Las hormonas causan que los hombres sean más agresivos

Por José María Arévalo

(“Gente”, acuarela de Luis Cámara en Facebook)

Un artículo de Irene Hernández Velasco en El Mundo sobre la “Testosterona:  la hormona  que nos  domina… y que  nos divide”, me ha parecido del mayor interés para entendernos hombres y mujeres. “Frente al dogma -comenzaba el artículo- de que sólo la educación  explica las diferencias entre géneros, un  polémico ensayo sostiene que la biología  cuenta… y mucho”. Yo hubiera dicho lo contrario, que lo que creíamos los de mi generación -y llego este año a los 80- es que la diferencia entre hombre y mujeres es sobre todo biológica, y que las feministas y gente LGTB son las que ahora sostienen que es la educación lo que los distingue. Bueno, da igual, lo importante es la afirmación científica a que se refiere el artículo-

“Las hormonas causan que los hombres tengan más líbido y sean  más agresivos que las mujeres”, dice  Carole Hooven, autora de ‘Testosterona’. Frente a ello hay un mantra que se repite ahora por las feministas sin  cesar, que dice así: no  hay bases biológicas que  hagan a las mujeres  comportarse de un modo y  a los hombres de otro;  es únicamente la  socialización, el modo  distinto en que niños y  niñas son educados, lo que  provoca algunas  diferencias de conducta.  Según los adeptos a esta escuela feminista y LGTB, el género es una  construcción social o  cultural, nunca biológica.

Muchos de los que se  atreven a cuestionar ese  dogma son señalados,  criticados, vilipendiados…  e incluso castigados.  No pocos profesores  universitarios y científicos  han sido despellejados o  incluso despedidos por  atreverse a afirmar que la  biología también cuenta.. y  mucho. La revista Nature, sin ir más lejos, anunciaba hace unos meses sus nuevas  pautas para la publicación  de artículos científicos:  rechazará aquellos que  considere contrarios a la  dignidad de las personas y  que pudieran resultar  ofensivos para algunos  segmentos de población.

Ante ese panorama, no  queda más remedio que  reconocer la enorme  valentía de Carole Hooven,  profesora del  departamento de Biología  Evolutiva de la Universidad  de Harvard y autora de un  controvertido libro que  ahora se publica en  España. Se titula  “Testosterona” (Ed. Arpa) y  analiza con rigor científico  y ánimo divulgativo las  implicaciones de esa  hormona, la famosa T.

Ambos sexos la producen pero los hombres tienen  entre 10 y 20 veces más  cantidad que las mujeres.  Y en la pubertad la brecha  se ensancha aún más: los  chicos acumulan unas 30  veces más T que ellas.  Sostiene Hooven que, en  base a los datos existentes,  la T masculinizaría el  cerebro. Sintetizando  mucho sus ideas, todos los  seres humanos se gestarían  inicialmente como del sexo  femenino. Luego serían la T  y otras sustancias las que  harían que algunos se  convirtieran en masculinos.

El libro de Hooven,  en plena espiral polémica,  ha recibido buenas reseñas  académicas por parte de  reputados endocrinos y  biólogos evolutivos,  además de intelectuales  como Steven Pinker. Pero también ha recibido  críticas feroces que la  acusan de simplificar el  funcionamiento de la  sociedad humana.  El motivo: se atreve  sostener, con datos  científicos en la mano, que  la testosterona sí que  desempeña un papel  importante en la conducta  humana.  «Los efectos de la T son  amplios y profundos»,  sentencia Hooven. «La  hormona es la causa de que  los niños prefieran jugar  revolcándose, de que los  chicos quieran competir  con otros chicos, de que los  hombres tengan más libido  y gusto por las nuevas  parejas sexuales y de que  sean atléticamente  superiores a las mujeres».

Hay una buena razón evolutiva para que así sea:  las estrategias reproductivas de los  organismos masculinos y  femeninos son distintas  para maximizar su  reproducción. «Los machos  deben competir, porque  todos los días se generan  muchos millones de  espermatozoides, mientras  que los óvulos son mucho  más escasos», cuenta  Hooven. Los efectos de la T  son amplios en la  musculatura.

Herencia

«Los machos  transforman las calorías en  músculo y en desarrollar un  gran tamaño corporal para  competir reproductivamente, mientras que las  hembras almacenan grasa  mediante estrógenos  porque la necesitan para  gestar a sus crías y  amamantarlas. Está muy  claro, particularmente en  animales no humanos, que  la exposición a altos niveles  de testosterona da forma a  la biología reproductiva  masculina, a las estructuras  involucradas en la  reproducción y el cerebro».  Todo eso haría que, en  varios aspectos  determinantes, la  testosterona marque una  diferencia entre la  psicología y la conducta de  los hombres y la de las  mujeres. Es decir, entre  quienes han estado  expuestos desde el útero  materno a altos niveles de  esa hormona y quiénes no.

Por ejemplo, explicaría, por  qué los niños al jugar son  más dados que las niñas al  contacto físico, algo que  han constatado numerosos  estudios (y no pocos padres  y madres).  También se han  estudiado bastantes casos  de Hiperplasia Suprarrenal  Congénita (HSC), un  trastorno que se da tanto en  chicos como en chicas,  pero sólo afecta  significativamente a la  conducta de las segundas.  Los fetos con HSC están  expuestos a niveles de  testosterona  excepcionalmente elevados  y los efectos son llamativos.  «La exposición de niñas a  altos niveles de  testosterona, incluso antes  de nacer, no sólo  masculiniza nuestros  cuerpos, sino también  nuestros intereses,  preferencias y conductas»,  escribe la autora.

También los experimentos con cobayas, ratas y macacos Rheus apuntan a que cuando se da a las hembras una alta concentración de T en el útero, su conducta se  masculiniza… y cuando a  los machos se les priva de ella, su conducta se  feminiza. La famosa T  también explicaría, siempre  según Hooven, el mayor  apetito sexual de los  hombres, su libido más  elevada y su deseo de  mayor variedad sexual.  Y también explica en parte  por qué los hombres son,  en líneas generales, más  agresivos que las mujeres y cometen más agresiones  sexuales que ellas.

«La T por sí sola no  causa nada», insiste. «Las  hormonas en general, y  específicamente las  reproductivas, bajan ante ciertos  comportamientos cuando  se dan las circunstancias  ambientales adecuadas. Si se expone a un grupo de  hombres y otro de mujeres  a las mismas amenazas  físicas, es más probable  que los hombres  respondan con una  agresión. Eso se debe tanto a que los hombres han  tenido una mayor  exposición a la  testosterona, pero también  que han crecido en una  cultura con determinados  valores masculinos. Las  mujeres, por su parte, son  más propensas a huir y esa  es también una estrategia  reproductiva: peleando  tendrían las de perder y  necesitan tener una vida  larga y saludable para  maximizar la  reproducción».  También las diferencias  en el nivel de testosterona contribuyen a que los  hombres rindan más en la  mayoría de los deportes y a  que los récords del mundo  femenino suelan ser un  10% peores que los  masculinos. «El papel de la  T para convertir a los  chicos en hombres más  grandes, rápidos y fuertes  es una constante en los  manuales de  endocrinología», subraya  Hooven. «Sus potentes  efectos en la altura, la masa  muscular, fuerza y  capacidad aeróbica por  medio de la hemoglobina  confieren ventajas en el  rendimiento deportivo».

Eso sí, las hormonas  sexuales no lo son todo,  sino que el ambiente social  también resulta  determinante: «Si se crece  en una cultura que prohíbe  estrictamente la agresión  sexual, eso realmente  marca una diferencia. La  cultura lo es todo en  términos de acabar con  ciertos comportamientos,  de aplastarlos y de  promover otros  comportamientos. Las  culturas que refuerzan el  matrimonio monógamo y  que los hombres se  involucren activamente en  la crianza de sus hijos  funcionan muy bien».

Un dato curioso: varios  estudios científicos han  observado que, en los  hombres que se implican  en el cuidado de sus hijos,  los niveles de testosterona  suelen bajar. «Se ha visto  también con las aves  monógamas: cuando un  gorrión encuentra a su  pareja y tienen su territorio,  puede haber una reducción  de la T», sostiene Hoover.  «Pero si tienen  descendencia y el macho mantiene  contacto físico con los  polluelos, aún baja más,  algo que no ocurre si el  macho se desentiende de  su prole. Lo mismo sucede  con las personas: cuando  tienen hijos y se implican  en su cuidado, sus niveles  de testosterona bajan».  Si la testosterona  siguiera tan alta como  siempre, probablemente  esos machos se dedicarían  a competir con otros y a  tratar de aparearse con el  mayor número posible de  hembras, lo que supondría  descuidar a sus polluelos.  «Lo que hacen es responder a estímulos  evolutivos que les motivan  a cuidar de sus hijos»,  explica.

«De hecho, si se baja artificialmente el nivel de testosterona de un  hombre al mismo nivel que  cuando tiene un hijo, no se  hace más cariñoso. Se trata  de interacciones genéticas,  ambientales y hormonales  complejas y profundas».  Esta bióloga evolutiva se  queja de la negación a la  que desde hace años se  somete a la biología en todo  tipo de áreas y de la  politización de que es  víctima esa ciencia. «En mi opinión, negar el papel de  la biología y en especial de  las diferencias sexuales se  basa en errores de  razonamiento y en el temor  sobre si se utilizará esa  información para interferir  en el progreso hacia la  igualdad entre los sexos, lo  que podría ser cierto. Pero la forma de combatir eso es  no tergiversando la  realidad, sino educando».

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Tres foramontanos en Valladolid

Con el título Tres foramontanos en Valladolid, nos reunimos tres articulistas que anteriormente habíamos colaborado en prensa, y más recientemente juntos en la vallisoletana, bajo el seudónimo de “Javier Rincón”. Tras las primeras experiencias en este blog, durante más de un año quedamos dos de los tres Foramontanos, por renuncia del tercero, y a finales de 2008 hemos conseguido un sustituto de gran nivel, tanto personal como literario.

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