Fecha: víspera de Noche Buena. Lugar: sección del DNI en una Comisaría de Policía. Hecho: un caballero de mediana edad enciende un cigarrillo que finaliza minutos después, haciendo caso omiso de estar en un local público y de los letreros de prohibición. Lo peor es que ningún visitante ni funcionario se atreve a decirle nada.
Y es que nos hemos olvidado ya de la famosa ley antitabaco, a cuenta de nuestra permisividad habitual y de la laxitud con la que en este país se aplican las normas una vez pasada su novedad. Así se explica que, tras unos primeros años de descenso en el consumo de cigarrillos, cerremos 2008 en España con 1,3 por ciento más de cajetillas consumidas que hace dos años.
Será por la crisis económica, dicen, que ha devuelto la ansiedad a una población que iba erradicando el vicio poco a poco. Y tan despacio que lo hacíamos que seguimos siendo el país de Europa con más fumadores, un tercio de la población adulta.
Así que, o aquí la crisis tiene características psicológicas específicas que nos ponen más nerviosos que al resto de los mortales, o es que en este país podemos fumar como posesos sin que eso nos perturbe nada.
Bueno: no es del todo exacto. Fumar en lugares prohibidos no conlleva habitualmente ningún tipo de sanción, en efecto, pero expone a quienes así lo hacen y a quienes respiran pasivamente su humo a enfermedades que sin él no padecerían. Según cálculos tan discutibles como se quiera, el 7 por ciento de todos los actos sanitarios tiene como origen el tabaquismo; cada año mueren por su causa 40.000 personas, y el consumo de tabaco cuesta a nuestro sistema de salud más de 4.000 millones anuales.
Esa cifra, con ser gorda, podría doblarse fácilmente para el conjunto de la economía española si le añadimos el gasto por bajas laborales, el tiempo perdido por los fumadores, los consiguientes despistes en el trabajo, etcétera, etcétera.
En este país, tan reglamentista en exceso como incumplidor de todo lo que se reglamenta, viene a resultar peligroso hasta tomar un simple café en un bar, debido a los pocos que hay exentos de humo. Así que, ¿para qué dejar de fumar?
Probablemente, la razón definitiva para hacerlo sería el mayor riesgo de cáncer y de una amplia gama de dolencias de quienes fuman o sólo lo hacen pasivamente a su pesar. Entidades médicas, como el Instituto Valenciano de Oncología, están realizando hoy día, a un coste muy oneroso, el control preventivo de antiguos fumadores y cuantificando su propensión al cáncer. Cuando ya tengamos sus resultados, seguro que ese día, sí, se nos caerá el cigarrillo de la boca de puro espanto. Mientras tanto, fumemos insensatamente, porque, como en la Comisaría de esta historia, nadie nos va a llamar la atención.
