Referí recientemente (pecado de juventud) una breve incursión en la carrera diplomática. Percatado de que ese no era mi camino, escuché durante varios años los cantos de sirena de quienes me recomendaban -tras acabar la carrera de Derecho- opositar a notario…
Entre quienes me lo sugirieron estaba -aparte de mi propio progenitor, deslumbrado por los honorarios de tal colectivo- mi amigo de juventud Albert Domingo Castella, actual notario de Vilassar de Mar, próspera localidad del litoral barcelonés. Él ya había concluído su licenciatura en Derecho y durante tres años se cerró a cal y canto en las aulas del Ateneo barclonés para opositar.
Yo compartí con Albert muchas horas de enclaustramiento en el Ateneo, en mi caso durante el fin de semana para preparar las materias más duras de cuarto y quinto año de Derecho.
Albert sabía de mi vocación periodística pero también de mi aplicación en el estudio. Con todo, a los 20 años, con inclinaciones literarias y habiendo saboreado las mieles del periodismo en forma de primeros artículos publicados, algunos parabienes y una pequeña -aunque pasajera- notoriedad de ámbito local…la vía de las oposiciones se me hacía cuesta arriba, a pesar de la gran recompensa que ofrecía.
Fue así que en una de aquellas tardes de sábado otoñal, tomando nuestro consabido café en el bar del Ateneo – frente al inolvidable encargado señor Joaquín- zanjé de buen rollo su enésima sugerencia de que yo cursase también notaría con una frase que nunca olvidaré.
Era una frase que suponía escoger un camino (el de los medios de comunicación), en detrimento de otro (la función pública de lujo):
-Tú notario, yo notorio.
Me arrepiento hoy de no haber cogido el camino de la notaría, de igual manera que a buen seguro me arrepentiría -en el caso de ser notario- de no haber escogido el camino del periodismo.
Probablemente entonces usted no estaría leyendo este blog.