El convento de San Francisco y sus joyas en Valladolid

Por José María Arévalo

(Plaza Mayor con el convento de san Francisco, en pintura de la época)

La búsqueda , en la calle Constitución, de los restos del lider irlandés O’Donnell, sobre lo que escribimos en estas páginas el pasado 23.06.20, han puesto de moda estos días al convento de San Francisco, cuya capilla de la Maravillas ha quedado al descubierto en las excavaciones. Dice la prensa que ya han terminado estas y lo que queda ahora es el análisis de laboratorio de los diversos esqueletos encontrados, lo que se prevé va para largo. Entre tanto se sigue hablando del desaparecido Convento, algunas de cuyas joyas artísticas siguen en Valladolid, concretamente en el Museo Nacional de Escultura, como ahora veremos. Pero antes vamos a recordar algo más del convento.

El Convento de San Francisco, cuyos restos han salido a la luz estos días -informaba la agencia Ical en El Día- se erigió durante seis siglos como el epicentro de la vida vallisoletana, un microcosmos con su iglesia, 33 capillas, cuatro claustros y casas particulares en su interior. Durante seis siglos, desde su construcción en el siglo XIII cuando la reina Violante cedió los terrenos a los franciscanos y hasta su total demolición, que comenzó el 1 febrero de 1837 tras la desamortización, el Convento de San Francisco era el centro de la vida en la ciudad.

“Una de las investigadoras que más a fondo han estudiado el Convento de San Francisco es la historiadora vallisoletana María Antonia Fernández del Hoyo, integrante de la Real Academia de Bellas Artes de la Purísima Concepción de Valladolid y la persona elegida por el Consistorio este año para pregonar la frustrada celebración de la Semana Santa de la ciudad. A su juicio, lo más importante del complejo que conformaba el convento, más allá de las obras de arte únicas que atesoraba, era su propia situación, algo que, a la postre, “acabó labrando su propia ruina”. “Su desaparición supuso una pérdida cultural irreparable, aunque su demolición propiciara una importante transformación urbanística en la ciudad”, señala.

Según explica en declaraciones a Ical, el Convento de San Francisco ocupaba un terreno muy extenso, desde la antigua Plaza del Mercado (actual Plaza Mayor) hasta la calle Verdugo (actual Montero Calvo) por un lado, la calle de los Olleros por otro (actual Duque de la Victoria) y la calle Santiago. La información que hoy se conserva sobre el complejo emana de un profuso estudio escrito por el franciscano palentino Matías de Sobremonte en 1660, titulado ‘Noticias Chronographicas y Topographicas del Real y religiosísimo convento de los Frailes Menores Observantes de S. Francisco de Valladolid, cabeza de la Provincia de la Inmaculada Concepción’. Conservado en la Biblioteca Nacional de España, el documento apareció a comienzos del siglo XX en el Convento de las Descalzas Reales, donde había sido custodiado desde la demolición de San Francisco, y en él Sobremonte da detallada cuenta de la vida en el interior del Convento, los frailes más importantes que por allí pasaron o una descripción física de cada una de sus estancias.

(El Cristo de El Santo Entierro de Juan de Juni)

El Convento, explica Fernández del Hoyo, era un hervidero de actividad que albergaba en su interior una iglesia, los edificios conventuales, 33 capillas, cuatro claustros, varios patios, huertas y jardines, la hospedería exterior, un hospital e incluso casas particulares y su propio pozo de nieve, para garantizar el servicio de hielo durante el verano. “Además allí se impartía justicia y tuvo una estrecha relación con el propio Ayuntamiento de la ciudad, porque llegó a acoger también parte de las dependencias y concejalías del Consistorio”, explica, además de recordar que en el seno de San Francisco nacieron cofradías como la de la Vera Cruz, que pervive en nuestros días.

El Convento, que llegó a ser uno de los más grandes de España, tenía dos accesos. El principal se encontraba en la antigua Acera de San Francisco (en la Plaza Mayor), con una gran puerta ornamental donde un reloj marcaba los hitos de la vida diaria (a sus pies se realizaban por ejemplo las subastas del encargo de nuevos retablos). A través de ese pórtico se accedía a un gran patio que dejaba paso a la iglesia, y después a todo lo demás. Sin embargo el acceso más utilizado en la época era el otro, ubicado donde arranca la actual calle Constitución.

“El interior del Convento era un laberinto”, señala Fernández del Hoyo, que subraya que el peso del clero regular y de los frailes “era enorme” en la sociedad durante los seis siglos en que San Francisco estuvo en pie. “Los religiosos influían en todos los aspectos de la vida, también en los urbanísticos, y por eso había conventos y monasterios descomunales”, relata. Según apunta, es a mediados del siglo XVIII cuando los conventos alcanzan su apogeo en Valladolid, ya que tras concluir las obras del de Filipinos coinciden operativos hasta 48 en la ciudad.

(Parcial de El Santo Entierro de Juan de Juni)

LAS CAPILLAS

En cuanto a las 33 capillas que existían dentro de San Francisco, la historiadora señala que algunas de ellas eran muy grandes, y albergaban en su interior numerosos enterramientos, algo que también sucedía en todo el claustro e incluso dentro de la iglesia, en la capilla mayor, perteneciente a los Condes de Castro.

“La gente de noble linaje o quienes tenían poder económico intentaban comprar capillas en los principales conventos porque eso les ‘garantizaba’ que los frailes dirían misas por ellos y por sus familias ‘hasta que se termine el mundo’, como recogían expresamente algunos contratos. Con ellas buscaban la salvación eterna, y también había sin duda cierto componente de vanidad en poseer tu propia capilla”, explica la historiadora.

Una de las principales capillas del Convento era la de los Condes de Cabra, que fue rebautizada con diferentes nombres a lo largo de la historia. Así, hasta 1617 se conocía como Capilla de San Antonio, pues en su altar, bajo un dosel, se encontraba la imagen del santo, y a partir de 1617 se denominó Capilla de la Concepción, pues en ella había otra imagen de Nuestra Señora de ese misterio. En 1660, cuando Sobremonte escribe su crónica, ya se conocía como Capilla de las Maravillas, por una imagen de vestir de Nuestra Señora de las Maravillas que allí colocó entre 1647 y 1649 María Seco, la mujer de Alonso Sánchez.

Respecto al espacio de la capilla, el franciscano detallaba: “Esta capilla cuadrada, grande y alta, cúbrela en lugar de bóveda un techo de madera enlazada con agrios y viajes a lo antiguo (un artesonado). La vidriera grande que cae al claustro alto y el chorrillo hizo el convento y lució la capilla siendo presidente in capite fray Antonio Daza en 1617, cuando se colocó en ella la imagen de la Concepción, y entonces se abrió aquella puerta grande en frente de la Capilla Mayor porque en lo antiguo esta no tenía más que la puerta que sale al primer paso del claustro”.

Respecto a los muchos cuerpos que estos días han aparecido entre los muros este y oeste que han salido a la luz con las excavaciones, despertando el interés de medios internacionales por la posibilidad de que se recupere el cuerpo del héroe irlandés Hugh O’Donnell, Sobremonte dejaba también algunas indicaciones ya en 1660 de los muchos enterramientos que por aquel entonces ya se habían realizado en la Capilla: “El Convento, de muchos años a esta parte, ha enterrado en los lechos de sepulturas que en ella hay a quien le ha parecido, aunque siempre se ha atendido a que sean personas principales”. Así, en la relación que dejó escrita entonces aludía entre otros a que en la capilla reposaban los restos de un caballero apellidado Vaca (enterrado en la capilla en 1510), Juan Pacheco (1556), la madre del comendador de Wamba (1557), Isabel Rodríguez, mujer de Juan de Arriola (1573), Gerónimo de Lara (1576), Ladrón de Guevara, hijo del doctor Arteaga (1549), el doctor Valdés Inquisidor (1555), Juan de Gonia, arcediano de Osma (1558), el caballero napolitano Nelio Chrison (1577), un bebé de cuatro meses, hija de Luis de Toledo (1577), el caballero riojano Juan de Ponnes (1583), Dionisio de Castro (1588), el doctor Tiedra (1593) o el licenciado Villacorta (en 1616).

(Sillería del convento de S. Francisco)

CRISTÓBAL COLÓN

Nada se dice pues en su crónica del entierro en la capilla tanto de Cristóbal Colón en 1506 (sus restos fueron trasladados a la capilla de Santa Ana del Monasterio de la Cartuja en Sevilla en 1509), ni del irlandés Hugh O’Donnell, rey de Tyrconnell, en 1602. En el testamento de O’Donnell, que se conserva en el Archivo General de Simancas con fecha del 7 de septiembre de 1602, este trasladaba sus poderes a su hermano Rory O’Donnell, y manifestaba su voluntad de ser enterrado en el capítulo del Convento de San Francisco de Valladolid.

Como recoge Sobremonte, es la Capilla de los Condes de Cabra la que actuaba como Sala Capitular del Convento, y donde por tanto allí donde se celebraba tanto el capítulo de la orden (la reunión periódica de los frailes del Convento) como el capítulo general, cuando se congregaban los integrantes de diversas órdenes para abordar asuntos de las congregaciones o de la propia comunidad.

Tras la desamortización, la especulación afectó “de manera salvaje” a San Francisco, que se derriba totalmente, reutilizando algunas de sus piedras para las nuevas aceras o para embaldosar la entrada al Ayuntamiento de entonces, que terminaría destruyéndose a su vez en 1879. Fernández del Hoyo cita el manuscrito de Telesforo Medrano donde este recogía cómo, “de buenas a primeras, y con apenas ocho horas de margen, obligaron a los frailes a salir de los conventos, casi ‘con lo puesto’, y cada uno se marchó donde pudo. Medrano cuenta cómo se vendió todo lo que había en el Convento, desde las maderas y las baldosas hasta el vinagre”, concluye.

Las joyas del convento de San Francisco que siguen en Valladolid

“Las excavaciones arqueológicas desarrolladas desde el pasado 18 de mayo en la calle Constitución –explica El Día- han sacado a la luz restos de uno de los grandes tesoros patrimoniales del Valladolid del pasado milenio. En su interior se atesoraban joyas artísticas de toda índole, que sufrieron diversas suertes tras la desamortización. Algunas desaparecieron por completo (como sucedió con la Inmaculada de Gregorio Fernández), otras se devolvieron a sus legítimos propietarios en el raro caso de que estos pudieran acreditarlo (como sucedió con el retablo de ‘La piedad’ de Gregorio Fernández, que ahora puede admirarse en la Iglesia de San Martín), y algunas que carecían de dueño legítimo se depositaron en el Museo de Bellas Artes en el Palacio de Santa Cruz, que en 1933 (durante la II República) adquirió la categoría de Nacional y se enriqueció con obras del Museo del Prado, antes de trasladarse al Colegio de San Gregorio convirtiéndose en el Museo Nacional de Escultura”.

Esa referencia a la desaparecida Inmaculada de Gregorio Fernández me ha recordado la lucha de mi amigo Luis Barco porque se incluyera en El Carmen Extramuros una placa reconociendo la donación que realizó su familia de la talla de la Inmaculada de Gregorio Fernández que se encuentra ahora en la capilla contigua al lado del evangelio; como abogado presentó el caso ante los Tribunales, pero no obtuvo éxito. Pienso que esa Inmaculada puede ser la desaparecida del convento de San Francisco que por la desamortización paso a manos de su familia, que después la donó al Carmen Extramuros. Es increíble que la familia Barco no haya obtenido ningún reconocimiento por la donación de tan importante talla, pero así es la vida.

En el Museo Nacional de Escultura pueden contemplarse en la actualidad el relieve ‘Milagro de San Cosme y San Damián’, atribuido a Isidoro Villoldo (1557); el anónimo atribuido al Taller de Bravante ‘Retablo de la vida de la Virgen’ (1515-1520); dos piezas ejecutadas por el riosecano Pedro del Sierra en 1735 (su ‘Virgen Inmaculada’ y la Sillería de Coro, instalada ahora en la Capilla del Museo); una obra de primera época de Gregorio Fernández como ‘San Diego de Alcalá’; y dos obras fundamentales de Juan de Juni: ‘San Antonio de Padua con el Niño’ (1560-1577) y el ‘Santo Entierro’ (1541-1544), que comparten espacio en la Sala 8 del Museo Nacional de Escultura.

(Inmaculada de Pedro de Sierra)

El propio centro detalla en sus redes sociales el catálogo de obras que guarda y ofrece información sobre cómo era el emblemático edificio desaparecido durante la desamortización de Mendizábal.

El museo ha abierto ahora, con el confinamiento, sus puertas virtuales para descubrir una parte de las obras que decoraban la capilla de Maravillas, una de las tantas con las que contaba el desaparecido convento franciscano. En el paseo virtual, el Museo de Escultura muestra una curiosa «caja» de madera de nogal procedente posiblemente de Amberes, muestra de la alta valoración que las obras de importación flamenca alcanzó en Castilla.

Desde el Museo también se explica que la sillería del convento ingresó en 1842 en el centro, entonces ubicado en el palacio de Santa Cruz. En 1933 se trasladó al coro alto de la capilla del Colegio de San Gregorio.

En fin, el Convento de San Francisco ahora de moda; esperamos que las excavaciones de la calle Constitución den más resultados, ya les contaremos.

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Tres foramontanos en Valladolid

Con el título Tres foramontanos en Valladolid, nos reunimos tres articulistas que anteriormente habíamos colaborado en prensa, y más recientemente juntos en la vallisoletana, bajo el seudónimo de “Javier Rincón”. Tras las primeras experiencias en este blog, durante más de un año quedamos dos de los tres Foramontanos, por renuncia del tercero, y a finales de 2008 hemos conseguido un sustituto de gran nivel, tanto personal como literario.

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