Campo cerrado, tema abierto

Al fin una necesaria retrospectiva del arte español de los años 40

Campo cerrado, tema abierto
Campo cerrado. Arte y poder en la posguerra española - MNCARS

Arte español de los años 40, tema tabú, asunto tachado, cuestión de prejuicios. Y sin embargo, existió. Y como existe, al fin alguien se atreve a adentrarse. Quién mejor que el teórico responsable oficial, el Museo Nacional Centro de Arte Reina Sofía. El régimen anterior y el actual prefirieron encerrarlo en un paréntesis, pero el actual momento de zozobra pudiera ser buena coyuntura para mirarlo de cerca y sin anteojeras.

La exposición trata de analizar el arte español de los años 40, y para ello elige de forma incomprensible el título de un relato situado en los meses y días previos al 18 de julio. Comisaria y director del museo lo han explicado de muchas maneras, pero ninguna nos resulta convincente. Los años 40 españoles no son un campo cerrado, lo mires como lo mires. Ni por temática, ni por analogía  ni por contraste encontramos la forma de relacionar esta exposición con la novela Campo Cerrado (México, 1943), la novela de Max Aub. Sólo queda elucubrar que es un santo y seña para hacerse perdonar de la izquierda inquisidora el atrevimiento del tema y la honestidad del planteamiento.

Según la comisaria María Dolores Jiménez Blanco, “el período entre 1939 y 1953 fue, sin duda, un tiempo marcado por el miedo y el silencio pero ni siquiera las dificultades ideológicas o materiales lo redujeron a un desierto. Tampoco consiguieron aislarlo ni del exterior ni del pasado. Probablemente, el principal hallazgo de esta exposición es la variedad y la trascendencia de lo ocurrido en un período tradicionalmente considerado como un páramo”. El resultado cuestiona tópicos como la escasez e irrelevancia de la actividad cultural o artística durante la década de los cuarenta, y esboza una imagen de la época que se resiste a las esquematizaciones.

La muestra aporta abundante material inédito procedente de más de 100 colecciones y archivos, tanto públicos como privados. Cerca de un millar de piezas, -unas 100 pinturas, 20 esculturas, 200 fotografías, 200 dibujos, bocetos teatrales, 26 filmaciones, 11 maquetas, 200 revistas y diversos materiales documentales de archivo)-, de más de 200 autores, componen la exposición. Algunas de las obras han sido adquiridas por el Museo para esta ocasión (caso de Pascual de Lara, Tàpies o Luis Castellanos) y algunas no han sido expuestas al público desde los años 70, como ocurre con Retrato del embajador Juan Francisco Cárdenas, de Salvador Dalí, un cuadro muy expuesto en los 40 y en paradero desconocido desde hacía casi tres décadas.

Están presentes el trío inevitable -Picasso, Miró y Dalí- y sus tres posiciones -exilio, retorno y permanencia- que reflejan el abanico en que se movieron los artistas atrapados por una guerra civil y sus consecuencias. También hay interesantes obras realizadas tanto dentro como fuera del país, desde Tàpies hasta Renau, desde Francisco Nieva hasta Maruja Mallo, desde Godofredo Ortega Muñoz hasta Manuel Ángeles Ortiz, desde José Moreno Villa hasta Aurelio Suárez, desde Alfonso Rodríguez de Castelao hasta Hermenegildo Lanz. La fotografía adquiere también mucho protagonismo: Santos Yubero, Gomis, Nicolas Muller o Kindel son imprescindibles para entender la época. Algunos documentales italianos son de tanto interés como las piezas artísticas -por ejemplo el desfile de la victoria de 1939 o el discurso de Franco creando la Sección Femenina junto al castillo de La Mota ese mismo año- al igual que una selección de cine de la época en la que puede verse a un galán muy pinturero llamado Fernando Fernán Gómez. Las revistas -con una selección de portadas de ‘La Codorniz’ de la primera época, de diseño excelente-, y los libros y documentos han resultado igualmente importantes para evocar la trama cultural tanto del interior como del exilio, sin que falten las cartillas de racionamiento y los manuales educativos de parvulario. Mencionemos también la selección de maquetas del enorme trabajo de reconstrucción que se puso en marcha en aquella época, ya fueran nuevos poblados agrícolas, obras públicas o complejos de viviendas, sin que falte esa Casa Sindical que los falangistas levantaron desafiante frente al Museo del Prado para simbolizar una revolución que no se iniciaría.

Especialmente destacable es la selección de esculturas, y especialmente notable en pintura la ausencia de una representación de la fase exultante y exaltadora de representaciones de Franco y la iconografía del nuevo régimen. Apenas tres retratos de José Antonio, Ledesma Ramos y Agustín Zancajo, pintados por Pancho Cossío entre 1943 y 1945. Lo cierto es que esa fase duró poco y fue escasa, al contrario que en otras regímenes autoritarios de izquierdas o derechas.

La muestra es casi inabarcable y propone un mapa con varios caminos posibles y complementarios, que tienen en cuenta las cronologías pero no se someten a la linealidad temporal. Para ello se apoya en bloques temáticos relacionados con aspectos clave de la época que funcionan como capítulos autónomos, aunque entre ellos existan conexiones y encadenamientos.Todo es interesante y todo está tratado con una ecuanimidad digna de reseñar.

 Se estructura en nueve secciones. En ‘Una nueva era’ se solapan la marcialidad de los desfiles militares y la precariedad de las salidas de exilados por la frontera. La tensión en los meses que median entre el final de nuestra guerra y el inicio de la segunda mundial se hace visible en El enigma de Hitler, en el que Salvador Dalí muestra su críptica visión.

En ‘Retornos y Academias’ se refleja la particular vuelta al orden del primer franquismo cultural, una nación que pretende recuperar el pulso en lo artístico y sentar las bases para la reconstrucción o reeducación del arte español, tarea en la que Eugenio D’Ors, Jefe del Servicio Nacional de Bellas Artes y Secretario perpetuo del Instituto de España, jugó un importante papel. Se vuelven a celebrar las Exposiciones Nacionales de Bellas Artes y en 1941 gana el primer premio Julia Minguillón con Escuela de Doloriñas: la primera mujer en conseguir este premio y además con connotaciones republicanas en el tema, dedicado al problemático colectivos de los maestros. Se podría destacar en esta sección el Autorretrato de un joven pintor de Cirilo Martínez Novillo. Surgen los Salones de los Once, y el de 1949, por ejemplo, junta Parafaragamus, de Antoni Tàpies, y el Retrato del Embajador Cárdenas, de Salvador Dalí. El primero se inspira en el espacio de una checa de Barcelona para crear una imagen onírica. El segundo, ya presentado en la exposición oficial de arte español celebrada en 1947 en Buenos Aires, es una aleación de lo español con lo internacional, de la historia con el presente. El Escorial y los personajes centrales de La rendición de Breda de Velázquez, al fondo, crean el contexto adecuado para representar al embajador español en la Francia de Pétain, que posteriormente intervendría en la firma de los tratados hispano-norteamericanos de 1953.

‘Campo y ciudad’ ocupa cuatro salas, y es el núcleo de la exposición, con la pintura de paisaje como vía de renovación plástica de la época,  con una de las primeras series del pintor Josep Guinovart, las acuarelas de José Guerrero y Benjamín Palencia, y el óleo de Juan Manuel Díaz Caneja de 1948, Iban a comunicar, donde aparece una familia dirigiéndose a la cárcel del pueblo para visitar a un recluso. Dos salas nos muestran a continuación la vida en las ciudades españolas, e incluyen breves fragmentos de películas de la época.

Llegará después ‘La irrupción de lo irracional. El postismo’, el primer intento de recuperar el espíritu de las vanguardias, creado en Madrid en 1945 por Carlos Edmundo de Ory. Desde el punto de vista plástico, la obra de Nanda Papiri quizá sea la más sugerente de esta tendencia. Tras ‘Intervalo teatral’, con figurines y decorados de la época en la que penurias, exilios y censuras no impidieron que algunos escenógrafos y pintores realizaran propuestas modernísimas, con la proyección de unos minutos de la función del Tenorio en el teatro María Guerrero de Madrid en 1949, llega ‘Exilios’, uno de los apartados más relevantes, dedicado a la expatriación de una parte de la cultura española y al exilio interior de otra también numerosa.

‘Arquitecturas’ es emblema de la imagen de modernización del país ansiada por el régimen, y ayudó a impulsar la renovación plástica que se venía gestando sobre las bases de la recuperación de la modernidad anterior a la guerra civil, con especial atención al pabellón español de la IX Trienal de Milán de 1951, que constituyó el primer éxito del régimen en foros internacionales: ya no sería una muestra tradicionalista, sino que se propondría un discurso actual, llegando a incluir hasta un pequeño Homenaje a García Lorca. La representación española fue alabada entonces por la modernidad de los espacios del Pabellón y la relevancia de su contenido artístico. Una serie de fotografías, de los Archivos de Santos Torroella y de Coderch, permiten ver el Pabellón en sus detalles.

‘Primitivo, mágico, oscuro’ presta atención al artista alemán Mathías Goeritz, instalado en Madrid después de la Segunda Guerra Mundial, que propuso aunar lo primitivo con lo nuevo para reactivar el arte de vanguardia en España, y al grupo Dau al Set (Dado en el siete), fundado en Barcelona en 1948, que constituye una de las vanguardias de la posguerra española de mayor calado en su época. De alguna forma entronca con el surrealismo anterior y lleva el germen del informalismo hacia el que derivarían posteriormente algunos de sus integrantes, como Antoni Tàpies.

‘Apropiación oficial de lo moderno’ cuenta que a comienzos de los cincuenta el régimen franquista oficializa su posición de apoyo institucional a la modernidad para mejorar su imagen en el marco de la Guerra Fría. Tras el éxito en la IX Trienal de Milán, el 12 de octubre de 1951, día de la Hispanidad y coincidiendo con el quinto centenario de Isabel la Católica, se inaugura la I Bienal Hispanoamericana de Arte con importante presencia de arte no académico, una imagen de apertura y de adaptación a los nuevos tiempos. Organizada por el Instituto de Cultura Hispánica, fue secretario el poeta Leopoldo Panero y tuvo, entre otras sedes, las del Museo de Arte Contemporáneo –recién creado-, el Museo Arqueológico y las de los dos palacios del Parque del Retiro, hoy pertenecientes al Museo Reina Sofía.

La Bienal ofrecía muestras de arquitectura, urbanismo, pintura, escultura, dibujo y grabado que reflejaran una España moderna y católica a un tiempo. Esta apertura permite que se opongan tendencias y generaciones entre los seleccionados. Benjamín Palencia y Daniel Vázquez Díaz son premiados, pero resulta notable asistir al debate figuración-abstracción gracias al encuentro entre las anteriores promociones y los jóvenes de la vanguardia. En esa línea, en agosto de 1953, tiene lugar el Congreso de Arte Abstracto de Santander, acompañado de una Exposición Internacional de Arte Abstracto que supuso el reconocimiento por el franquismo de las tendencias más recientes y polémicas, y sirvió de punto de encuentro a algunos de los artistas que cuatro años después fundan el grupo El Paso, epítome de la pintura informalista española de los cincuenta: Millares, Rivera y Saura. La abstracción informalista será tachada de escapista y colaboradora por el antifranquismo más radical, pero Sempere, Ferreira, Palazuelo y los anteriormente noimbrados, representarán uno de los momentos artísticos más plenos del pasado siglo.

En fin, una imprescindible incursión en un período silenciado por tirios y troyanos. Un período que no responde al estereotipo y que esconde una inflexión en los vencedores de la guerra bastante rápida y bastante notable para modificar el primer enfoque cultural afín a los nacional-socialismos por otro acorde con la propuesta de los vencedores de la segunda guerra mundial. Un giro de más importancia de la que se le viene dando en la supervivencia del régimen franquista. El Catálogo es de gran interés, ya que incluye 15 secciones temáticas repletas de curiosos, reveladores e interesantes textos de la época. Sigue resultando difícil orientarse en este espacio expositivo y el Reina sigue careciendo de una señalética a su altura.

Siendo un eslabón crucial en las dos mitades españolas del siglo anterior, ‘Campo cerrado’ es de imprescindible visita, dado lo necesitados que estamos de información objetiva sobre un pasado que empieza a ser remoto y sin embargo está latente, y que de no asimilarse de una vez por todas, seguirá siendo un obstáculo para avanzar en el futuro.

Aproximación a la exposición (del 1 al 10)
Interés: 8
Despliegue: 6
Comisariado: 7
Catálogo: 8
Folleto explicativo: 8
Documentación a los medios: 8

Museo Nacional Centro de Arte Reina Sofía
Campo cerrado. Arte y poder en la posguerra española. 1939-1953
26 de abril de 2016 – 26 de septiembre de 2016
COMISARIA: María Dolores Jiménez-Blanco
COORDINACIÓN: Patricia Molins, Leticia Sastre y Fernando López
ACTVIDADES RELACIONADAS:
– Vida en sombras. El cine español en el laberinto (1939-1953), 28 abril – 27 mayo, 2016 – 19:00 h. Edificio Sabatini, Auditorio
– Fieramente humanos. Estudios culturales sobre los años cuarenta. Ciclo de Conferencias. 10 de mayo-14 de junio, 2016. Edificio Nouvel, Auditorio 200, 19h.

Autor

José Catalán Deus

Editor de Guía Cultural de Periodista Digital, donde publica habitualmente sus críticas de arte, ópera, danza y teatro.

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