Crónica política de la Cataluña incómoda al nacionalismo

Diario de un no nacionalista: «La cadena (humana) como metáfora»

Esta forma de entender la política es una trituradora de los derechos individuales y de la necesaria diversidad de opiniones y disensiones

Diario de un no nacionalista: "La cadena (humana) como metáfora"

Lo que los pobres marineros no saben (sordos y aterrorizados como están) es que en realidad Ulises y las Sirenas pertenecen al mismo bando…

«Soy de esa rara especie de humanos a los que no nos gustan las cadenas, ni humanas ni de ningún tipo…»

Quien escribe estas líneas forma parte de esa cada vez más rara especie de los que no creemos en ningún tipo de esencialismo, ni patrio ni de ningún otro.

Y por ello nos vemos arrojados a la centrifugadora en que se ha convertido la política catalana y de unos políticos creyentes -o no- y practicantes de esa esencialidad escapista de una realidad política tan compleja como incomprensible para mentalidades asustadizas y de corto recorrido.

Por ello practican la reducción antropológica del debate político, sitúan la argumentación en meros choques dialécticos aparentemente antagónicos sin ningún contenido más allá de –precisamente- esas esencias autoevidentes, quizás no perciban (o no les importe) el daño que hacen con ello a la democracia pero seguro que sí son conscientes de que esta forma de entender la política es una trituradora de los derechos individuales y de la necesaria diversidad de opiniones y disensiones (necesaria porque precisamente esas figuras son los agentes ocultos tras las bambalinas de la política que empujan al sistema democrático hacia perfectibilidad -siempre que se considere a la democracia como un fin en sí mismo y no como un mero instrumento, claro-).

En fin, soy de esa rara especie de humanos a los que no nos gustan las cadenas, ni humanas ni de ningún tipo, soy de los que creo en una política (y unos políticos) cuya razón máxima de ser y actuar sea la de acrecentar los espacios de democracia, de debate, de transparencia, de participación, y lo creo sinceramente porque ello significaría que viviríamos en una sociedad inclusiva que no teme la diversidad, que no teme la diferencia y, por supuesto, que no confunde la inclusión con la asimilación obligatoria a través de la adscripción automática a una identidad, etnia, grupo o tribu.

Precisamente en Cataluña vivimos en una sociedad preñada de costumbres esquizofrénicas, costumbres que beben de la política, que parten del poder nacionalista, que han calado profundamente en el imaginario colectivo, en la cosmovisión de la gente corriente, precisamente en esas personas que son las bases sobre las que se mantienen las sociedades modernas.

Han logrado inocular un imaginario con el que atraer a la Causa a las mentes menos propensas (o más temerosas) a la diversidad, han inventado una alteridad inexistente, han construido un chivo expiatorio de todos los males y contradicciones catalanas llamado “España”, han desdibujado a ese “otro” que sólo mora en los dogmas más excluyentes de los nacionalistas más rancios (los que aun creen en la tribu como forma política y en el chamán como líder espiritual de la tribu, precisamente los que controlan el poder institucional desde hace más de treinta años).

es la mayor y más fructífera operación sostenida en el tiempo de manipulación y engaño a la población

Lo paradójico -lo esquizofrénico- de esta situación es que han creado un relato racionalmente plausible pero que parte de premisas falsas o claramente irracionales, la paranoia la encontramos en las metáforas con las que frecuentemente se presenta el nacionalismo oficialista y, precisamente, la actualidad es como revivir un pervertido mito de los argonautas.

Tenemos un Gran Timonel (que en cualquier otro lugar no llegaría a grumete) que guía una nave y a su abnegada tripulación, pero  -y aquí esta lo enfermizo de la metáfora-, en este caso cuando nuestro Ulises de bolsillo se ata con cadenas (cómo símbolo de entrega a la Causa y a los marineros) y nos tapa los oídos para no acabar atrapados por los cantos de sirena, en verdad no hace otra cosa que interpretar la mayor y más duradera performance política que ha conocido la historia reciente de nuestro país, es la mayor y más fructífera operación sostenida en el tiempo de manipulación y engaño a la población.

Si nos detenemos en el relato homérico podemos ver que lo que subyace a la imagen metafórica es el engaño con el que nos manipulan día sí y día también, vemos por un lado a un Ulises atado (o sacrificado) ante unas temibles sirenas, y sin embargo, lo que los pobres marineros no saben (sordos y aterrorizados como están) es que en realidad Ulises y las Sirenas pertenecen al mismo bando, que quien canta son los propios esbirros del Gran Timonel con el objetivo de que nos dejemos tapar los oídos, que seamos dóciles al poder establecido, que temamos a lo que está más allá de la performance.

Las Sirenas son los medios de comunicación afines al Sistema, la intelectualidad orgánica, los periodistas afines los que interpretan, magnifican y deforman la realidad, los que no hacen más que repetir al estilo goebbeliano palabras como “¡robo!”, “¡expolio!”, “¡imposición!”, “¡desaparición!”, “¡afrenta!”, “¡genocidio! (cultural)”, “¡supervivencia!”, “¡injusticia!”, “¡libertad!”, “Nosotros” y “ellos”, un compendio de conceptos que podrían reducirse a “miedo”.

Miedo que nos empuja a suplicar las cadenas, a que nos tapen los oídos, a estar atentos únicamente a la voz del Gran Timonel y su dogma redentor (¡Cataluña solo sobrevivirá siendo independiente! -¿pero no habíamos quedado que la Cataluña mítica del nacionalismo tenía más de mil años?-), a renunciar sumisamente a la propia identidad, cultura y lengua, a entender la pluralidad y la diversidad como algo tangencial o accesorio, a renunciar casi sin percatarnos a nuestra propia libertad.

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