Cuéntase que él era un catedrático de comunicación y él un ex pupilo aún joven si bien sobradamente preparado. Recibióle en su despacho en una laureada Universidad pública española.
«Estos son mis poderes»-indicó el prócer catedralicio a su ex pupilo: prensa por doquier, fotocopias gratis y tarjeta profesional con cargo docente en ribetes dorados e insinuante letra cursiva.
El todavía joven pupilo parecía dudar: vivía por entonces a caballo de sus colaboraciones en dominicales renombrados y los anticipos editoriales de sus cada vez más leídas novelas. Pero aquel contrato de profesor de comunicación a tiempo parcial que le ofrecía el catedrático no acababa de seducirle: pese a la modernidad del edifico, todo aquello olía a naftalina.
Viéndole dudar, el catedrático benefactor le espetó.
«-Y lo mejor de todo: la llave del ascensor». En sus labios se dibujó una sonrisa taimada. Sólo el cuerpo docente tenía acceso al ascensor que llevaba a las aulas. El alumnado debía poner a prueba su condición física a diario, escaleras arriba.
En la mirada catedralicia se dibujó una sonrisa expectante y especulativa, como queriendo decir: si vienes conmigo, tú también tendrás acceso a la llave del ascensor.
Fue el argumento definitivo. Nuestro joven aunque sobradamente preparado periodista musitó una excusa, dijo que ya le llamaría y salió -entre divertido y asqueado- de aquella Facultad que coronaba a sus docentes con fotocopias gratis, prensa por doquier, tarjetas fatuas y…la llave del ascensor.
Moraleja: ¿En manos de qué individuos hemos dejado…la llave del ascensor?