En su inquietante película-documental «Una verdad incómoda» («An
inconvenient truth»), el ex vicepresidente de los Estados Unidos Albert Gore refiere un hecho que cambió su vida: la súbita hospitalización de su hijo de 6 años, entre la vida y la muerte.
«En esas horas me di cuenta de la importancia relativa de casi todo»,
confiesa el dirigente norteamericano, abanderado de la concienciación
mundial sobre los peligros del excesivo calentamiento de la Tierra.
Tal vicisitud reveló a Gore la fragilidad en que vivimos. Un giro adverso
del destino puede hacernos pedazos. Sin comerlo ni beberlo. Tal cual.
Al oir estas confesiones me acordé del artículo del escritor Alex Rovira
Celma en «El País Semanal» del 4-2-07 justamente titulado «Una fragilidad
reveladora». En el texto recuerda aquellas dramáticas horas en que su
pequeña hija Mariona, de pocos días, se debatía entre la vida y la muerte
tras una súbita alteración cardíaca.
Mariona superó el envite y hoy es una preciosidad que sonríe a los visitantes en una cálida casa de madera habitada por una familia de
corazones limpios en la ladera de una montaña.
En esos momentos adversos Alex pergeñó el texto de «Los siete poderes», su
último libro publicado. Bello fruto pues de un trance dramático.
Las fragilidades reveladoras constituyen una excelente oportunidad para
sumergirnos en la esencia de las cosas. Para dejar de lado ruidos nocivos e imágenes engañosas. Tocar esencia. Coger el toro de la vida por los cuernos y decirle, mirándole fijamente a los ojos: me embestirás pero yo te esquivaré.
Es en esos momentos de fragilidad cuando brotan fortalezas latentes que
ignoramos. Entre ellas, la capacidad de arrojar lastre y quedarnos ligeros
de equipaje: tan sólo con lo que realmente vale la pena.