Para que lo trabajara y custodiase. 24. Alfalfares. 1

Por Carlos de Bustamante

( Campos y amapolas. Acuarela de José M. Arévalo) (*)

Camino del caserío, el amo de turno rumiaba apesadumbrado su fracaso con las remolachas en los dos cachos mejores de la Dehesa. Sumido en pensamientos que presagiaban el total fracaso de ilusiones y proyectos, por el momento no tuvo el menos común de los sentidos de indagar el porqué de lo que pudiera ser motivo de ruina o de padecer necesidades personales y familiares. Y, sobre todo, para tomar luego las medidas oportunas.

Una mirada, un pensamiento, un levantar los ojos de la tierra, hicieron que algo nimio, le sacara del pozo pesimista donde había caído. Una familia de arrendajos que pasó rauda por encima del camino por el que transitaba en triste deserción, hizo que alzase los ojos a lo alto. La tonalidad intensa azul, negra, marrón y verde de los pajarracos multicolor, hizo que en un instante de lucidez recordara lo que, leído y meditado, se le quedó grabado:

“No andéis preocupados por vuestra vida, qué comeréis, ni por vuestro cuerpo, con qué os vestiréis. ¿No vale más la vida que el alimento, y el cuerpo más que el vestido? Mirad las aves del cielo: no siembran, ni cosechan, ni recogen en graneros; y vuestro Padre celestial las alimenta. ¿No valéis vosotros más que ellas? Por lo demás, ¿quién de vosotros puede, por más que se preocupe, añadir un solo codo a la medida de su vida? Y del vestido, ¿por qué preocuparos? Observad los lirios del campo, cómo crecen; no se fatigan, ni hilan. Pero yo os digo que ni Salomón, en toda su gloria, se vistió como uno de ellos. Pues si a la hierba del campo, que hoy es y mañana se echa al horno, Dios así la viste, ¿no lo hará mucho más con vosotros, hombres de poca fe? No andéis, pues, preocupados diciendo: ¿Qué vamos a comer?, ¿qué vamos a beber?, ¿con qué vamos a vestirnos? Que por todas esas cosas se afanan los gentiles; pues ya sabe vuestro Padre celestial que tenéis necesidad de todo eso. Buscad primero su Reino y su justicia, y todas esas cosas se os darán por añadidura. Así que no os preocupéis del mañana: el mañana se preocupará de sí mismo. Cada día tiene bastante con su propio mal”.

En aquel mismo instante y como si se mirase en un espejo, se vio retratado en estas palabras dirigidas a él. Hizo un alto en el camino hacia la nada. Bien embutido en la zamarra a prueba de “iviernos” por crudos que fueran, tomó asiento en el “roble del abuelo” y meditó. ¿No sabía acaso cómo el rentero, trabajando, sí, la tierra, lejos de custodiarla sembró año tras año remolachas en el mismo cacho sin la debida rotación de cultivos, hasta dejar las tierras esquilmadas? ¿A qué ton, pues, ahora lamentos y tristezas? Si bien compendió “divinamente” que, alegrías, angustias, éxitos o fracasos no podían -no debían- quitarle paz, entendió también que, el abandono en la confianza de lo que Dios permitía, en absoluto quitaba el poner todos los medios humanos para solucionar el problema.

Convencimiento que refrendó con la seguridad de que esos medios que determinó tomar, eran también santificadores y santificables, aunque esto se tuvo olvidado durante siglos .Por ser unas palabras de Dios y porque le venían otras pintiparadas, ¿quién era él para no confiar en ellas? ¿tenía, pues, sentido su abatimiento por esperar mucho de los remolachares frondosos de hojas si, como la higuera del evangelio, no tenía higos; o sea, remolachas hermosas en este caso? Y por “sólo” humano pero santo, también se le “vinon a las mientes” las impactantes palabras que un día, ya lejano escuchó `del santo de lo ordinario´:

“Por el contrario, debéis comprender ahora con una nueva claridad que Dios os llama a servirle en y desde las tareas civiles, materiales, seculares de la vida humana: en un laboratorio, en el quirófano de un hospital, en el cuartel, en la cátedra universitaria, en la fábrica, en el taller, `en el campo´, en el hogar de familia y en todo el inmenso panorama del trabajo, Dios nos espera cada día. Sabedlo bien: hay un algo santo, divino, escondido en las situaciones más comunes, que toca a cada uno de vosotros descubrir. Palabras inolvidables que, siguen con las que siguen que pusieron el broche a sus muchos pesares:

“No hay otro camino, hijos míos: o sabemos encontrar en nuestra vida ordinaria al Señor, o no lo encontraremos nunca. Por eso puedo deciros que necesita nuestra época devolver a la materia y a las situaciones que parecen más vulgares su noble y original sentido, ponerlas al servicio del Reino de Dios, espiritualizarlas, haciendo de ellas medio y ocasión de nuestro encuentro continuo con Jesucristo”.

En llegando a casa, y con ánimos animosos, buscó la solución al problema. Lo encontró
cuando vio la vacada que se dirigía a los pastos donde sólo “cuatro yerbas” secas en hibernación no saciarían el apetito voraz del ganado. ¡¡La afalfa!!, resonó en sus adentros como la solución que el agua de mayo lo era para los prados resecos. Con la sonrisa de oreja a oreja, rebuscó en su bien nutrida biblioteca el libro donde había estudiado por afición las propiedades de esta leguminosa. Leyó con avidez: La alfalfa, cuyo nombre científico es Medicago sativa, es una especie de planta herbácea perteneciente a la familia de las Fabáceas o leguminosas. La palabra se deriva de la alfalfa árabe, específicamente la frase al-fac-facah que literalmente significa «Padre de todos los alimentos», ya que es tan rica en nutrientes esenciales. Nuestros antepasados consideraban claramente a la alfalfa vital para su vida cotidiana. Lo utilizaron no sólo para su propio consumo, sino para alimentar a su ganado `y para fertilizar mejor sus tierras agrícolas debido a su gran cantidad de vitaminas y minerales´…

¿Para qué quería saber más…? Aunque era `ivierno´, `deseguida´ se puso manos a la obra. Llamó al señor Rufo, el cachicán y dispuso que, `en cuantis´ estuvieran libres las más de ochenta obradas de las remolachas como `acenorias´ mal criadas, dejase las tierras `embasuradas y como una carta´. Ante los ojos interrogantes del cachicán, le aclaró que era para sembrarlas de alfalfa y así devolverlas lo que las quitó el rentero hasta dejarlas` marrotadas´. ¿Qué te parece? -añadió para terminar.

Se rascó el señor Rufo los cuatro pelos bajo la gorra y por toda respuesta le dijo: ¡Uy Dios, quisió…!

Según salía de `en cá el amo´, mascullaba entre dientes: “¡Amusqué, ande quedrá ir estihombre con tanto forraje, si nian que tendríamos el doble de bestias, vacas y uvejas y se empanzasen de alfalfa, entodavía sobraría mu bien della… ¡Velay que diquiá la primavera cambeen las tornas y lentre el juicio! Si no, pa mí que trastorna. ¡A ver!”, finalizó.

Si Dios es servido, en (2) veremos…


(*) Para ver la foto que ilustra este artículo en tamaño mayor (y Control/+):
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Tres foramontanos en Valladolid

Con el título Tres foramontanos en Valladolid, nos reunimos tres articulistas que anteriormente habíamos colaborado en prensa, y más recientemente juntos en la vallisoletana, bajo el seudónimo de “Javier Rincón”. Tras las primeras experiencias en este blog, durante más de un año quedamos dos de los tres Foramontanos, por renuncia del tercero, y a finales de 2008 hemos conseguido un sustituto de gran nivel, tanto personal como literario.

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