La escuela de imaginería de Medina de Rioseco. II

Por José María Arévalo

( La Crucifixión, o “Longinos”, de 1.673, por Andrés de Oliveros. En 1.694 fue reformado sustancialmente por Tomas de Sierra) (*)

Dedicábamos el artículo anterior a contarles la excursión que hice con la asociación de jubilados a la que pertenezco, Amsafa, al Museo de Semana Santa de Medina de Rioseco. Les decía, al transcribir la crónica de nuestro compañero José Ignacio Morillo, que éste comentaba cómo los tres escultores más destacados de la escuela de imaginería de Medina de Rioseco son Pedro de Bolduque, Mateo Enríquez y Tomás de Sierra. E incluíamos las biografías de los dos primeros, y dejábamos la del tercero, Tomás de Sierra, dada la longitud del texto, para este segundo artículo, y después enmarcar la importancia de esta escuela en el conjunto de la escultura castellano leonesa.

Antes de empezar el relato quiero recordar, pensando en La Virgen Dolorosa de Sierra que procesiona el Jueves Santo, aquellos años en que me iba con mis niños, pequeños todavía, a ver salir esta procesión, ya que es más complicado ver la del Viernes Santo con niños. Salía entonces –no sé si lo sigue haciendo- de una iglesia sin culto, tan abandonada que el suelo estaba poblado de un césped natural, y la salida de cada paso se acompañaba con la misma música, creo recordar bastante antigua, que acabábamos tarareando, como hacíamos en mi juventud en Zamora con la marcha de Talber. La ténua luz del atardecer completando la de las velas que salía de la iglesia, y los pasos bailando a hombros de cofrades como si se mecieran sobre el césped, daba una impresión única a la escena, que nunca podré olvidar.

TOMÁS DE SIERRA

De Tomás de Sierra procesionan dos pasos, el Jueves Santo La Virgen Dolorosa, que repite el modelo creado por Juan de Juni para la cofradía de Las Angustias de Valladolid, aunque consiguiendo una versión de mayor dulzura y delicadeza; y el Viernes Santo La Lanzada (conocido popularmente como El Longinos), realizado por Tomás de Sierra y otros escultores de su taller, como Andrés de Oliveros, en el siglo XVII. Con nueve imágenes, destacan por su belleza, la de la Virgen María, la Magdalena y el Sayón de la Lanza, (conocido popularmente como El Chatarrilla). Es uno de los llamados Pasos Grandes, pesa en torno a 1.400 kilos.

Así que de la web de la cofradía de la Crucifixión tomamos su biografía. Nacería hacia 1654 en Santalla (El Bierzo. León), obispado de Astorga, siendo hijo de Baltasar de Sierra Vidal y de Catalina Rodríguez. Después de haber estado avecindado en Valladolid, marchó a vivir a Medina de Rioseco donde, el domingo 5 de enero de 1681, contrajo matrimonio en la parroquia de Santiago con Inés de Oviedo Calla natural de esta última población.

La familia de Tomás de Sierra vivía en sus casas propias de la entonces denominada calle Carpintería, situada en la parroquia de Santa María, y contaba con una vivienda que disponía al menos de una sala principal, sala segunda, taller, sala baja y otro cuarto en el que vivía de forma independiente el hijo mayor sacerdote. El escultor falleció en la madrugada del día 23 al 24 de enero de 1725, hacia las 6 horas de la mañana, sin hacer testamento, enterrándose su cadáver el día 24 en la iglesia parroquial de Santa María.

La enumeración de los hijos –diez- de Sierra que se dedicaron al arte permite inmediatamente pensar en el mantenimiento de un taller familiar con gran capacidad para absorber encargos, debido al número de integrantes y al grado de especialización. Incluso, ostentando uno de ellos (Francisco) la condición sacerdotal y siendo otro (Jacinto) miembro de una orden religiosa, las garantías de recibir contratos se verían notablemente incrementadas. No obstante, en el momento de contratar el grandioso retablo mayor del templo de Santiago (1704), Tomás de Sierra se vería auxiliado, además de por numerosos oficiales, por su hijo mayor Francisco que contaba entonces 23 años, y por el que sería su yerno Cayetano Carrascal, no pudiendo intervenir en este encargo sus restantes hijos por ser aún muy jóvenes.

( Ecce Homo de Juan de Juni. Museo de la Catedral de Valladolid) (*)

Artista extraordinariamente prolífico, su catálogo de obras está todavía por precisar pero documentadas se encuentran al menos las siguientes: con el ensamblador Alonso del Manzano trabajó en el retablo de la ermita de la cofradía de la Quinta Angustia de Rioseco (1692); retocó varias esculturas, aligerando el «paso» de Longinos y haciendo las esculturas de Nuestra Señora, San Juan, la Magdalena y un soldado (1692); hizo un Santiago matamoros, para el retablo de Villalba de los Alcores (1692-1693); a Villagarcía de Campos envió un Niño de Pasión (1694) por el que cobró 370 reales ;200 de madera y peana; 110 de encarnación y 60 de ojos, lágrimas, cabellera, camisa y cintas; así como numerosas esculturas para la capilla del Relicario (1695); trabajó las esculturas del retablo de Villalón S. Pedro, S. Andrés y S. Pablo, Asunción y ángeles (1696); otros cinco santos jesuitas para Villagarcía de Campos (1699); las esculturas del retablo de Villamuriel de Cerrato S. Lorenzo y S. Francisco de Paula y relieves (1699); los Padres de la Iglesia del retablo de Baquerín de Campos; las de San Juan Bautista y Santa Inés para Castroponce (1703); toda la escultura del mencionado retablo mayor de Santiago de Medina de Rioseco (1704); un Crucifijo, San Francisco Javier y San Antonio de Padua para Rabanales (1713); las esculturas del retablo mayor de Valverde de Campos (1714); un Cristo con la cruz a cuestas para la Cofradía del Nazareno de Palencia (1716); las esculturas del retablo mayor de Herrín de Campos (1720); una Asunción para el retablo de Valdearcos de la Vega (1724), etc. Más otras muchas atribuidas.

Solamente en el momento de fallecer tenía en su casa 39 esculturas, tal vez dispuestas para la venta directa, y más de 20 concluidas para satisfacer diferentes pedidos. Cuando murió Tomás de Sierra en 1725, el taller familiar continuó trabajando muy activamente, dirigido seguramente por Francisco. En él permanecía José, el escultor, a quien en 1719 había casado su hermano cura con María Cornejo y Tomás, el pintor que contrajo matrimonio con Catalina Escobedo», mientras que Jacinto viviría en algún convento de su orden (Valladolid, El Abrojo, Ayllón). y Pedro en aquel momento, se encontraba ausente de Rioseco «trabajando en el oficio de escultor en las obras que S.M. está haciendo en el Real Sitio de Valsain.

ESCULTORES FORÁNEOS EN RIOSECO

A imitación de los conjuntos vallisoletanos, se encargaron a artistas de esa procedencia los grandes conjuntos del Descendimiento y la Crucifixión, y de ese modo se fue creado un rico patrimonio escultórico compuesto actualmente por veintidós pasos en los que trabajaron además de los escultores locales citados, otros foráneos como Francisco Díez de Tudanca, Manuel Borje o Andrés de Oliveros. A una iconografía propia, surgida en los talleres locales, se sumó la creada por los grandes maestros vallisoletanos, como Juan de Juni o Gregorio Fernández, cuyos modelos también se quisieron emular.

( El Descendimiento, o “La Escalera”. 1.663. Obra de Francisco Diez de Tudanca) (*)

Francisco Díez de Tudanca es el autor del otro de los llamados Pasos Grandes que desfilan el Viernes Santo, «El Descendimiento de la Cruz» (conocido popularmente como La Escalera), compuesto por seis figuras realizadas en el siglo XVII por este escultor y una más, la de la Virgen (conocida popularmente como La Malquerida) añadida en el siglo XX y realizada por Mariano Nieto. Reproduce el diseño del paso homónimo de la cofradía de la Vera Cruz de Valladolid. Su dificultad de manejo estriba en la considerable altura del conjunto. Posee la leyenda de que la mujer que toca desde un balcón, durante la procesión, el pie de la imagen de José de Arimatea, se casa al año siguiente.

DEL BARROCO EN CASTILLA-LEÓN

Finalmente, hemos visto en la web artevalladolid un interesante resumen del barroco que nos permite enmarcar la escuela riosecana en el conjunto castellano leonés. Durante gran parte del siglo XVII la escuela castellana tiene casi como el único referente a Valladolid. La escultura vallisoletana tiene su máximo, y casi exclusivo, exponente en Gregorio Fernández (1576-1636), el cual extiende su influencia a lo largo de todo el noroeste español, desde Galicia hasta Navarra. También envió obra a Madrid, Extremadura, Valencia, Portugal e incluso América. Además de Valladolid, los otros focos escultóricos pujantes fueron Toro y Salamanca, los cuales mantienen su importancia tanto en el siglo XVII como en el XVIII.

A comienzos de esta decimoctava centuria cobra especial relevancia Medina de Rioseco, con los Sierra como protagonistas. Valladolid, en el primer tercio del siglo XVII se vio monopolizado en un primer momento por Francisco del Rincón (h.1567-1608), introductor del naturalismo en Valladolid, y poco después por Gregorio Fernández (1576-1636), sus oficiales, discípulos e imitadores, entre los cuales cabe destacar a Andrés de Solanes. Tras el óbito de Fernández apenas existen obras que acusen una personalidad independiente, los comitentes demandaban modelos fernandescos y los artífices se doblegaban a ello. Todo ello condujo a una monotonía y similitud de estilos que hace que sea muy complicada la clasificación y atribución de multitud de obras anónimas que pueblan las iglesias, conventos y museos de gran parte de Castilla. Los artífices más importantes de estos momentos fueron Francisco Alonso de los Ríos (h.1595-1660), Bernardo del Rincón (1621-1660), Alonso de Rozas (h.1625-1681) y Juan Rodríguez (h.1616-h.1674). Rozas fue el “encargado” de evolucionar los modos y tipos de Fernández, otorgándoles un mayor movimiento y barroquismo.

( Detalle del Jesús atado a la columna de Gregorio Fernández. Iglesia de la Vera Cruz de Valladolid) (*)

Ya finales del siglo XVII y primeros años del XVIII los recuerdos de Fernández van paulatinamente desvaneciéndose. Es un momento de transición. Los pliegues se suavizan poco a poco, acabando por desaparecer las quebraduras a lo Fernández. En estos momentos los talleres vallisoletanos comienzan a vivir una segunda juventud: en la ciudad surgen grandes maestros como Juan de Ávila (1652-1702) y José de Rozas (1662-1725), a los que hay que añadir la llegada de otros artífices de primera categoría, caso del gallego Juan Antonio de la Peña (h.1650-1708).

Ya en el siglo XVIII las lecciones de Gregorio Fernández han sido ya plenamente superadas. Es un periodo en el que entran de lleno las corrientes europeas, aunque muchos escultores no participarán de ellas. Dos son los artífices que nos muestran estos nuevos aires foráneos: Pedro de Ávila (1678-1755) y Pedro de Sierra (1702-1760/1761). Ávila será el primero que haga uso de los pliegues a cuchillos creados y popularizados por Gian Lorenzo Bernini más de medio siglo atrás. Es por tanto una influencia italiana. La otra, la francesa, tiene por embajador a Pedro de Sierra, el cual recibe influjos galos en las obras del Palacio Real de La Granja de San Ildefonso de manos de los escultores René Frémin y Jean Thierry. Esta influencia se hará notar en la delicadeza y dulzura de las tallas, con unas formas más bellas y agradables a la vista. El último gran escultor del barroco vallisoletano fue Felipe Espinabete (1719-1799).

TORO

Durante el siglo XVII trabajan allí dos maestros muy particulares que a lo largo de un amplio periodo de tiempo trabajaron codo a codo, formando una de las escasas compañías de escultores conocidas. Son los denominados “Maestros de Toro”: Esteban de Rueda (h.1585-1626/1627) y Sebastián Ducete (1568-1620). Ambos artífices basculan entre el Manierismo y el primer barroco. En ellos se perciben influjos de dos de los grandes maestros castellanos: en Rueda el de Juan de Juni y en Ducete el primer estilo de Gregorio Fernández. Cuando ambos escultores unen su talento crean obas que muestran una perfecta síntesis del estilo de ambas leyendas y de ellos mismos. Ya en el siglo XVIII germina uno de los clanes más importantes del país: los Tomé. El fundador fue Antonio Tomé, el cual engendró a los escultores Narciso (1690-1742) y Diego y al pintor Andrés Tomé. Otro miembro de la familia es Simón Gavilán Tomé (1708-h.1791), sobrino de Antonio y primo de Narciso, Diego y Andrés, que trabaja fundamentalmente para Salamanca. Los tres hermanos suelen trabajar de manera conjunta. Así, entre sus obras más destacadas se encuentra las esculturas de la fachada de la Universidad de Valladolid y, por supuesto, el Transparente de la Catedral de Toledo. Ambas obras son el cénit de la escultura civil y religiosa, respectivamente, de su momento. …

( Resucitado de Francisco del Rincón , siglo XVII) (*)

MEDINA DE RIOSECO, FOCO PUJANTE EN EL XVIII

Durante el siglo XVIII la actividad de los tres territorios decae de forma notable, tan solo se salva la retablística burgalesa, lo que sin duda favoreció a la escultura. En cambio, en este momento surgen otros dos focos pujantes: Medina de Rioseco y Palencia. Si bien Rioseco ya había gozado de buenos artífices durante el siglo XVII no fue hasta la llegada del berciano Tomás de Sierra (h.1654-1726) cuando la escuela cobra gran vigor. El legado de Sierra a Rioseco no solo fue el de cuantiosas creaciones sino el de una amplia saga familiar que se prolongaría hasta finales del siglo XVIII. La generación siguiente fue la de sus hijos: los escultores Pedro (1702-1760/1761), José (1694-1751) y Francisco (1681-1760), el pintor Tomás de Sierra “el joven” (1687-1753) y el ensamblador y religioso Fray Jacinto (1698-¿?). A estos les sucedieron los hijos, sobrinos y algún nieto de José. Rioseco durante el barroco y parte del neoclasicismo aparece indisolublemente unido a esta gran familia. Palencia, por su parte, cuenta en el siglo XVII con la familia de escultores Sedano, cuyo artífice más destacado, Mateo Sedano (h.1612-1686), emparenta con nuestro Juan de Ávila, siendo, asimismo, abuelo de Manuel de Ávila. En el siglo XVIII Palencia destaca en el campo de la retablística con Gregorio Portilla (a.1691-d.1752), Pablo Villazán (1680-d.1731) y Juan Manuel Becerril (h.1730-d.1781). La escultura de este momento llega desde los territorios limítrofes: Valladolid, Medina de Rioseco, Cantabria y Burgos.


(*) Para ver las fotos que ilustran este artículo en tamaño mayor (y Control/+):
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Tres foramontanos en Valladolid

Con el título Tres foramontanos en Valladolid, nos reunimos tres articulistas que anteriormente habíamos colaborado en prensa, y más recientemente juntos en la vallisoletana, bajo el seudónimo de “Javier Rincón”. Tras las primeras experiencias en este blog, durante más de un año quedamos dos de los tres Foramontanos, por renuncia del tercero, y a finales de 2008 hemos conseguido un sustituto de gran nivel, tanto personal como literario.

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