Si dijera que nunca he temido a la muerte, faltaría a la verdad. Pero esa fugaz aprensión que en ocasiones he podido sentir hacia la Parca, siempre ha sido consecuencia del instinto animal de supervivencia que todos poseemos, unido a una adocenada mente racional, cargada a reventar de estereotipos materialistas y religiosos, que nunca fueron fruto de mi experiencia personal, ni de mi sexto sentido de alma vieja, sino que los fui engullendo, sí o sí, triturados y dogmatizados en forma de ´potitos´ doctrinales.
Pero curiosamente, conforme han pasado los años y por ley de vida me voy acercando al final de mi carrera terrenal, los miedos iniciales que la sociedad laicista – por una parte – y la religión – por otra – me inculcaron desde mi más tierna infancia, se han ido transformando en simple curiosidad, al ver la muerte no como un punto final, sino como un cambio de capítulo.
Y es que la muerte no es un ente, ni un ser personal; ni tan siquiera un estar. La muerte tan sólo es una cortina, un velo sin alma, que hace que nos centremos en la vida –que es lo que toca- y no nos mareemos contemplando la infinitud del Más Allá.
Así que vive tranquilo, que la muerte tan solo es ´el coco´ que siempre ha utilizado el poder civil y religioso, para tener sometido al personal.
Si eres una buena persona y no te supone esfuerzo el honrar a tu padre y a tu madre, el no mentir, el no robar, el no matar, el no envidiar, o desear lo ajeno; si la compasión y la misericordia te impulsan a ayudar a tus semejantes más desafortunados…; si te rebela la injusticia y te repugna la maldad, lucha, vive, y no te preocupes de más.
Y en cuanto a los canallas; nada. Simplemente, haz de la muerte tu aliada.

