Un viaje al corazón de Rioja Alta de la mano de cuatro generaciones de una familia y un vino que es pura esencia navideña

El Sabor de la Tradición: Martínez Corta Reserva, un Rioja con Historia para Navidad

Descubre la historia, el terruño y el carácter de un reserva que captura el espíritu de estas fiestas

Martínez Corta Reserva

Hay vinos que son más que una bebida. Son una carta de presentación, un pedazo de historia en una botella, un aroma que evoca inmediatamente un lugar y un sentimiento. En Navidad, cuando el valor de lo auténtico y lo familiar cobra una fuerza especial, abrir una botella de Martínez Corta Reserva es como desatar la esencia misma de un hogar riojano. No es solo un vino; es la culminación de un legado que comenzó en el siglo XIX y que hoy, cuatro generaciones después, Bodegas Martínez Corta nos invita a compartir.

Todo empieza con una mujer, un oficio y un apodo. La historia se remonta a los tiempos de Catalina Martínez, quien llegó desde las montañas riojanas al valle y estableció su carnicería en Uruñuela. En una región donde los detalles marcan la diferencia, el oficio de ‘cortador’ no era solo un trabajo, era un arte que exigía precisión, conocimiento y un profundo respeto por la materia prima. Ese mismo espíritu meticuloso es el que, generaciones después, la familia trasladaría de la carnicería a la bodega.

Cuenta la leyenda familiar que el nombre Martínez Corta nació de una travesura. Un día, los niños de la familia asustaron a unos patos. Cuando la dueña preguntó alborotada quién había sido, alguien respondió rápidamente “¡los Corta!”, refiriéndose al oficio de la familia. El apodo se quedó para siempre, fusionándose con el apellido. Es una anécdota sencilla, pero poderosa. Habla de unos orígenes humildes y terrenales, de una identidad que no se olvida. No es un nombre de marketing; es una herencia.

Esa herencia es la columna vertebral de este vino. El Martínez Corta Reserva no intenta ser otra cosa. Es un fiel reflejo de ese carácter: clásico en su esencia, pero con el coraje suficiente para tener una personalidad propia. Es un diálogo entre el respeto por las tradiciones de Rioja Alta y un carácter distintivo que lo hace memorable. Este vino pertenece a la D.O.C. Rioja, el máximo escalafón de calidad de la denominación, y se elabora con uva Tempranillo de la cosecha 2020.

Para entenderlo, hay que sumergirse en la tierra que lo ve nacer. Las ochenta hectáreas de viñedos de Bodegas Martínez Corta se sitúan en un enclave privilegiado de Uruñuela y Cenicero, en el corazón de Rioja Alta. Aquí, el clima es el aliado perfecto para la vid. Los inviernos son suaves y los veranos, cálidos y secos. Pero el secreto, lo que realmente esculpe la personalidad de la uva, es la brutal oscilación térmica durante los meses de maduración. Días calurosos y noches frescas que ralentizan la maduración, permitiendo que las uvas desarrollen una acidez vibrante y una complejidad aromática excepcional, manteniendo la frescura.

El suelo, pobre en nutrientes, es otro pilar fundamental. Son suelos pardocalizos y margas, un terreno que, aunque pueda parecer hostil, es el ideal para la vid. Las cepas deben esforzarse, ahondar sus raíces en busca de agua y nutrientes. Este estrés controlado da como resultado uvas de una concentración y calidad extraordinarias, con cosechas bajas en cantidad pero altísimas en calidad. El calcio aporta la estructura y la acidez que luego encontraremos en el vino, mientras que la arcilla de las margas actúa como una esponja, conservando la humedad necesaria para aguantar los veranos secos de La Rioja. A una altitud media de 500 metros, las cepas, en sistema de vaso y espaldera, disfrutan de una luminosidad óptima.

El cuidado del viñedo es minucioso. La vendimia es totalmente manual, realizada entre septiembre y octubre, para asegurar que solo las uvas más sanas y en su punto justo de maduración lleguen a la bodega. Es el primer filtro de calidad.

Ya en bodega, el proceso es una mezcla de tradición y control. La fermentación se lleva a cabo en depósitos de acero inoxidable con temperatura controlada, que se mantiene alrededor de los 28ºC durante un período de 15 días. Esta gestión precisa del calor permite una extracción ideal del color, los aromas y los taninos de la piel de la Tempranillo.

Luego llega el reposo. El vino inicia una crianza de un mínimo de dieciséis meses en barricas de roble francés, con una edad de entre 3 y 5 años. Esta elección no es casual. El roble francés aporta una elegancia y unas notas especiadas y de vainilla que se integran a la perfección con el carácter frutal de la Tempranillo, sin enmascararlo. Tras este periodo en barrica, el vino completa su maduración con un mínimo de seis meses en botella antes de salir al mercado, buscando la armonía final. El resultado es un vino con una graduación de 14.5%, un equilibrio entre potencia y fineza.

El resultado en la copa es una lección de lo que debe ser un Rioja Reserva. A la vista, se presenta con un intenso color rojo picota, cereza oscuro con ribetes teja, señal de una excelente evolución. Es un color que promete intensidad.

Lleva la copa a la nariz y la experiencia se amplía. Emergen, potentes, las notas de fruta negra madura, como ciruelas y moras confitadas. Rápidamente, se entrelazan con un elegante recuerdo de especias: pimienta negra recién molida, un fondo dulce de vainilla aportado por el roble, y hasta un sutil y refrescante matiz mentolado que añade complejidad. Es un aroma profundo, envolvente, que invita a beberlo.

Y en boca, la promesa se cumple. Es un vino sabroso, denso y amplio. La primera sensación es de potencia, pero inmediatamente se percibe un equilibrio exquisito. Los taninos están presentes, son nobles y redondos, integrados a la perfección con la acidez que aporta vivacidad. La fruta madura vuelve a aparecer, junto a esos recuerdos a café y especias, en un recorrido largo y persistente que deja una huella imborrable. Es, en definitiva, un vino con alma. El alma del terruño riojano, transmitida con honestidad y oficio.

Es precisamente esta autenticidad lo que lo convierte en el compañero ideal para la Navidad. En estas fechas, no buscamos cualquier vino. Buscamos un vino con historia, que aporte significado a la mesa. Que sea capaz de acompañar desde los entrantes más delicados hasta el asado o el cordero, pasando por los quesos curados. El Martínez Corta Reserva tiene la estructura y la versatilidad para elevar cualquier comida festiva.

Presentado en una clásica botella bordelesa troncocónica de 75 cl, cerrada con un corcho natural, es un objeto de deseo en sí mismo. Para quien quiera ir más allá de la botella suelta, se comercializa en una práctica caja de 6 botellas, perfecta para regalar o para asegurar el suministro durante las fiestas.

Pero más allá de los maridajes, es un regalo que comunica. Regalar esta botella es regalar una parte de La Rioja, es compartir una historia de cuatro generaciones de dedicación. Es un gesto que dice “esto es especial, como este momento”. En un mundo a menudo masificado, encontrar un producto con una narrativa tan personal y bien contada es un verdadero lujo.

Al final, cada botella de Martínez Corta Reserva es un homenaje. Un homenaje a la perseverancia de Catalina Martínez, al apodo que se convirtió en leyenda, a la precisión del ‘cortador’ aplicada a la viticultura, y a la sabiduría de una familia que ha sabido escuchar a su tierra. Abrir una en Navidad es más que un acto gastronómico; es brindar por la tradición, por la calidad y por el sabor inconfundible de un hogar, tenga este la forma que tenga. Es, sin duda, el regusto a hogar que todos anhelamos en estas fiestas.

Martínez Corta Reserva. PVP: 14,20€

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Ana Rojo

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