Era 1976 y el corredor era muy largo, en la planta séptima de Consejo de Ciento, 425, en Barcelona. Allí tenía la redacción EL CORREO CATALÁN.
Con voz indecisa me dirigí a un hombre de mostacho profuso y cara de mal fario.
-Yo…es que…me venía a ofrecer para hacer prácticas.
-¡Fuera de aquí! Estoy harto de gente como tú que viene a pedir prácticas.
Me retiré en desbandada como alma que lleva el diablo por el corredor largo, tétrico y de guardián inmisericorde. Llovía sobre mojado: nada peor hay que a un tímido que se decide a pedir algo se le rían a la cara.
Cuando a ese mismo edificio veinte años regresé para ejercer como redactor-jefe y luego como subdirector, siempre tuve muy presente aquel amargo trago cuando desde Recepción me comunicaban que llegaba el enésimo estudiante surgido del asfalto pidiendo poder hacer prácticas.
-Que pase, por favor.