Hay viajes que se hacen con los pies y otros que se hacen con los ojos. Este es de los dos.
La carretera que atraviesa Tierra de Campos, entre Palencia y las provincias de Valladolid y León, es un paisaje de horizontes inmensos. Trigo, cebada – el Granero de Castilla – páramos y, de vez en cuando, un campanario que se recorta contra el cielo. En cuatro de esos campanarios se esconde una de las mayores concentraciones de arte renacentista de España.
La Diputación de Palencia y la Diócesis han unido fuerzas con la Fundación Las Edades del Hombre para crear algo que no existía en España: un museo sin muros, repartido en cinco iglesias de cuatro pueblos. La Junta de Castilla y León apoyó la iniciativa. El resultado se llama Campos del Renacimiento y, desde su apertura en junio de 2021, ha atraído a más de 63.000 visitantes.
No es un museo al uso. No hay taquilla única ni sala de exposiciones temporal. Es un itinerario de 50 kilómetros que te obliga a moverte, a conducir, a caminar, a levantar la cabeza y a mirar con atención. Y es precisamente esa dispersión la que lo hace especial: ves las obras en el lugar donde fueron concebidas, en los mismos muros que vieron trabajar a Pedro Berruguete, Alonso Berruguete o Alejo de Vahía.

Empezamos en Becerril de Campos. La iglesia de Santa María ya era museo desde 1973, pero aquí la han integrado como la primera parada del recorrido. El edificio es una mezcla de estilos: gótico, restos románicos, detalles renacentistas y barrocos. Pero lo que busco está dentro. Una veintena larga de esculturas de Alejo de Vahía, ese artista flamenco que llegó a la comarca y no se fue. Sus figuras de madera policromada tienen una expresividad que sorprende. No son santos de cartón piedra. Son personas. Con sus caras largas, sus manos finas y una tristeza contenida que te mira directamente.
También hay obras de Juan de Juni y de Francisco Giralte, dos nombres mayores de la escultura castellana. Pero lo que me llama la atención, mientras recorro la nave, es el artesonado del sotocoro. Un cielo de madera del siglo XV, con figuras humanas y animales fantásticos alternándose en las jácenas. Parece mentira que algo así esté en un pueblo de 700 habitantes.

Salimos y el Canal de Castilla bordea el casco urbano. El puente de San Juan, con sus arcos de piedra, ofrece una foto que podría ser del siglo XVIII.

La segunda parada es Paredes de Nava, y aquí la cosa se pone seria. Esta villa fue cuna de los Berruguete. También de Jorge Manrique, el autor de las Coplas a la muerte de su padre. La iglesia de Santa Eulalia tiene un tamaño que impresiona. Parece una catedral pequeña. Su torre mezcla románico, gótico y mudéjar, y su interior guarda lo que muchos consideran la joya de todo el museo: las pinturas de los Reyes de Judá, obra de Pedro Berruguete hacia 1482.
Me planto frente al retablo mayor y me quedo quieta. El Rey David, con su turbante rematado por una piedra preciosa, te sostiene la mirada. No hay iconografía estereotipada. Es un hombre, con su barba, sus arrugas y un libro abierto en las manos. Al lado, el Rey Salomón, imberbe, con una expresión seria y concentrada. Berruguete había viajado a Italia y había visto lo que hacían los maestros del Renacimiento. Pero aquí no copia. Interpreta. Y lo hace con una modernidad que desconcierta para el siglo XV.
Frente al altar, un órgano barroco de Tadeo Ortega, fechado en 1780. Me cuentan que aún suena en conciertos. Paredes de Nava fue el municipio más poblado de la provincia hasta bien entrado el siglo XX, y eso se nota en sus calles. Casonas señoriales, iglesias de San Martín y Santa María, y un aire de grandeza pasada que todavía se respira.

Llegamos a Cisneros y el museo se bifurca en dos templos. Primero, la iglesia de San Pedro. Aquí el discurso expositivo se organiza en tres bloques: la historia de la localidad, un conjunto escultórico de los siglos XV al XVIII y una muestra de orfebrería. Bajo el retablo mayor de Francisco Giralte, una proyección audiovisual explica la vida parroquial. Pero lo que realmente me atrapa es la figura del Cardenal Cisneros, cuyos antepasados eran de esta villa. Este hombre llegó a gobernar la Corona de Castilla en dos ocasiones. Su abuelo, Toribio Jiménez de Cisneros, descansa aquí en un sepulcro gótico que merece una pausa.
La segunda sede es la iglesia de San Facundo y San Primitivo, declarada monumento artístico en 1945. Junto con Santa María de Fuentes de Nava, acoge el Centro de Interpretación de las Techumbres Mudéjares. El artesonado que cubre la nave, obra de Juan Carpeil en el siglo XVI, es uno de los más espectaculares que he visto. Las formas geométricas se repiten hasta el infinito, y la madera, oscura por el paso del tiempo, crea un efecto casi hipnótico. En el retablo de San José, un lienzo de la Virgen de la Peregrina. En el presbiterio, un relieve del Llanto sobre el Cristo muerto que te para en seco.

El viaje termina en Fuentes de Nava. La localidad llegó a tener cinco iglesias; hoy solo quedan algunas. La sede del museo es la iglesia de Santa María, del siglo XVI. Tres cosas me llaman la atención. La primera, el artesonado mudéjar policromado de la nave principal. El llamado Maestro de Fuentes de Nava dejó aquí una obra que los expertos consideran de las mejores de la comarca. La segunda, una escultura de la Asunción firmada por Alejo de Vahía. La tercera, el retablo mayor de Juan de Valmaseda.
Salgo y levanto la vista. La torre de la iglesia de San Pedro, conocida como la Estrella de Campos, se alza 65 metros sobre el llano. Es la imagen más característica del municipio. Me cuentan que la Diputación va a abrirla al público como mirador. Desde arriba, dicen, se ve toda Tierra de Campos extendida como un mapa. Un poco más lejos, la Laguna de la Nava –el antiguo Mar de Campos– alberga más de 250 especies de aves. Es otro tipo de patrimonio, pero igual de impresionante.
El perfil del visitante, según los datos del museo, es claro: personas de entre 45 y 60 años, con profesiones liberales o jubilados, interesados en el patrimonio cultural y, en muchos casos, con formación vinculada a la historia del arte. La mayoría son de Castilla y León (Palencia lidera con el 46%, seguida de Valladolid con el 30%). Madrid aporta el 16% de los visitantes, y el País Vasco, Cantabria y Andalucía completan el grueso nacional. La presencia internacional es modesta (2%), pero llegan viajeros de Portugal, Francia y Argentina.

Si quieres hacer la ruta, la entrada conjunta para las cinco sedes cuesta 15 euros (12 la reducida). La individual son 6 euros (4 reducida). Todas incluyen audioguía, que aquí no es un complemento sino casi una necesidad.
En verano (abril a septiembre), el horario es de martes a sábado de 10:00 a 14:00 y de 16:30 a 20:00; domingos de 10:00 a 15:00. En invierno (octubre a marzo), solo abren jueves, viernes y sábados de 10:00 a 14:00 y de 15:30 a 18:30; domingos de 10:00 a 15:00. Cerrados los lunes (y en invierno también martes y miércoles). Navidad: cerrados el 24, 25, 31 de diciembre y 1 y 6 de enero.
La web es www.camposdelrenacimiento.com y el teléfono, 656 004 266 o 654 105 711.
Lo que me llevo de este viaje es la sensación de haber tocado algo auténtico. El arte renacentista no está aquí para ser admirado desde la distancia, en una sala blanca y aséptica. Está en sus iglesias, en sus pueblos, en el paisaje que lo vio nacer. Y eso, en un mundo de museos estandarizados, es un lujo.
