La inmensidad blanca de las laderas nevadas del Tibet. Así comienza el
documental “Tintin et moi” que he tenido la suerte de ver recientemente en
la Filmoteca de Barcelona.
Es un documental a cargo del director danés Anders Ostergaard, quien basó su trabajo en 14 horas de conversación grabada que mantuvo el actor Numa Saodul en 1971 con el ya difunto Hergé, el creador belga de Tintín, el más
universal de los reporteros.
Las cintas permitieron la elaboración de este soberbio documento con la voz y la imagen del propio creador del periodista más famoso de todos los
tiempos y de su inseparable perrito Milú.
El paisaje tibetano no es un comienzo al azar. Refleja las noches en blanco de Hergé, insomne, víctima de la desazón, torturado por su perfeccionismo y herido en su conciencia de católico acendrado por haberse separado de su esposa.
El documental refleja las vicisitudes del gran creador de Tintín, sus
desvelos por el trabajo bien hecho, su ingente capacidad para documentarse y una tortura interior de insospechada dimensión: el conflicto entre el católico que quería ser y la verdad desnuda de sus sentimientos.
Desde la depresión Hergé crea con “Tintín en el Tibet” un monumento cumbre a la amistad y a la belleza narrativa. Nos descubre –entre otras cosas- el
mundo de los lamas, la leyenda del yeti, el fenómeno de la levitación y el
gran poder de la intuición: qué es si no aquella corazonada que lleva a
Tintín a creer vivo al amigo presuntamente muerto en un accidente aéreo y a quien salva tras épico rescate.
Uno de mis juegos favoritos de infancia consistía en escoger el mejor libro de Tintín y argumentar porqué. Pronto cumpliré medio siglo de vida y no he resuelto la elección. Hay tanto y tanto para escoger…
En cualquier caso debo reseñar que “Tintín en el Tibet”, “Las joyas de la
Castaffiore” y “Tintín en el Templo del Sol” se encuentran entre mis viñetas más releídas e incluso –hubo un tiempo- textos memorizados.
Pero más importante que eso: mi vocación por el periodismo empezó leyendo a Tintín. Mi sentimiento europeísta nació a partir de aquella presentación que rezaba “Tintín, periodista europeo”. Mi interés por la política
internacional y la geoestrategia son fruto de esas mismas lecturas. En
último término, mis convicciones éticas más profundas (el odio a la
injusticia, la defensa del débil y el valor de la amistad) emanan de esas
viñetas aparentemente inocentes.
Tintín me inculcó de manera indefectible lo que nadie consiguió desde la
catequesis, el púlpito , la televisión o la academia.
Me he estremecido por ello al conocer de primera mano el sufrimiento extremo y la desazón permanente de aquel señor, Hergé, a quien siempre imaginé comoel ser más maravilloso del mundo. Como su hijo Tintín.