Yo amaba a Maribel.
Pero me imagino que muchos más también. Miles y miles de oyentes de Radio Juventud de Barcelona. Nos sentíamos identificados con aquella voz que, precedida del arranque de un coche y una sirena rimbombante, pronunciaba -quintaesencia de lo juvenil- el nombre de la emisora «¡Radiooo Juventuddd!».
Un mediodía conocí a Maribel en la entrada de los estudios en Vía Augusta, 17…
Yo esperaba en la sala de espera, como tantas otras veces, para recoger mi enésimo premio radiofónico como contumaz ganador de concursos telefónicos, muy en boga en aquella época. Y ella llegó.
Su voz era inconfundible. Su porte era francamente decepcionante. Venia con la cesta de la compra, con botas de agua (hubo un tiempo en que en Barcelona llovía). Sin arreglar. Sin glamour. Era bajita. No era veintiañera. Más bien se aproximaba a los 40. No respondía al prototipo juvenil que yo tenía de ella. Platónicamente, claro está. Tan sólo conservaba una media melena rubia que hacía presagiar aquello de que quien tuvo, retuvo.
Fue un chasco monumental. Un severo choque con la realidad. Maribel Alvarez era todo un icono sonoro para los que día tras día, noche tras noche, usábamos la radio como gran plataforma para el ensueño, la imaginación.
Han pasado cerca de cuarenta años de aquel encuentro inopinado y vuelvo a encontrar a Maribel bella. Porque era bellamente presentida. Bellamente percibida. Bellamente deseada. Y todo era bello y prometedor en aquellos felices sesenta y setenta, en mi niñez y adolescencia urbana y layetana, deambulando siempre por la Vía Augusta e imaginando a Maribel, bella y con alma.