«Dos no riñen si uno no quiere» es un refrán bienintencionado pero que no entraña verdad. Sólo hace falta preguntar a los ucranianos. O a los austriacos, los polacos o los checos, todos ellos invadidos no hace tanto tiempo. O a la disidencia cubana o venezolana.
Tiene sentido como intención disuasoria, y sugiere que si uno resiste a las provocaciones, se evitará la discusión o el enfrentamiento. En este sentido, durante la conmemoración de los 50 años de la Monarquía, Felipe González ha apuntado acertadamente que la gran cuestión española, la que atraviesa la historia de España es la de la convivencia entre los españoles, entender la paz civil como valor supremo y prolongarla durante el mayor periodo de nuestra historia, el logro y la grandeza de la transición.
El problema es que la realidad es histórica. Y si eliminas el contexto, si no tienes en cuenta las circunstancias, no puede comprenderse la dificultad actual del empeño.
Si se ignoran las imputaciones del sanchismo; si se pasa por alto su corrupción organizada; si no se ve el waterclose de su fontanería; si no se ve que el autócrata ordenó al fiscal general resistir porque el juicio en realidad era contra él; si no se reconoce la provocación permanente de los demagogos de una izquierda que a punto de perder sus privilegios habla en clave electoral irresponsablemente de reventar y de golpe judicial, se están ignorando unas circunstancias que, lejos de buscar el consenso, son una permanentemente provocación.
No se puede juzgar hechos de hoy con categorías de ayer. Y menos aún legislar interesadamente sobre ello. Por eso la ley de memoria histórica es un rechazo absoluto del consenso y una absurda manipulación. ¿Hay memoria que no lo sea? Lo que pretenden quienes utilizan esa ridícula expresión no es hacer memoria histórica sino «política» y de encargo, hecha por unos cuantos. De la misma forma que quienes vociferan desde la izquierda contra los ricos mientras se hacen ricos ellos, esconden en el fondo de su farsa vocinglera, como decía Anne Freud, la envidia del pene o del chalet.
Cuando un imperio se aproxima a su final uno de los síntomas es su diarrea legislativa, pretender legislarlo todo y llenar el Boe de normas disparatadas y subvenciones para mantener firmes a sus tropas.
Por eso el consenso no es posible cuando surge un autócrata que con tal de conservar el poder, rompe las normas del juego. No cabe consenso con la tiranía, cuando el autócrata no respeta la democracia liberal como régimen de alternancia, tomando o comprando las instituciones del Estado.
Ha desaparecido el espíritu de la transición y es preciso recuperarlo. Pero hasta con los ojos tapados se puede ver el obstáculo que lo impide. Apartarlo era urgente desde antes de que llegase, mientras se le veía venir, y lo que se ha puesto de manifiesto es la falta de reacciones personales y de mecanismos instituciones para hacerlo. Por eso todos los que, habiendo comprobado las vías de agua de nuestro sistema y, en la medida de sus posibilidades están persiguiendo este fin, están en realidad ejerciendo la legítima defensa de la democracia.
