En Urgencias. Con retortijones en el costado. Cosa del riñón al parecer. Héme allí postrado en el lecho del dolor. Pasajeramente. Pero dolor al fin y al cabo.
Son momentos en que todo lo relativizas. Llevas la bata hospitalaria que a todos uniformiza. Y entre contorsiones oyes el chismorreo de las enfermeras de guardia, indiferentes a tus calzoncillos deshilachados, con el calmante repartiendo alivio por vía intravenosa.
Son los apuros de un malestar pasajero, a las 48 horas subsanado. Pero que te hace pensar: sobre la fatiga acumulada en el cuerpo. Sobre la ruleta de la salud. Sobre lo tranquilizador que es tener hospitales como Dios manda, bien alejados de esos centros de refugiados que la televisión ilustra en los conflictos bélicos, las hambrunas desaforadas o las calamidades de la naturaleza.
En el lecho del dolor uno acaba sintiendo- tarde o temprano- el placer de que sobrevive para contarlo. Con más o menos esmero. Pero ahí queda escrito.
(Mis más expresivas gracias al personal de Urgencias del Hospital de l’Aliança de Barcelona. Supongo que no he sido el único paciente en ponerse al revés la bata pero a buen seguro pocos además se olvidan de hacerse quitar la luenga aguja que administra los calmantes).