Me extrae la muestra de sangre una enfermera alemana, tras hacerlo a una turista nórdica. Tras de mí, una inmigrante china. No falta un vivaracho niño magrebí, ni una pareja de mujeres nigerianas ni un argentino con bastón.
Al inicio del pasillo, el doctor Tomeu, un médico mallorquín.
Bienvenidos al ambulatorio de la Seguridad Social en S’Arenal de Llucmajor, en Mallorca.
Es proverbial la mezcla de razas y culturas que confluyen hoy en día en un ambulatorio español. Las muestras de orina se hacinan junto a las de plasma. Todo irá camino del laboratorio. Para el análisis y diagnóstico.
El ambulatorio se convierte por momentos en una especie de Naciones Unidas. En un crisol de personas que buscan salud, hacen -mejor o peor- cola y abandonan el recinto con una tirita en el brazo.
Este es el mundo que nos ha tocado vivir. Una mezcla inusitada, revuelta y polimorfa de seres humanos atraídos por la prosperidad de Occidente. Y de vez en cuando, algún autóctono.