Por José María Arévalo

( Foto antigua de la Plaza Mayor que incluye Urueña, lib. prd: “Valladolid, imágenes del ayer”. Pag. 160) (*)
Empezamos ya el último capítulo, “Zona de la Plaza Mayor”, del itinerario que sigue Juan Carlos Urueña Paredes en su libro “Rincones con fantasma. Un paseo por el Valladolid desaparecido”, que estamos reseñando, y que finalmente nos lleva a los orígenes de Fuente Dorada, la Plaza Mayor y se detiene en el desaparecido convento de san Francisco, que dio nombre a la acera sur de la Plaza. «La zona de la Plaza Mayor –escribe en una entradilla- no es la zona más antigua de Valladolid, pues quedaba extramuros de la primitiva cerca, pero sí de las más importantes tanto en el pasado como hoy día.

( La desaparecida fachada del convento de san Francisco, si se hubiera mantenido, en la actual Plaza Mayor. Reconstrucción de Juan Carlos Urueña) (*)
La Plaza Mayor se fue formando en un descampado que había fuera de la ciudad medieval, saliendo por el “Postigo del Trigo” de la primitiva cerca. Allí empezaron a proliferar puestos de venta, de tal manera que a mediados del siglo XIII ya se la conocía como plaza del Mercado. Hasta esas fechas el mercado se venía realizando en la plaza de santa María (hoy de la Universidad). Los puestos de alimentos que se montaban en la Plaza Mayor estaban perfectamente agrupados por géneros (como por ejemplo en la Casa de la Red, donde se vendía el pescado). También comenzaron a instalarse en la plaza y sus aledaños muchos gremios de artesanos, como se recuerda en las estatuas de la nueva Fuente Dorada”.
“Es fácil imaginar – continúa Urueña- la barahúnda de animales de granja, productos del campo, carnes, pescados y cacharros de todas clases que llenarían la zona, con una ensalada de balidos, cacareos, voces de las verduleras y golpeteos metálicos en los talleres de los artesanos. Entre aquel gentío proliferarían los pícaros y comerciantes sin escrúpulos, y en los documentos de la ciudad abundan las ordenanzas municipales que intentaban poner coto a fraudes y abusos. Hay montones de ellas, alguna tan alarmante como el edicto del intendente corregidor, de mayo de 1787, en el que se ordena a fruteras y hortelanos que tengan cuidado y no «…mezclen (como alguna vez a sucedido funestamente) cicuta con el peregil.»

( Foto antigua de Fuente Dorada, en Vallisoletum) (*)
La fuente dorada que dio nombre a la plaza donde se ubicaba, se llamó en sus primeros tiempos “fuente de los espaderos”, pues en los soportales cercanos a Cánovas del Castillo tenían sus talleres estos artesanos. Según Ventura Pérez, en 1725, cuando la plaza era conocida como “de la gallinería vieja”, se efectuaron importantes obras en la fuente. Entonces la gente la empezó a llamar de otra manera muy curiosa: «…quitaron una bola con su aguja que tenía de bronce y pusieron unos delfines de piedra y encima un tiesto de flores a la estatua de la primavera, de tres cuartas poco mas o menos de alto, muy dorada, a la cual un muchacho la quitó la cabeza de una pedrada y jamás se la volvieron a poner, y hoy se llama la fuente de la primavera sin cabeza…»
La “fuente de la primavera sin cabeza” sufrió varios cambios más, hasta que en 1876 fue cambiada por otra de diseño más práctico, que con el pasar de los años también sería suprimida.
La zona fue ganando tanta importancia que el 10 de abril del año 1499 los Reyes Católicos ordenaron que el edificio para ayuntamiento «Se haya de facer de aqui adelante en la plaça Mayor.» Es curioso el documento, pues nos da fecha exacta de la instalación “oficial” del Consistorio en la plaza, a la vez que es una de las primeras veces que se la denomina “Mayor”, en vez de “del Mercado” ( vid. “Las calles de Valladolid”, de Juan Agapito y Revilla, Pág. 278)

( Reconstrucción de cómo se vería la desaparecida fachada de la portería del convento de san Francisco a finales del siglo XVIII. La reconstrucción está basada rigurosamente en el dibujo de Ventura Pérez que ilustra la “Historia de Valladolid” de Antolínez de Burgos) (*)
El desaparecido convento de san Francisco, enorme complejo de esta Orden del que no se conserva ningún vestigio, fue el edificio más importante que salía a la plaza. Ocupó la fachada de su portería parte de la acera opuesta al Ayuntamiento y todavía hoy se oye llamarla a algún mayor “acera de san Francisco”. El convento era tan grande que ocupaba casi toda la manzana de casas hasta la actual calle de Montero Calvo. Fue, como san Pablo, fundación de doña Violante, mujer del rey Alfonso X el sabio, otorgada el 26 de febrero de 1260”.
En la reconstrucción de cómo se vería la desaparecida fachada de la portería del convento de san Francisco a finales del siglo XVIII, explica Urueña que “la reconstrucción está basada rigurosamente en el dibujo de Ventura Pérez que ilustra la “Historia de Valladolid” de Antolínez de Burgos, a falta de otras fuentes del siglo XVIII, que fue cuando la fachada estuvo completa. Existe un cuadro de la serie que pintó quizá Felipe Gil de Mena para ilustrar unos festejos de la Vera Cruz en la que se ve la fachada, pero en 1656, y algún grabado de los autos de fe celebrados en la plaza, todos poco fiables. Hay varios detalles disonantes en su arquitectura. El almohadillado que reproduce el dibujo sobre los arcos del primer piso, parece perteneciente al primer Renacimiento y choca con el estilo clásico del resto de la fachada. El ático es un conjunto de molduras que podría explicarse por la adaptación que sufrió para colocar la hornacina con la estatua de san Francisco, obra que no sentó nada bien al Consistorio de la ciudad. Al fondo se podía ver la espadaña del reloj del convento, que tan importante fue para regular los horarios comerciales de la plaza. Otra curiosidad son los escudos de Valladolid, que en el dibujo se nota claramente que eran postizos y estaban colgados en sendas argollas, como simbolizando que el ayuntamiento estuvo en el convento, pero de prestado”. Respecto del dibujo de Ventura Pérez utilizado para hacer la reconstrucción señala Urueña que “la falta de proporciones es manifiesta y desgraciadamente constante en todos los que, como éste, realizó para ilustrar una de las copias de la “Historia de Valladolid” de Antolínez de Burgos. Como en otros casos, a las labores de documentación y recopilación de elementos, se sumó la de ajustar los volúmenes de la fachada a unas medidas razonables”.

( Dibujo de Ventura Pérez utilizado para hacer la reconstrucción del convento de san Francisco) (*)
“Durante muchísimos años –continúa Urueña- el monasterio fue parte activa de la sociedad vallisoletana, hasta el punto de ceder un espacio en su recinto para el primitivo Consistorio de la ciudad, ocupándolo el Ayuntamiento desde el año 1338. Triste es la pérdida de tan importante elemento en el desarrollo del Valladolid antiguo como fue san Francisco, plagado de historia y algunas leyendas.
Una de las más conocidas de este convento fue la protagonizada por un fraile al que, hallándose a altas horas de la noche en las dependencias de la iglesia preparando ciertos ejercicios, se le aparecieron unas siniestras figuras. Estos extraños le conminaron a tomar un cáliz y acompañarles a la sepultura de un hombre malvado que había fallecido recientemente, y que estaba enterrado en el monasterio. Los intrusos levantaron la losa con facilidad y sacaron el muerto del interior de la tumba, de cuya boca salió la Sagrada Forma que el fraile recogió en el cáliz que llevaba. A continuación los violadores del sepulcro se manifestaron como lo que en realidad eran: el Diablo y sus congéneres, que con un infernal estrépito se llevaron el cuerpo a las Tinieblas atravesando el techo del convento. El agujero que dejaron era visitado con curiosidad por las gentes de antaño, pues tal boquete existió, no se sabe si obra demoníaca o de alguna gotera.

( Muchas de las calles que salían a la Plaza Mayor se han perdido o han quedado ocultas. En la imagen, la superposición de una antigua foto nos permite ver dónde estaban dos de ellas.) (*)
También era conocida en el monasterio la tumba de doña Leonor “la de los leones”, cuya historia recogió Juan Ortega Rubio. Cuenta cómo Enrique II tuvo amores con una dama llamada Leonor Álvarez, de los que nació una niña a la que bautizaron con el mismo nombre de la madre. El rey receló de la dama creyendo que su hija era fruto de otra relación, y ni corto ni perezoso tomó una “ecuánime y piadosa” decisión: arrojar a la pequeña a unos leones. Como las bestias no hicieron daño a la niña, el soberano lo tomó como una señal divina y devolvió el favor a madre e hija.
Otro ilustre personaje enterrado un tiempo en san Francisco fue Cristóbal Colón, tras su muerte en 1506. Murió asistido por franciscanos, quién sabe si de este mismo convento.
También las crónicas sobre san Francisco nos han dejado un dato curioso, esta vez nacido de la pluma de Ventura Pérez, que nos habla de lo agreste de los aledaños de los Torozos en los albores del siglo XVIII: «Año de 1736, día 19 del mes de enero, se halló un lobo en la huerta de San Francisco, del tamaño de un perro mastín… lo mataron a la puerta de la capilla de los ajusticiados; no hizo daño alguno. Le llevaron a Malcocinado y allí lo tuvieron colgado mucho tiempo. Este lobo estaba mojado, se discurrió que pasó el río por las tenerías, y se desatinó, y se metió en la ciudad, porque detrás del Prado se crían bastantes.»

( Una de las mejores obras de arte que se conservan procedentes de san Francisco, es el impresionante “Entierro de Cristo”, obra de Juan de Juni, que presidía la capilla funeraria de fray Antonio de Guevara. Hoy se encuentra en el Museo Nacional de Escultura ) (*)
Al demolerse san Francisco, los frailes se diseminaron por otros monasterios. Tras décadas de ausencia, la Orden regresó a la ciudad en 1924 instalándose en el convento de la Sagrada Familia. En 1959 pasaron a ocupar la iglesia de san Antonio en el paseo Zorrilla, donde se conserva actualmente parte del archivo y algunas pinturas procedentes de san Francisco. Los materiales del convento fueron aprovechados en algunas obras, como era común al desmontar edificios de piedra, tan escasa por estos parajes.
La estatua de san Francisco que presidía la fachada se usó como pavimento, si atendemos a la carta que recibió Juan Agapito y Revilla en calidad de presidente de la Sociedad Castellana de Excursiones, en septiembre de 1914: «…una persona de Valladolid, respetable y digna de todo crédito, me comunica la noticia de que la estatua de san Francisco que había sobre la puerta de su convento en esta ciudad, está enterrada en la calle de Mendizábal, al pie de la verja de hierro en que hay dos leones de piedra, y da paso al jardín perteneciente a la casa núm. 10 de la calle de la Constitución.» Si tal estatua se encontró o no, nada se sabe. Desde luego no está en ningún museo, y no es fácil que esté todavía enterrada.
En el famoso incendio de 1561 se quemó gran parte de esta zona, siendo reconstruida siguiendo unas pautas impuestas por el poder Real. Efectivamente, una cédula de Felipe II fechada en diciembre de 1564, ordenó hacer las fachadas y soportales de la Plaza Mayor y sus aledaños. Lamentablemente, su disposición original ha variado bastante, pues muchas calles y casas han desaparecido.
El proyecto contemplaba la construcción de una sede propia para el Ayuntamiento, que fue erigido en la acera de enfrente de la de san Francisco. Estos son unos pocos apuntes históricos sobre nuestra emblemática plaza, cuyo recinto ha sido escenario de torneos y juegos de toros, ejecuciones, revueltas populares y espantosos autos de fe. En una última intervención fue sometida a un polémico “lavado de cara”, con la buena intención de recuperar su estado original, a base de pintar las fachadas de un tono rojo “almagre”.
Así concluye Urueña esta primera parte del último capítulo, que vamos a ampliar con la información que proporciona el artículo titulado “Plaza Mayor” que publicó Vallisoletvm en Noviembre de 2009: “La Plaza Mayor de Valladolid se encuentra en la zona centro de la ciudad, rodeada por las plazas de la Rinconada y del Corrillo y de las calles de la Cebadería y del Peso al norte, de Alarcón, de Guiñones y del duque de la Victoria al este, de la Constitución y Héroes del Alcázar de Toledo al sur y las calles de Correos y de la Reina al oeste. Nacen de la Plaza Mayor diez calles y callejones. Desde su lado norte nacen las calles de Viana, de Jesús y de la Manzana; hacia el este comienzan las calles de la Lencería y de Ferrari. Hacia el sur se inicia una de las principales vías comerciales de Valladolid: la calle de Santiago. Finalmente, desde el lado oeste de la Plaza nacen las calles de la Pasión y de Calixto Fernández de la Torre. Además desde la Plaza Mayor se puede acceder a dos callejones: los de Ricote y Torneros.

( Foto antigua de la Plaza Mayor en Vallisoletum) (*)
Historia. A mediados del siglo XI, Valladolid era una pequeña aldea agrícola rodeada por una cerca defensiva. El espacio que ocupa la plaza Mayor y sus alrededores se encontraba fuera de esta primera muralla, cerca de la puerta conocida como postigo del Trigo, por donde los mercaderes entraban a la villa con los alimentos.
Cuando el conde Pedro Ansúrez obtuvo el señorío de la villa en 1072, mandó construir un palacio para él y su esposa doña Eylo y las iglesias de Santa María la Mayor y de Santa María La Antigua y se instaló el concejo. La plaza de Santa María, era pues el centro de la incipiente urbe. Por su parte, en el descampado donde hoy se encuentra la plaza se fueron construyendo diversas edificaciones.
La existencia de la plaza Mayor en el actual emplazamiento comenzó a definirse a mediados del siglo XIII cuando el mercado se desplazó desde la Plaza de Santa María a la Plaza del Mercado, que desde comienzos del XVI se llamó Plaza Mayor. Los distintos gremios se fueron instalando en torno a ella, y fue el Convento de San Francisco, hasta 1499, el edificio más importante en las inmediaciones. A partir de esa fecha, por mandato de los Reyes Católicos fue la Casa del Municipio la que presidió la vida de la ciudad.
Tras su destrucción, a causa del grave incendio que comenzó el 21 de septiembre de 1561 y que hasta el 23 de septiembre destruyó al menos 440 casas de la ciudad, el concejo inició, al día siguiente de la finalización del incendio, el 24 de septiembre, las labores de reconstrucción. Se encargó a Francisco de Salamanca la construcción de tiendas provisionales en la propia plaza y se realojó a los afectados por el incendio, utilizando para ello casa prestadas por los propios vecinos.
El mismo 24 de septiembre, el concejo tomó la decisión de solicitar ayuda para la reedificación de la zona afectada a Felipe II. La solicitud fue entregada en mano al rey por el corregidor de la ciudad, Luis de Ossorío. El 25 de septiembre, tras una nueva reunión del concejo, se decidió encargar a Francisco de Salamanca el proyecto de reconstrucción de la zona y un informe previo en el que se estudiase la distribución del espacio urbano anterior al incendio. En este estudio previo ya se plasma la idea de una gran plaza donde se construirían las casas del consistorio y se ubicaran de forma ordenada los distintos gremios, oficios y servicios.
Los días 9 y 10 de octubre, Felipe II expidió una Real Cédula por la que solicita al concejo la realización de un informe técnico y en la cual se consignan una serie de premisas para llevar a cabo el proyecto como son la obligación de un sistema de calles rectilíneas y una nueva traza urbana. Tras una serie de contactos a tres bandas entre el concejo, Francisco de Salamanca y Felipe II, el arquitecto presentó el proyecto definitivo al monarca que fue aprobado salvo ciertas modificaciones menores.
La reconstrucción del entorno de la plaza Mayor de Valladolid constituye un hecho excepcional en el siglo XVI. El proyecto de Francisco de Salamanca supone la puesta en práctica de concepciones del urbanismo moderno por primera vez en España; la plaza se articula a partir de entonces como eje y elemento definitorio del espacio urbano a partir del cual parte un sistema de calles rectilíneas.
La Plaza Mayor de Valladolid es la primera plaza mayor regular de España, cerrada y con soportales, espacio destinado a ser utilizado como mercado y como escenario de las celebraciones públicas, tan apreciadas por la monarquía de los Habsburgo, para lo cual habían sido diseñadas grandes balconadas que facilitaban la visión de los espectáculos. Estas nuevas reglas urbanísticas definen la plaza como un gran espacio abierto regular que permite racionalizar las necesidades de la villa en torno a un mismo lugar y que por tanto concentró a partir de entonces las principales actividades políticas, mercantiles, festivas y religiosas.
Las nuevas calles van a servir en muchas ocasiones para aunar visualmente ciertos hitos urbanos tal como sucede con el eje Plaza del Ochavo-Calle de la Platería y la Iglesia Penitencial de Nuestra Señora de la Vera Cruz. La repercusión del proyecto de Valladolid se extendió durante el siglo XVII, para otras ciudades en España y Sudamérica teniendo incluso repercusiones en Italia. En este sentido, las plazas mayores de Madrid y Salamanca, que datan de 1617 y 1729 respectivamente presentan un claro influjo procedente de la Plaza Mayor vallisoletana
La plaza, una de las más grandes de España, es de planta rectangular, con unas dimensiones de 400 pies de largo por 266 de ancho, de proporción sesquilátera (3×2). Está completamente porticada y sus soportales descansan sobre columnas o pilares cuadrados de granito, siendo de tipo abierto, es decir, las calles desembocan en ella sin ningún obstáculo ni pantalla. Está rodeada por pequeñas calles gremiales que recuerdan el pasado mercantil del entorno.
Tradicionalmente las viviendas de la plaza tuvieron una altura de tres pisos, siendo la distribución de huecos jerarquizada. La planta primera poseía balcones, la segunda, antepechos y la tercera, ventanas sencillas. Esta disposición tiene ecos vitrubianos. Esta fisonomía original fue cambiando a lo largo del tiempo hasta la actual, en la que todos los huecos de los pisos poseen balcones. Está presidida por la estatua del repoblador de la ciudad, el conde Pedro Ansúrez realizada en 1903 por Aurelio Rodríguez-Vicente Carretero.
En el flanco norte de su trazado rectangular, se alza la Casa Consistorial sede del Ayuntamiento de Valladolid. El anterior, que sobrevivió hasta 1879, databa del siglo XVI, aunque había sido reformado a lo largo del tiempo. Por ejemplo, a mediados del siglo XIX, se le había incorporado una torre para el reloj en el centro de la fachada.
El edificio actual tuvo un génesis larga. Primero se convocó un concurso de proyectos para el nuevo consistorio vallisoletano, proyecto que ganó el arquitecto local Antonio Iturralde, que presentó un proyecto que, aunque ganador, no gustó demasiado. Iturralde murió en 1897 y se hizo cargo de las obras Enrique Repullés y Vargas, quien derribó todo lo efectuado del proyecto de Iturralde y construyó un nuevo edificio ecléctico, de carácter beaux-artiano, terminado en 1908. El edificio sireve de sede al Ayuntamiento de la ciudad.
Frente a este edificio se encuentra el Teatro Zorrilla, inaugurado en 1884. Se sitúa en el mismo lugar en el que se alzara parte del desaparecido Convento de San Francisco, inmenso conjunto monástico, demolido totalmente entre 1835 y 1850 y que abarcaba todo el espacio comprendido entre las actuales calles de Santiago, Montero Calvo y Duque de la Victoria. La actual calle Constitución se sitúa sobre la desaparecida iglesia gótica del monasterio, y la calle Menéndez y Pelayo sobre varias dependencias y las antiguas huertas.
En la actualidad, se ha intentado volver a la homogeneidad original mediante ciertos mecanismos, como el pintar de rojo todas las fachadas de las edificaciones, algo histórica y estéticamente discutible. Bajo su suelo, se encuentra un parking público.
En la actualidad la Plaza Mayor se ha convertido en un espacio nuclear propicio al encuentro y la convivencia ciudadana en la que se llevan a cabo diversas actividades culturales. En este sentido, durante la Feria y Fiestas de Nuestra Señora de San Lorenzo se desarrollan varios conciertos y otras actividades culturales. Del mismo modo, durante las fiestas de San Pedro Regalado también acoge actos del programa de festejos. Asimismo, en ella se desarrolla el Encuentro Internacional de Maestros Escultores de Arena durante los meses de primavera.
Es uno de los espacios donde tienen lugar las actuaciones del TAC (Festival de Teatro y Artes de calle), que se celebra a finales de mayo. Con este festival se montan en la plaza dos grandes graderíos, uno de aforo para 1.500 personas y otro de 500 personas. Durante la Semana Santa de Valladolid discurren varias procesiones y actos entre los que destacan el Sermón de las Siete Palabras o la Procesión General de la Sagrada Pasión del Redentor.
Desde el punto de vista deportivo y como punto de reunión de los vallisoletanos es el punto habitual de celebración para los éxitos de los diversos equipos deportivos de la ciudad como el Real Valladolid, el Balonmano Valladolid o el Cetransa El Salvador. Además durante el mes de julio acoge un torneo de paddle”.
Como Urueña se refiere también a la plaza de Fuente Dorada, completamos la información con el artículo de Vallisoletvm “La Plaza de La Fuente Dorada”, de Noviembre de 2009: “La centriquísima Plaza de Fuente Dorada, con forma de triángulo irregular, se comenzó a formar al tiempo que la plaza del Mercado (hoy Plaza Mayor) en el siglo XIII; ambas compartieron la actividad de la ciudad, si bien la de Fuente Dorada era el núcleo principal del comercio junto con la plaza del Corrillo.
A la parte interior de la plazuela se la llamó en 1603 ‘La Gallinería Vieja’, seguramente por vender en ella aves de corral ya muertas. Poco después ya se la conocía como La Plazuela de Fuente Dorada. Las dos líneas de casas con soportales que formaban su contorno recibían diferentes nombres, según los oficios que allí existían.
La de Cánovas del Castillo a Teresa Gil se llamó calle de Lorigueros por venderse allí las lórigas (parte de la armadura); después se denominó de la Espadería, por venderse allí espadas, y también se tituló calle de la Lancería por el comercio de lanzas. Y a la de enfrente se la llamó calle de los Guarnicioneros y los Mercaderes.
Por acuerdo del 10 de abril de 1863 se Determinó que «los Portales de Guarnicioneros desde el número 5 y los llamados de Espadería con la manzana de casas que da vista a la Fuente, se denominará Plazuela de Fuente Dorada», si bien ya desde el siglo XVII popularmente se la conocía con el nombre de la fuente.
Algún motivo de bronce dorado, aunque no está claro que fuese una bola -pudo ser una pirámide- fue el motivo de su popular nombre. La referencia más antigua a la Fuente de Argales o Fuente Dorada la encontramos en una de las novelas de Miguel de Cervantes, ‘La ilustre fregona’, alabándola por su antigüedad y sus aguas, anteponiéndola en fama a otras fuentes de la época, no sólo de Valladolid sino de la Corte de Madrid. Hay quien dice que en ‘El Quijote’ se menciona esta fuente. Cuando se hizo el viaje nuevo de Argales se proyectaron la construcción de ocho fuentes en la ciudad, pero sólo tres se llevaron a cabo: una en la Puerta del Campo (hoy Campo Grande), otra en la Rinconada y la de Gallinería Vieja. Empezó a trabajar en la fuente en 1616 Pedro de la Bárcena, bajo la dirección de Diego de Praves, maestro de obras de la ciudad.
No hay datos suficientes de cómo fue la Fuente Dorada en un principio, pero Ventura Pérez nos apuntó algunos detalles en una noticia de 1725 en la que habla de modificaciones y variaciones de algunas fuentes: «En la dorada quitaron una bola con su aguja que tenía de bronce y pusieron unos delfines de piedra y encima de un tiesto de flores a la estatua de la primavera, de tres cuartas poco más menos de alto, muy dorada, a la cual un muchacho le quitó la cabeza de una pedrada y jamás se la volvieron a poner, y hoy se llama la fuente de la primavera sin cabeza».
Posteriormente sufrió diversas reformas y en el año 1840 se colocó una nueva estatua de Apolo. Este dato ha sido olvidado a menudo por los historiadores que confunden esta figura con el conocido ‘Don Purpurino’. En 1876 se reconstruyó la Fuente Dorada dándola forma de una columna con algunos motivos de dorada decoración. El 19 de agosto de 1949 se instaló en la plaza una escultura de fundición, a la que se otorgó el mote de ‘Don Purpurino’, por haberse tenido la mala idea de repintarla con purpurina, según cuenta Agapito y Revilla en su libro Arquitectura y urbanismo del antiguo Valladolid. Esta figura procedía del palacio donde se ubicaba en la época el Gobierno Civil (frente al Museo de Escultura) y en 1953 fue cedida a Tamariz de Campos.
Esta fuente estaba dotada de cuatro caños, un estanque y, en el centro, un pedestal sobre el que se colocó la estatua, que representaba a un hombre joven, que podría ser un jefe inca o azteca, en cuya mano izquierda portaba un cetro, mientras que en la derecha llevaba una antorcha. La última reforma que sufrió la Fuente Dorada, antes de su desaparición consistió en una monumental estructura, que se conserva en el centro de la Plaza de la Trinidad. La última remodelación de la Plaza de Fuente Dorada data de 1997, encargada por el Ayuntamiento de Valladolid al arquitecto Fernández González Poncio. En la superficie del fondo de las esculturas aparecen inscripciones con los nombres de los antiguos gremios vallisoletanos: alfareros, lavanderas, aguadoras, lanceros, plateros… Las figuras alternan con la representación de la estaciones, la primavera mira hacia la calle de Teresa Gil y, siguiendo el movimiento del sol, le siguen el verano, el otoño y el invierno.
En la actualidad, esta plaza cuenta con una anchura de 31,43 metros, una longitud de 82,83 metros y una superficie de 2.017,28 metros cuadrados y continúa siendo un importante núcleo comercial. Se conforma alrededor con soportales con hermosas columnas de piedra con cornisas y zapatas de madera, colgando entre las columnas una farola cónica; en la columna que hace esquina con la calle de Cánovas del Castillo hay una placa en la que se lee la siguiente inscripción: «Al abandonar la calle Orates, la procesión de los reos, hubo de detenerse para ceder el paso al séquito real que subía por la Corredera. Fray Domingo de Rojas. Ruta por el Valladolid del hereje de Miguel Delibes»..
Finalmente reproducimos el artículo “El desaparecido Convento de San Francisco” que publicó Vallisoletvm en Octubre de 2009: “El convento de San Francisco, de Valladolid, fue fundado en el siglo XIII y situado extramuros de la ciudad, frente a la plaza del mercado (que sería la futura Plaza Mayor). El convento fue protegido y patrocinado en ese siglo por doña Violante, esposa del rey Alfonso X el Sabio. Su existencia incidió mucho en la vida social y religiosa de Valladolid durando hasta 1836, en que fue demolido y sus solares fueron puestos a la venta. A partir de esa fecha, pasa a formar parte del patrimonio perdido de la ciudad de Valladolid.

( Maqueta de la fachada del Convento de San Francisco, de Dionisio Manzano Urdiales. Foto Vallisoletvm) (*)
Cristóbal Colón murió en Valladolid en mayo de 1506 y fue enterrado en la iglesia de este convento de franciscanos. Aunque sigue sin saberse (año 2007) en qué casa u hospital murió exactamente, durante la conmemoración del V centenario de su muerte el Ayuntamiento de Valladolid colocó una placa en su recuerdo en el lugar donde se hallaba el convento de San Francisco.
Historia del convento. Los franciscanos llegaron a la ciudad de Valladolid en el primer tercio del siglo XIII, aunque hay muchas discusiones sobre la fecha exacta. El documento de fundación está perdido y los distintos historiadores e investigadores han ido barajando fechas acordes con otros acontecimientos y con los viajes que el propio San Francisco hiciera a España para fundar conventos. El arquitecto y académico de Bellas Artes Juan Agapito y Revilla hace mención a la fecha de 1210 como llegada de los franciscanos a Valladolid tomando como referencias las opiniones de los historiadores de esta ciudad Matías Sangrador Vítores, Ortega Rubio, González García-Valladolid y Juan Antolínez de Burgos (el historiador más antiguo) que dice en su Historia de Valladolid:
“La fundación del convento del Señor San Francisco de Valladolid fue en la era de 1248, que es año de 1210, por uno de los compañeros del Santo llamado fray Gil, lo cual fue dos años después de su conversión y a los 27 de su edad”.
En los primeros años del siglo XX se dio a conocer un manuscrito (que se había dado por perdido) escrito en 1660, con el título abreviado de Historia inédita del convento de San Francisco de Valladolid. El descubridor del manuscrito fue el erudito Antonio de Nicolás y los estudiosos del texto y divulgadores fueron Agapito y Revilla y José Martí y Monsó, poniendo el original a buen recaudo en la biblioteca del Colegio de Santa Cruz de Valladolid. El autor de dicho descubrimiento es el padre franciscano Matías de Sobremonte. Este fraile fue un estudioso de la historia de los conventos de su orden, entre los que se cuenta éste de Valladolid. Sobremonte habla de la tradicional fecha de 1210 como fundación del convento vallisoletano pero al mismo tiempo lo pone en duda haciendo otras consideraciones. Investigadores de los siglos XX y XXI han asegurado una fecha posterior, hacia 1230, estando completamente de acuerdo en cuáles fueron los comienzos y en su posterior traslado en la década de los 60 del siglo XIII.
Comienzos y traslado. La reina Berenguela I de Castilla, esposa del rey de León Alfonso IX, cedió a los padres franciscanos los terrenos de una finca que se hallaba en la zona conocida como Río de Olmos. Es posible que esto sucediera hacia 1230, pero, como ya se ha dicho, la fecha es controvertida. Este lugar estaba bastante alejado de la ciudad, además de considerarse (con razón o sin ella) bastante insalubre para vivir. Los franciscanos tratan siempre de edificar sus conventos en la propia ciudad, o al menos en las afueras cercanas, pues su condición de predicadores y mendicantes requiere un continuo roce con la ciudadanía.
Algunos años más tarde otra reina, Violante, esposa de Alfonso X el Sabio les ofreció un terreno y unas casas cerca de la primera muralla, para su posible traslado. Para esto dictó una carta-donación el 6 de marzo de 1267, firmada en Sevilla, en la que declaraba que cedía terreno y casas “…a pro é á salud é honra del Rey é de mis fijos e de mi compañía”.
El amplio solar estaba situado extramuros pero pegado a la gran extensión que por entonces se utilizaba como mercado. Pasados los siglos todo este espacio quedaría en lo más céntrico de la ciudad de Valladolid. Al principio tuvieron los frailes muchas dificultades con el traslado pues contaban con la oposición del abad, del infante Sancho y del Cabildo Colegial, pero el apoyo de la reina Violante fue definitivo para la nueva ubicación de los franciscanos. Un siglo más tarde, otra reina, María de Molina, protegería también este convento, haciendo donación de unas casas-palacio que ella conservaba adyacentes a las instalaciones de los franciscanos y que daban a la calle de Olleros y que formarían parte de la ampliación.
Evolución y demolición. Los franciscanos de este convento tuvieron una gran influencia espiritual en la vida social de Valladolid. Supuso además un gran aporte cultural y fue muy rica en acontecimientos religiosos. Su desaparición total en 1836 fue una gran pérdida para la ciudad, aunque, al mismo tiempo, la recuperación del extenso solar trajo consigo una importante transformación urbanística en un Valladolid que crecía por esa zona y que necesitaba de la creación de edificios y de vías de acceso.
A comienzos del siglo XV los monjes franciscanos habían llegado a una forma de clausura bastante relajada. En 1416 hubo un movimiento reformista agrupándose varios conventos que eligieron al de Valladolid como cabeza de la Provincia franciscana de la Inmaculada Concepción. Por entonces este convento tenía una numerosa comunidad. Hasta el punto que el padre Sobremonte dice en su historia “…eran tantos que no cabían en el coro”. En el convento tenían lugar importantes eventos relacionados con la vida religiosa en general o con la vida civil de la ciudad:
• En 1570 fray Juan de Pineda (1513?-1593?) (que tuvo problemas con la Inquisición), decidió cambiarse desde la Provincia de Santiago, a la Provincia de la Concepción en el convento de Valladolid, donde fue bien acogido y residió bastante tiempo. Juan de Pineda, erudito predicador, fue uno de los mejores escritores de su época en lengua castellana.
• Juan de Zumárraga, primer obispo de Nueva España, nombrado por Carlos I en 1528, tuvo que regresar a España para ser consagrado, ceremonia que tuvo lugar el 27 de abril de 1533 en este convento.
• En 1695 se celebró la consagración del presidente de la Chancillería de Valladolid, Francisco Joániz de Echalaz, nombrado arzobispo de Cartagena. La gran comitiva entró en la iglesia por la capilla de Copacabana haciendo diferenciación entre hombres y mujeres; las mujeres entraron por el pórtico del claustro en la nave de Santa Juana. La comunidad en pleno salió a recibir a la ilustre comitiva Después de la ceremonia religiosa, el acontecimiento terminó con la celebración de festejos con juegos artificiales, bebidas y dulces.
• En 1740 se celebró en el convento el capítulo general de la Orden. Hubo una gran procesión el 5 de junio, día de Pentecostés, en la que sacaron a desfilar un gran número de santos (detrás de cada cual iba un religioso con capa pluvial), cerrando la comitiva la imagen de la Purísima Concepción que se hallaba habitualmente en el coro de la iglesia. Este acontecimiento fue muy festejado en la ciudad y ampliamente narrado por C. González García Valladolid en sus “Recuerdos y grandezas”. También Ventura Pérez hace mención en su Diario de Valladolid en la sección que titula Capítulo general de San Francisco en esta ciudad.
• En los años 1746 y 1747 se celebraron grandes fiestas por la canonización de San Pedro Regalado, patrono de Valladolid. El 20 de junio de 1747 trasladaron la imagen de este santo desde la capilla de Copacabana a la catedral. Ventura Pérez hace un extenso relato de más de siete carillas en su libro de memorias. “Iba delante un batallón de soldados muy lucidos con sus uniformes a manera de guardia, casacas azules y chupas y calzones encarnados. […] Entonaron el Te Deum con gran estrépito de clarines, timbales, violines, trompas y contrabajo; hubo muchos músicos forasteros, y concluido que fue iluminaron primorosamente la fachada.”
• La vida del convento y su relación con la ciudad transcurrió sin sobresaltos hasta la Guerra de la Independencia Española en que fueron suprimidas todas estas casas religiosas. El día 18 de agosto de 1809 obtuvieron una autorización especial para mantener abierta la iglesia (igual sucedió con otros conventos). En septiembre de ese mismo año se hizo un inventario de las obras suntuarias. Ortega Rubio apunta que en febrero de 1811 se derribaron las puertas principales, la fachada y el patio de la iglesia y comenzaron las obras para edificar casas. En febrero de 1814, terminada la contienda con Napoleón, regresaron los franciscanos a su convento que encontraron bastante reducido (ya se había vendido parte de él a particulares), hasta que en 1835 (como consecuencia de la Desamortización) se sacó también a pública subasta la huerta, que además de hortalizas tenía 80 árboles frutales y negrillos, más una noria en buen estado. El Boletín Oficial de Valladolid anunció el 6 de agosto de 1836 la venta del… “edificio que fue convento de San Francisco situado en la Acera a que da nombre, con su iglesia, capillas, habitaciones altas y bajas, bodega, patios, huerta con su noria, aljibe, siete pozos de agua potable, otro para nieve, cuadras y pajares […] tasado en 4.520.060 reales 17 maravedíes”. No consta que acudiera nadie a la oferta, por lo que la junta de ventas de edificios y efectos de los conventos desamortizados en la provincia de Valladolid tuvo que hacerse cargo y propuso la demolición a expensas del Estado. Una vez derruidas todas las construcciones se pusieron a la venta los solares. Muchas de las baldosas del convento sirvieron para pavimentar el Ayuntamiento viejo que estaba decrépito y para construir la torre del reloj. Casi un año después todavía continuaban las labores de derribo. Algunas obras de arte pudieron ser rescatadas y salvadas en el Museo Nacional de Escultura, pero la mayoría desaparecieron sin dejar rastro.”
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