Llegaba yo a Miami, cansado del vuelo y de los trámites fronterizos. Me abandono en la parte trasera del taxi más próximo, dicto mi dirección en Miami Beach y cierro la ventanilla para evadirme de la humedad que todo lo impregna.
Pero pronto me percato de la singularidad de la carrera: he contratado el servicio de un taxista que conduce con la cabeza agachada hacia la derecha…
Horror. Debía de tratarse de un taxista falso, que acababa de secuestrar a un europeo incauto y escondía su faz para no ser reconocido por ninguna dotación policial.
Oigo además murmullo de voces procedentes de un aparato próximo al conductor, que mantiene la cabeza agachada, como si condujera por telepatía.
Me armo de valor y acerco mi cabeza al asiento delantero, preparado para ser encañonado o lo que fuere por el inopinado captor.
Ante mi estupor, se resuelve el enigma: el taxista conducía con la cabeza agachada hacia un lado y esporádicos vistazos al frente para visionar un partido de béisbol en un pequeño televisor encima del asiento…
Mi estupor es tan sólo comparable al de aquel taxista dominicano que me recogió cierta vez en Puerto Plata. Me habían advertido en el hotel de la picaresca desmesurada de los profesionales del gremio del transporte, de manera que preventivamente si me pedían 20 yo debía ofrecer 10…
Pero yo ofrecí 5 y ante el rechazo del conductor me negué a ofrecer más e hice ademán de bajar del taxi…lo que llevó al conductor a acceder a llevarme.
Mientras circulábamos, el taxista continuó su retahíla de argumentaciones en contra de mi precio mientras yo canturreaba para mis adentros el celebrado tema de Juan Luis Guerra “El coste de la vida”.
No me hubiera importado el numerito si no hubiera empezado el taxista a quejarse girando la cabeza hacia mí, perdiendo todo contacto visual con la carretera en el justo momento en que se aproximaba contra nosotros un robusto caballo…
La colisión parecía inminente y yo temía tanto por los daños como por la vergonzosa raíz del siniestro: un regateo excesivo.
Milagrosamente el taxista sorteó al caballo (o fue quizá al revés) y nos libramos de aparecer en la página de sucesos de la gaceta local.
Mé apeé del taxi y compensé con nutrida propina mi cicatería inicial, a caballo entre la desconfianza propia de un forastero y mis genes catalanes, verosímilmente fenicios.