De manera recurrente se habla de la alta siniestralidad en la carretera. Que me lo digan a mí: soy de los que piensan que no pasan más accidentes porque Dios no quiere. Tal es el salvaje comportamiento que observo en el asfalto. Pero recientemente he decidido autoexaminarme como conductor…Y he suspendido.
Para empezar:
*circulo con los vidrios sucios.
*no inspecciono la posición correcta de los retrovisores.
*compruebo el aire de los neumáticos tan sólo de higos a brevas.
*sin darme cuenta excedo de los 120 kilómetros por ahora a pesar de que llevo un vehículo con frenos de pie apañaditos.
*no controlo el ángulo muerto del retrovisor y más de un susto ya me he llevado.
*no dudo en sintonizar emisoras de radio con el coche en marcha y a velocidad.
Debo decir, eso sí:
*que pongo siempre el intermitente
*que me paro como una flecha en las calles a poco que vislumbro un niño o un carrito de bebé.
*que me he impuesto la norma de ir a 110 por hora, no más, en carreteras y autopistas.
*que intento hacer del acto de conducir un ejercicio de concentración.
*que me empeño en mejorar y no descarto volver a la academia a repasar señales de conducción cuyo significado ya no recuerdo.
Conducir es relativamente fácil. Lo dificil es reconducirse, cambiar viejos malos hábitos.
No necesito tener un accidente -nunca lo he tenido- para darme cuenta de que la muerte ya me ha pasado de cerca unas cuantas veces. Estoy en deuda con el destino. Prometo reconducirme.