En cierta ocasión asistí a la clausura de un Máster de una Universidad española que incluía en su denominación la entonces novedosa mención a “la gestión del conocimiento”.
Bravo, Caprabo. El mencionado programa concluía su periplo con diversas ponencias de invitados especiales sin que a los organizadores se les hubiera ocurrido –ocupados en encontrar fatuas denominaciones- compilar en fotocopias las intervenciones para pública y posterior consulta de las ideas allí vertidas…
Ante tamaño desaguisado no pude menos que espetar a los des-organizadores del evento: “No hay docencia sin decencia”. Una bonita frase que de entrada me valió volverme a casa por mi cuenta sin que los des-organizadores pusieran a mi disposición el comprometido pasaje aéreo.
No me arrepiento de nada. Acepto la conveniencia de ser tolerante y contemporizador en un mundo esquivo, hipócrita y poco deferente con el talento honesto. Pero hay momentos en que uno debe intentar saber a Jesús, escupir al fariseo y mandar a paseo a los mercaderes del templo.
La docencia sobre comunicación corporativa está exenta de decencia en muchos rincones de este viejo país. Falta decencia y sobra mucho adocenado indecente.
¿Para cuándo una ley anti-humo en el campo de la formación?