos, al sexo como fuente de pecado y perdición, no deja de ser un sinsentido para aquellos que hemos leído y estudiado, las palabras de Jesucristo, y sabemos que el tema sexual, en el magisterio de Jesús, prácticamente no aparece, y lo poco que aparece, es contemplado con benevolencia.
Sin embargo, lo que sí criticó Jesucristo con dureza, fue la soberbia, el egoísmo, la riqueza y el lujo desmedido e insolidario; la maledicencia y la murmuración; la calumnia, el prejuzgar a nuestros semejantes, y la falta de caridad y compasión para con nuestro prójimo.
Pecados estos que, farisaicamente, fueron pasando a un segundo plano, al irse convirtiendo la cuestión sexual en el pecado estrella por excelencia, y plato fuerte de los confesionarios.
¿Por qué? Para responder a esta pregunta habría que escribir un libro. De hecho, lo escribí y lo tengo publicado, aunque he evitado su difusión para no montar más escándalos de los que los propios interesados, que viven de la Iglesia, han montado.
Mi fe es fuerte, y está forjada a prueba de papas y obispos; y no la quebrarán por mucho que se empeñen en ello.

