Cuánta sabiduría contienen los refraneros…Suelen ser quintaesencia de la eficiencia comunicativa: decir lo máximo con lo mínimo.
Mi fascinación por dichos, sentencias y adagios viene de antiguo. Y nada mejor que una experiencia personal e intensa para corroborar tal sabiduría.
Viene a cuento este preámbulo para relatar lo que me sucedió a comienzos de los años ochenta en Berlín Occidental…
A la sazón estudiaba yo alemán en en el Goethe Institut de Bremen, en la República Federal de Alemania cuando un grupo de españoles alquilamos un par de coches para desplazarnos durante un fin de semana a Berlín Occidental atravesando en autovía toda la Alemania del Este, entonces bajo la férrea férula comunista de la República Democrática Alemana.
Nos alojábamos en el albergue de la juventud, enclavado en un barrio modesto del sector occidental de Berlín. Sabíamos que cerraban la puerta a medianoche. Nosotros llegamos cinco minutos después de las doce: la puerta estaba cerrada a cal y canto. Llovía fuera y, desde dentro, un “alma caritativa” inequívocamente teutona se negó a abrirnos: las normas eran las normas.
Hacía frío y nuestros coches de alquiler apuntaban como alojamiento de emergencia mientras maldecíamos nuestra suerte ante el inmenso caserón, añorando lechos mullidos bajo un techo protector.
De repente Fernando –creo que tal era su nombre, un profesor en prácticas de una Facultad de Derecho de una Universidad castellano-leonesa- nos espetó:
-“Casa de muchas puertas, mala es de guardar”.
Con el brío de un exaltado –o sencillamente de un convencido- empezó a dar vueltas y más vueltas por el exterior de la gran mansión.
-“Fernando enloqueció”-pensé yo para mis adentros.
Pero cinco minutos más tarde oímos un grito:
“Chicos, ¡venid!”.
Era Fernando. Con una sonrisa triunfante nos mostró una discreta portezuela en la parte trasera de la mansión: no estaba cerrada con llave.
A través de ese acceso llegamos a un almacén, preludio de una despensa, preludio de la cocina, preludio de unos cuantos pasillos que a la postre nos llevaron al vestíbulo principal y de allí al dormitorio colectivo donde yacían nuestras huérfanas camas.
Aquel lecho me supo mejor que la más lujosa suite de un hotel Hilton…
Y todo gracias a la convicción y perseverancia de un compañero que supo empaparse de la sabiduría del refranero.