Vengo de un reciente viaje a Extremadura. Y es mucho lo que he descubierto tras recalar en el onubense Ayamonte, atravesar la sierra de Aracena, degustar los manjares de «El Rincón de Curro» y finalmente llegar a Mérida, en Badajoz.
He tenido la oportunidad de disertar ante diversas audiencias en Mérida, ciudad monumental donde el legado romano está a flor de piel. El Guadiana ondula frente a la ciudad, que combina el monumento espléndido y la ruina impactante con el estrafalario
centro, de urbanismo irregular.
Atrás queda el buen recuerdo de la Sierra de Aracena, los paisajes de media montana de Huelva y en particular un pueblo: Almonastir de la Real. Cuánta paz en la plazoleta del Ayuntamiento. Y qué manjares sirve Curro en el restaurante que lleva su nombre (sugiero empezar la fiesta con unas «patatas de la importancia».)
Si una cosa ofrece el trayecto Huelva-Mérida, pasando por Jabugo, la villa de los jamones, son los espacios abiertos a la mirada, especialmente la llanura extremeña, donde pastan vacas y toros, ante la ínfima presencia de los automóviles.
Mirar y mirar a lo lejos. De uno a otro extremo.
Gran descubrimiento Extremadura.